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martes, 12 de octubre de 2021

Instrumentalizar la Historia


Ocurre siempre cuando se acerca la fecha del 12 de octubre. Pero ya no solo. En los últimos años se suceden los titulares que resumen lo que personajes conocidos -políticos, cineastas, intelectuales...- han dicho en entrevistas o en sus redes sociales acerca del Descubrimiento y Conquista de América por parte de la Corona española. Opiniones referentes a acontecimientos complejos que, valga recordar, tuvieron lugar hace ya 500 años y por lo tanto bastante alejados del momento actual.

Desde luego que muchas de esas argumentaciones son vertidas con una simpleza pasmosa y sin ningún rigor. Se prescinde de toda capacidad de análisis, del matiz, y no hay ánimo de encontrar los muchos grises que inundan aquellos hechos que marcaron el devenir de España, para bien o para mal, en los siglos posteriores. 

De un lado, muchas de esas aseveraciones remarcan lo nefasto que fue la intervención española en el continente recién descubierto, sobre todo si se pone el foco en la repercusión que supuso para los pueblos indígenas, que perdieron su identidad y su porvenir en una tierra que no distaba mucho de ser el Edén. ¡Malditos españoles! Desde la Península Ibérica solo llegó gente ávida de sangre y con el único fin de apropiarse de las ingentes riquezas que atesoraban territorios tan prósperos; y, ya de paso, aprovecharon para sustituir su rosario de pequeñas creencias por la omnipresente religión cristiana, imponiendo los valores y la lengua de Castilla desde California hasta la Pampa y desde las Antillas hasta el sur del Pacífico. 

Censurar sin ambages e incluso exigir perdón es una moda que se va imponiendo a ambos lados del Atlántico y cuya representación más visible es la demolición de las estatuas de los protagonistas de aquellas gestas. Así de simple, sin miramientos y sin dar pie al debate con quienes más entienden. La Leyenda Negra no necesita de adeptos en nuestro país.

A esas opiniones, algunas de ellas salidas de la lengua -o de los dedos- de altos representantes que pagamos todos, se oponen las de quienes solo ven parabienes en la llegada de los españoles a Nuevo Mundo. Una hazaña henchida de heroísmo y justicia a la que no caben reparos, vista como una nueva cruzada ante la necesidad que tenían los indios de liberarse de la barbarie y encontrar la luz. Un discurso trasnochado que ha vuelvo a reavivarse y del que ya hace mucho tiempo se desmarcó nuestra historiografía nacional.

Con cierta perplejidad compruebo cómo de manera general desde los partidos políticos se quiere meter mano en la Historia; o más bien, en la interpretación de los sucesos del pasado. Unos para justificarse; otros, para que nos avergoncemos. Cada cual utiliza esa ciencia cómo y cuando le interesa, tratando con ello de alimentar el relato que más le conviene y para sus propios fines. Total, jamás estuvo de más reescribir nuestro pasado.

Lo más molesto de todo es la confusión y el error tremendo que supone valorar acontecimientos tan lejanos en el tiempo (podría también hacerlo extensible a hechos de los siglos siguientes) con los ojos del siglos XXI. La moral, la mentalidad, el conocimiento, los valores educativos o familiares, etc, no eran los mismos que los que imperan en estos tiempos de Twitter e Instagram. Podemos considerar a aquellas gentes unos bárbaros y tildarlos de todos los "ismos" que queramos, pero si caemos en ese error infantil pensemos en lo que dirían de nuestra sociedad de valores perfectos los españoles de quinientos años después (si acaso queda algo de este país para entonces, claro). 

Ya va siendo hora de que hablen y sobre todo se les escuche a los historiadores, verdaderos estudiosos de nuestro pasado. Su conocimiento, sabiduría y capacidad de análisis crítico deberían ser atendidos. También por nuestros representantes públicos antes de sus cansinas y repetidas peroratas. Porque todo lo demás es contaminación y ruido, madera cuidadosamente escogida para avivar la humeante pira de la crispación social y política en la que el país se encuentra y de la que no aspira a escapar.


lunes, 10 de mayo de 2021

Confrontación


Ya podemos volver a nuestras vidas. No ha habido día, en los dos último meses, en el que los españoles que no poblamos la capital hayamos dejado de oir/ver soflamas con las que incentivar la participación electoral en la Comunidad de Madrid. Nos iba la vida en ello al resto. Porque si Madrid no es España... casi.

¿Unas elecciones que han servido de lección? Igual sí. Porque tela marinera con los partidos políticos y los candidatos a conseguir la presidencia... ¡Qué debate!¡Qué consignas!¡Qué todo! Aunque tampoco habría que olvidar la muy estimable colaboración de los medios de comunicación en su más amplio arco ideológico. Debían arrimar el ascua a su sardina. Perdón, mejor dicho intentar que se achicharrase la del contrario, la del enemigo, porque ya no hay rival bueno que valga.

Quedan lejos los días en que un terremoto con epicentro en Cartagena no tardó en generar una réplica inmediata e inesperada en la capital del Reino. Isabel Díaz Ayuso quería gobernar sola, se había cansado de rendir cuentas a sus desorientados socios y la ocasión venía que ni pintada para lograrlo en vistas de su disparada popularidad. Que Madrid tiene unos datos epidemiológicos preocupantes, qué mas da, ella lo vale. Total, cual chiquilla adolescente no hay nada ni nadie que se interponga ante sus deseos.

Tiremos de hemeroteca. De inmediato a la convocatoria a las urnas, puño en alto y a bombo y platillo, Pablo Iglesias decide desocupar su plaza vicepresidencial para lanzarse al barro y así combatir la amenaza del fascismo. Para Ayuso, el bocado perfecto y el rival deseado visto el rechazo que el ya exlíder podemita genera en amplios sectores de la sociedad madrileña (y española). Posteriormente, Pedro Sánchez y buena parte del aparato del sector socialista del Gobierno (incluido el Ministro del Interior y la Directora General de la Guardia Civil) deciden intervenir de manera protagónica en los mítines del candidato Gabilondo, comprando el diccionario político de Pablo Iglesias y acusando a la presidenta de llevar a la Comunidad de Madrid a la desobediencia civil  y la deslealtad institucional.

Y entre la caprichosa Isabel, un exaltado Iglesias, la amenaza de ver a VOX dentro del Gobierno autonómico, sobres amenazantes por doquier, un presidente del Gobierno dispuesto a picar el anzuelo y un partido como Ciudadanos con la batería fundida pero -pese a la dolorosa patada ahí, donde más duele- dispuesto a reeditar su pacto de gobierno con el PP, discurre una campaña fatigosa y barriobajera con el telón de fondo de las vacunas y el paro, en clave ya no madrileña sino nacional. Dos bloques enfrentados y un discurso de rompe y rasga en torno al fascismo, el comunismo y la libertad. Todo en lenguaje extremadamente retórico y con tintes guerracivilistas, como en el 36. Si hasta Ángel Gabilondo tuvo que aparcar su moderación para entrar al trapo de una manera tan burda, postiza y ridícula que esa ha sido una de las claves de la debacle de los socialistas el martes pasado.

Ayuso hizo que casi todos claudicaran ante ella cual araña venenosa, convirtiendo estas elecciones en un plebiscito sobre la libertad de los madrileños y sobre la gestión política del Gobierno de coalición en lo tocante a la pandemia. Enmascaró su irresponsabilidad y sus errores con los problemas de gestión del Gobierno central y con el rechazo que la figura de Sánchez genera debido a su política de alianzas. Muy hábil, pero a cambio de vender un discurso frentista y polarizando aún más a la sociedad, algo que prácticamente todos los partidos han buscado desde el primer instante al alzar el tema ideológico al púlpito del debate político. 

En España sobra mucha arrogancia en la clase dirigente y también en quienes ejercen de oposición. En una situación económica de delicadeza extrema, cuando aún hay mucha gente que no ha podido volver a su trabajo y cuando otros tantos se han visto endeudados o han tenido que clausurar sus negocios, la situación exige a los políticos empatía, altura de miras y que bajen a la realidad del día a día. En cambio, todo se ha enturbiado con el debate ideológico: las derechas, las izquierdas, los fachas, los comunistas... Imposible llegar a consensos con tales etiquetas trasnochadas y tanto griterío patrio. La ideología no da de comer a los españoles; lo da una administración práctica, ágil y cercana a las necesidades y circunstancias de la gente. Para lograrla, hay que escapar del discurso de baratija, aquel que solo sirve para alimentar mi popularidad entre quienes me votan.

Los unos dicen que la arrolladora victoria del Partido Popular tiene un significado nacional. Los otros, que solo se entiende en clave madrileña. Como siempre, cada cual ve la paja en el ojo ajeno. De cualquier modo, en el bloque progresista mal haría el PSOE si no analiza a fondo estos resultados que le han llevado a ser la tercera fuerza en el parlamento. A Ayuso le han votado también muchos desencantados con la gestión política y epidemiológica de Pedro Sánchez, eso es evidente. Un voto de castigo ante lo que supondría otro gobierno con Pablo Iglesias dentro. Por su parte, Ciudadanos sentencia su próxima desaparición tras este resultado catastrófico. Otro más. Que me expliquen cómo después de quedar humillado y en la cuneta por la presidenta Ayuso, su discurso ha girado inexorablemente en tratar de reeditar su alianza con los conservadores. Poca memoria la suya.

Se ha vuelto a comprobar. Desde hace unos años se ha convertido en un imposible la alianza entre los socialdemócratas y los liberales en nuestro país. Desde el frustrado "pacto del abrazo" entre Sánchez y Rivera en el 2016 no han hecho más que ponerse zancadillas. Los socialistas porque prefieren condicionar sus políticas al populismo de izquierda o apoyarse en el nacionalismo, mientras que los naranjas porque a la mínima oportunidad que tienen traicionan aquello que tanto pregonan para solaparse al PP en prácticamente todos los ámbitos territoriales. Si hay una salida honesta y moderada, tan necesaria, que pudiera representar la alianza de gobierno entre estos dos partidos, resulta ya una quimera. Y ahora en Madrid, tras sus desastrosos resultados, ha quedado meridianamente demostrado pese al perfil amable de sus candidatos.

En un tablero de buenos y malos, de blancos y negros donde jamás se buscan matices grises, siempre sacan provecho los extremos. Las cuentas están hechas. En el fondo Madrid podrá presumir de la rapidez conque va a tener un gobierno salido de las urnas. No como en Cataluña, donde aún discrepan del puesto -y la paga- que hay que asignar al president que mora en Waterloo. Mal vamos.


jueves, 12 de noviembre de 2020

El juego de las sillas

   



     Por entonces la imaginación lo era todo. Seguro que nadie olvida aquellos juegos colectivos con los que pasábamos el verano los niños que crecimos en los 80. Y entre ellos uno de los más significativos era aquel en el que un grupo de personas correteaba al son de la música en torno a un círculo de sillas vacías. Siempre había una persona más que el número total de sillas; así que cuando cesaba la música y había que buscar asiento, siempre un chaval, infeliz, quedaba apeado de su propósito. E incluso, algunas veces, veía aterrizar sus posaderas en el parqué o sobre el mullido y fresco césped.
     Aquel juego al que algunos encontraban su gracia es en lo que se ha convertido en esta recta final de año el panorama político español. Es casi el asunto de moda, salvando las distancias, claro está, con todo ese inmenso pack que tiene por etiqueta "covid-19". Tras varias prórrogas, ahora por fin toca aprobar unos nuevos presupuestos de país que son necesarios, pues irán en consonancia con las cuantiosas ayudas que se recibirán de la Unión Europea para paliar los estragos de la pandemia.
     Sin embargo, no se está hablando estos días de las medidas que la confección de esos nuevos presupuestos va a suponer: cuánto van a subir/bajar los impuestos, los gastos destinados a determinadas medidas, las inversiones... De lo que se habla es del sesgo ideológico, de quién debe apoyarlos y de quién no, de trazar fronteras, de vetarse. Y todo ese teatrillo de declaraciones que vemos u oímos a diario es altamente vomitivo e impresentable, porque de lo que se acuerde y de las medidas que se consensúen dependerá la salida a esta crisis para todo un país.
     En el epicentro hay un gobierno de opinión dividida: la parte de Unidas Podemos prefiere y exige que el apoyo a los presupuestos venga exclusivamente de los partidos de la investidura (partidos de izquierda; para ellos por supuesto incluyendo a los nacionalistas y naturalizando al PNV como partido aconsejable aunque no sea de izquierdas). Y el sector PSOE, que prefiere, al menos en teoría, abrir el abanico de apoyos a izquierda y derecha. La geometría variable de la que tanto se ha hablado. Y en esa diatriba está claro que hay un enfrentamiento y uno que hasta este instante va ganando.
     Para enredar el ovillo, ERC declara que no sumará su apoyo a esos presupuestos si lo hace Ciudadanos, por considerarse incompatibles. Y el partido naranja dice exactamente lo mismo con respecto a los republicanos y Bildu. El diseño en cuanto a medidas e impuestos de los presupuestos queda ya en un segundo plano frente a la política con los susodichos vetos cruzados, una vez superado el trámite de enmiendas a la totalidad.
     Ayer el vicepresidente Pablo Iglesias celebraba por todo lo alto que Bildu, con la portavocía de Arnaldo Otegi, fuera la primera fuerza en anunciar su apoyo a tan esperados presupuestos. El partido morado insiste con vehemencia en echar de la ecuación de apoyos al partido de Inés Arrimadas, que parece estar dispuesto a apoyar los presupuestos "por responsabilidad" y así demostrar ser un partido de política útil. Es por ello que Pablo Iglesias, una vez más, sale en apoyo de la pretensión de ERC de que Pedro Sánchez a la hora de alcanzar mayoría para tal propósito escoja finalmente a los republicanos catalanes en lugar de al partido liberal, que debe quedar fuera de la suma a toda costa y volver al redil de la foto de Colón.
     El pulso para Ciudadanos es de alto voltaje toda vez que ha mostrado su intención de pactar las cuentas. Buscar la moderación siempre ha estado mal visto en España y supongo que Inés Arrimadas sabe que todo lo que haga le va a acarrear impopularidad, incluso entre sus votantes. Lo más fácil sería seguir la estela oscura de Albert Rivera y negarse a negociar, enfurruñarse y plegarse al rifirrafe, alimentando con ello al fantasma -más real que imaginario- de las dos Españas. Según parece, hasta el momento aguanta no solo el pulso, sino los groseros improperios de otros oscuros personajillos como Rufián o Echenique. Pero, ¿no ve la hora de plantarse y decir basta? ¿De hacer saber a ese PSOE de dos caras que no todo vale para seguir en la Moncloa y que lo moral tiene un límite?
     Bien. En todo caso no nos equivoquemos. No podemos perder de vista que se votan unos presupuestos que son necesarios. Desconozco si son los mejores, si son buenos o si son malos. Pero desde luego de lo que no se debería tratar en este momento es de si tú vas a salir en la foto conmigo y yo no quiero. No hay muchas opciones: sí, no y abstención. Punto. No hay más. Solo la responsabilidad que conlleva el mandato ciudadano y de que la clase política cobra por trabajar para la nación e intentar entenderse. 
     Mi consejo para la sra. Arrimadas es claro: si los presupuestos no le disgustan, que los apoye, pese a que también lo hagan partidos que le aborrezcan. Condicionantes tan tajantes no son apropiados. Hay que demostrar visión de estado y no buscar la inmediatez de los votos. Lo importante es ser útil. Lo de los vetos es una estupidez ante las cosas de comer, que es lo que nos concierne ahora.

     Dicho lo cual, apena comprobar el poco criterio propio de la parte socialista del Gobierno de Pedro Sánchez. Con tal de permanecer en el poder el mayor tiempo posible está siendo capaz de tragar todos los sapos que le está lanzando el partido de Pablo Iglesias, especialmente cada vez que hace un ademán por buscar apoyos en el resto de partidos nacionales. Pedro está secuestrado irremediablemente por Pablo y así ese ejecutivo picapiedra, a la hora de la verdad y cuando hay que tomar decisiones, desoye a todo lo que no huela a ideología, pues el vicepresidente segundo impone con quién se ha de pactar, deambula a su libre albedrío y lo que es peor, dicta qué política hay que hacer para tener siempre contentos a esas, digamos, amistades peligrosas de las que frecuentemente place rodearse. El vicepresidente Iglesias, en cuanto tiene la ocasión, se convierte en ese niño travieso que convenientemente coloca la silla rota para ridiculizar al compañero que le cae mal; aquel que se las sabe todas y ante la falta de una autoridad que le meta en vereda ostenta el poder de hacer parar la música en el momento que estime. El resultado es una España dividida en dos, lo mismo, oh casualidad, que ansía VOX. 
     Aún no hemos dejado atrás lo peor de una pandemia que transita por una segunda ola que nos toca a todos, sin distinción de la ideología de cada cual. Mientras el virus campa a sus anchas se demuestra que el otro virus, el de la política, el de la división irreconciliable y el oportunismo, está siendo muchísimo peor. Pensábamos que igual la grave tesitura los iba a hacer cambiar, ¡qué ilusos! Se apaga la música y ellos siguen en sus sillones, con sus sueldazos, intocables; los españoles, en el fango, esperan una ayuda para incorporarse que no llega. De nada, ilustres diputados.

jueves, 16 de julio de 2020

Interpretar la Historia

Por fortuna y aunque nos parezca mentira, no solo de noticias en torno al coronavirus vive el habitante del mundo. Y es que, pese a lo intrincada que se ha vuelto la situación sanitaria a nivel tanto nacional como internacional, también han tenido lugar otros acontecimientos que han quedado inevitablemente en un segundo plano informativo.

Uno de los asuntos que entran en ese escalafón es la explosión de un movimiento iconoclasta que ha tenido lugar en diversos lugares de América y también de Europa (a España parece que aún no ha llegado con la misma fuerza). Se caracteriza por la pretensión de derribar aquellos monumentos o recuerdos erigidos en honor de personalidades de un pasado más o menos lejano en el tiempo. Algunos son descubridores o conquistadores, también los hay que fueron dirigentes políticos (gobernadores, reyes...) o incluso benefactores y promotores de la economía, las ciencias o las artes.

Ira desatada contra las estatuas de Cristóbal Colón en Estados ...
Vivimos un tiempo de revisión continuada. Y a ciencia cierta que ello no resulta tan novedoso: el mundo siempre ha cuestionado los acontecimientos del pasado, que la mayor parte de las veces nos enseñaban que eran irrefutables o incontestables. La historia no es tan perfecta como se nos ha hecho ver, tiene muchos matices. Siempre ha habido momentos para censurar los tiempos pretéritos, como ocurrió en la Francia de la Revolución, que entre sus preceptos estaba el hacer tabla rasa de todo lo que recordara al periodo de absolutismo monárquico anterior. Y así en todas las naciones a lo largo y ancho de los siglos.


Pero esa reinterpretación de la Historia que algunos tratan de imponer ahora no nace desde un verdadero conocimiento de lo anterior. Desde luego que no desde un punto de vista sosegado. Nos creemos con la suficiente autorización para juzgar el pasado con los ojos del siglo XXI, desde nuestro mundo de valores moderno, superior y evolucionado. Nos permitimos el lujo de exigir a una persona del siglo XV o del XVI que tenga la misma compasión por el débil que la que podemos mostrar hoy en día, obviando que la Historia se escribe desde una ecuación de pugna constante donde siempre hay unos que dominan y otros que resultan dominados y, por cierto, casi nunca de manera consciente. Cada individuo no deja de ser producto del tiempo que le ha tocado vivir, con sus ataduras y todas su injusticias, por supuesto.

La clave del asunto estriba en que la gente que se amotina para echar abajo un monumento conmemorativo hacia una persona (hombre, casi siempre) no está juzgando el pasado sino que lo que lleva a hacerlo es su frustación con un presente o un futuro que no le gusta y que quiere modificar. Y como no puede, piensa que algo podrá contribuir a base de gestos, cuales derribar un busto o una estatua con toda su ira y desde luego sin miramientos.

Es preocupante que en nuestro tiempo no sean los historiadores quienes "nos cuenten" la historia, o más bien, que los ignoremos. Y son los políticos u otros agentes de la sociedad quienes, frecuentemente a través de la red social del pájaro (pero no solo ella), y como delante de un enfurecido altavoz, tratan de dar lecciones de lo que es moral o inmoral, bueno o malo, reinterpretando los hechos históricos a su antojo y además con sumo convencimiento y tratando de imponer su visión sesgada a los demás. Y qué duda cabe que sus impresiones van a llegar a más gente que las que pueda tener un curtido catedrático de Historia.

Hechos como la censura a una película como Lo que el viento se llevó por mostrar, según se ha dicho, valores "inapropiados" o "justificar el esclavismo", son inconcebibles y muy negativos, porque obliga a pasar por el tamiz de la corrección política a todas las creaciones artísticas o intelectuales de otro tiempo. Es una nueva censura. Lo mismo sucede cuando pretende instaurarse la moda de poner notas aclaratorias a los monumentos o a cualquier creación artística para no sentirnos cómplices de un pasado que a menudo nos sonroja. En este sentido, creo que nuestra sociedad va por muy mal camino porque eso nos infantiliza.

La Historia es pasado; no se puede modificar. Se interpreta y no se juzga, está ahí. En cambio, podrá servir para que fabriquemos las baldosas del sendero del futuro y evitar que lo negativo amenace con volver a repetirse o, lo que es peor, a destruirnos. 



miércoles, 1 de mayo de 2019

Compás de espera


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Las elecciones del domingo (tranquilos, que en nada aquí tenemos una segunda vuelta...🙈) aclararon bastante el incierto panorama ideológico y político de nuestro país. España ha votado moderación y ese, como primer punto, es un gran y feliz detalle. 

Dentro de la fragmentación que se preveía, es justo reconocer que el Partido Socialista ha conseguido un resultado encomiable, mérito de un Pedro Sánchez que ha compuesto, entre el juego cruzado de ruido y furia, el discurso menos iracundo y catastrofista de todos los candidatos. Pedro Sánchez tenía grandes hectáreas para agigantar la hegemonía que le otorgaban las encuestas. Ha logrado apropiarse de varias parcelas en perjucio de su flanco izquierdo, Podemos (lo de Unidas lo obvio por exceso de postureo), ha conseguido movilizar al abstencionismo y también ha echado el anzuelo a los desencantados con la deriva personalista y desaforada de Ciudadanos, gente moderada y progresista que en el pasado podía votar al PSOE antes de la crisis que negó Zapatero.

Así pues, el tablero político español queda de la manera que sigue: una izquierda aglutinada en torno a Pablo Iglesias e Irene Montero (matrimonio a lo Perón), bastante venida a menos, por cierto; un PSOE fortalecido que ha sabido acaparar voto propio pero también ajeno gracias a su mayor sentido de Estado y su discurso apaciguador; un Ciudadanos que consigue un buen resultado (sin sobrepasar al PP ni lograr largar a Sánchez de la Moncloa, desde luego), pero derechizado con respecto a las últimas elecciones generales; y un PP de Casado herido de muerte y arrastrado por el discurso totalitario de VOX, que emerge sin la fuerza que casi todos los medios anunciaban. Pero VOX está ahí y ahora con altavoz y voto en nuestro Parlamento. Les toca trabajar, a ver qué hacen...

En los dos debates electorales pudimos comprobar que lamentablemente hacer oposición es hacer el juego sucio al Gobierno, que la lucha por los votos entre los dos principales partidos de la derecha era titánica, que Pablo Iglesias triunfó travestido de una aleación de cura obrero y padre de la Constitución y que Pedro Sánchez no estaba dispuesto a bajar al barro pese al sonrojante bazar que se había instalado en el atril de Albert Rivera.

Bueno, ahora viene lo importante. ¿Ahora qué? Me temo que nada... al menos en un tiempo, hasta que pasen las elecciones de finales de mayo. Desde luego que a Pedro "el bello", como acaban de llamarle en algún periódico extranjero de manera un tanto chocante (y no sé si jocosa), no le interesa moverse de la baldosa donde se haya ni le conviene modificar el discurso. Solo al PP parece interesarle verdaderamente que las cosas cambien. Mucho se juega Casado ante  la presión de VOX y Ciudadanos, que le han comido la tostada que hasta hace más bien poco saboreaba tranquilamente desde la terraza de Génova 13.

Es muy probable que, sintiéndose fortalecidos, a los socialistas les interese gobernar en minoría con necesarios apoyos puntuales. Su alianza con el partido morado y un numeroso abanico de pequeños partidos más en el fondo puede ser un tanto imaginaria. Lo más plausible sería una alianza con Ciudadanos que les daría la mayoría absoluta. Pero no es el PSOE (pese a los gritos de repulsa de su exaltada feligresía) quien ha puesto un cordón sanitario a un acercamiento entre los dos partidos que debieran haber luchado por el hasta ayer mismo olvidado centro ideológico. Lo ha hecho Rivera y su muy discutida mimetización con el Partido Popular más radical en años.

En este sentido, el viraje de Ciudadanos hacia los postulados propios del PP, arrastrado este a su vez por la irrupción de VOX, ha dejado en el olvido a aquel partido regenerador que era propenso a llegar a pactos "a izquierda y derecha" con un discurso transversal, capaz en definitiva de alcanzar acuerdos para la estabilidad de los diversos gobiernos. Un partido liberal y de progreso en el que mucha gente confió visto el panorama tan desolador de nuestra clase política. No queda nada de aquello ante el personalismo de Rivera y Arrimadas, el discurso inamovible (y monotemático) del problema catalán, su ofrecimiento al PP a cambio de nada, su imposibilidad para distanciarse de inmediato de VOX, la falta de credibilidad entre lo que anuncia y luego hace, su olvido de los asuntos del día a día (no todo es la unidad nacional) y, por último, su oportunismo ante lo que van reflejando las encuestas. Si Ciudadanos conservara una pizca de sentido de Estado y no se creyera tanto que es el primer partido de la oposición (sus acusaciones a Sánchez de traidor no se sostienen) lograría algo que siempre sale de boca de sus dirigentes: que los nacionalistas no condicionasen la política española por una vez en Democracia. Si Sánchez y Rivera suman, ¿qué mas motivos tiene Albert para no pactar con Pedro? Este nuevo Ciudadanos vive muy cómodo en el discurso maximalista y en la confrontacíón, pensando que eso le va a generar votos con facilidad; el interés de la nación... es otra historia. Ya se lo decía el propio presidente en funciones la semana pasada: Rivera, ¡qué desilusión! Suscribo.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Intolerantes


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Hace un par de días, tras conocerse los resultados de las elecciones en Andalucía, Pablo Iglesias llamaba de todo a VOX, el partido de Santiago Abascal que ha irrumpido con inusitada fuerza en el Parlamento andaluz. Entre otras cosas, le atribuyó los calificativos de machista, franquista y homófobo. Nada nuevo.

Lo curioso es que se da el caso que el partido ganador -el PSOE- parece que ha sido el gran perdedor. Y sin embargo, el partido que obtiene menos representación parlamentaria -VOX- ha sido el que ha ganado las elecciones. Las cosas de la política. Y para muestra, no había más que ver el semblante de Susana Díaz, que en un par de horas había envejecido quince años y había adelgazado veinte kilos. Las cosas de vete tú a saber...

Pero lo sucedido en la comunidad autónoma más poblada de España ¿es extrapolable al resto del Estado? Bueno, evidentemente se trata de un aviso a navegantes, sobre todo para un Partido Socialista que tenía en Andalucía su mayor granero de votos y donde llevaba varias décadas sin bajarse del sillón, cometiendo los peores vicios de quienes ya llevan tanto tiempo gestionando la cosa pública. ¿Desgaste? Seguro. Pero también algo más.

Estos resultados hay que analizarlos en clave nacional, por más que la aún presidenta se esforzara en campaña por no tocar los "leitmotiv" de la política nacional, a sabiendas de que éso era destructivo para sus resultados. Y a decir verdad parece que de Andalucía se habló más bien poco, pues la votación al final se convirtió en un plebiscito hacia las políticas de Pedro Sánchez, que sufre un duro revés de cara a lo que queda de legislatura (que a saber cuánto de poco será).

Pero, ¿por qué VOX? Y también, ¿por qué ahora? Esas preguntas debieran hacérselas todos los partidos políticos. Sin posponerlas y sin evitar la autocrítica. Todo lo relacionado con el "asunto catalán" ha enturbiado tanto el ambiente político español que no dudo que haya sido causa directa del ascenso de la ultraderecha, precisamente ahora y a rebufo de lo que ya es una realidad en la mayor parte del resto de países de Europa. Pero hay más. La izquierda en España, a mi juicio, vive una pérdida de valores; lleva tiempo olvidando e incluso despreciando ciertos emblemas que en otras naciones no se discuten. Y todo ello coqueteando y simpatizando con los partidos nacionalistas o directamente secesionistas, en lugar de tratar de mantener un equilibrio sin cuestionar en demasía los valores que refleja la Constitución. La nueva izquierda española (Podemos, básicamente) no se siente reflejada en el ordenamiento surgido en la Transición y se siente más cómoda con aquellos que directamente quieren acabar con él y con el Estado. Está radicalizada.

España ha perdido el centro. La radicalidad de la que hablo e incluso la intolerancia ha ganado terreno a la mesura y al reformismo, al diálogo y al parlamentarismo. Y nadie debe mirar para otro lado. ¿Cómo es eso de que el mismo lunes en Málaga, Sevilla y Granada se convocaran manifestaciones (no autorizadas) para protestar contra los 12 diputados conseguidos por VOX?  ¿Y las protestas de ayer en Cádiz acompañadas de destrozos al mobiliario público? Ésto es democracia, señores, aunque no nos gusten sus postulados. Habrá que vencerlos con la palabra, para que vean que muchas de las cosas que defienden no tienen cabida en un régimen democrático.

Mi percepción personal es que el nuevo PP de Pablo Casado ha revitalizado los peores clichés de aquel Aznar en la oposición. Que Ciudadanos, partido que al inicio se autoproclamaba socialdemócrata y reformista, en los últimos tiempos ha perdido el centro. Sus ansias de poder le hacen defender los mismos postulados que los populares, e incluso en no pocas ocasiones con mucha más beligerancia. Que Albert Rivera y Pablo Casado coincidan en la indumentaria igual no es tanta casualidad. Ese viraje de estos dos partidos hacia las trincheras de la dura oposición ha envalentonado a aquellos que menos campaña han hecho en Andalucía porque muchos andaluces han perdido la fe en los partidos tradicionales, que ya no les representan. Y el discurso de VOX es mucho más barato de comprar, desde luego.

El PSOE, por su parte, sobrevive sobre una fina cuerda sufriendo el desgaste de gobernar con tan pocos diputados y el apoyo cuestionable de los peores compañeros de viaje posibles, mientras se cuentan los días para que empiece el juicio de los encarcelados por el Procès. Si Pedro Sánchez ha intentado -acertadamente o no- mantener un diálogo con Cataluña para no enmarañar más el asunto, tampoco ha encontrado demasiada ayuda, esa es la verdad.

Entonces, ¿qué panorama tenemos? El de la radicalización. La que vemos todos los días en las redes sociales y también en las cuentas de Twitter de nuestros representantes públicos. Medio éste que ahora sirve para dar a conocer los programas y las acciones de los distintos partidos, e incluso para rendir cuentas al ciudadano. Da que pensar. Pero como iba diciendo, ese lenguaje taxativo, de blanco o negro, que se ha establecido en el Congreso y en los mítines a pie de calle no hace ningún bien a la labor de no alimentar el extremismo. La intolerancia por aquel que no piensa como nosotros nos está devorando porque en lugar de bomberos muchos políticos se han erigido en verdaderos pirómanos. ¿Y qué es sino VOX? Pues una reacción al extremismo del otro lado, a la pérdida de valores de la izquierda, entre otras cosas. Entonces, ¿de qué nos extrañamos? La radicalidad siempre genera más radicalidad y aquí cada vez hay menos gente dispuesta a querer apagar las llamas.


lunes, 4 de julio de 2016

Una semana después

Que se acabe el mundo si de estas nos dirigimos a unas terceras elecciones generales. Llevamos bastante más de medio año con un gobierno en funciones y nadie puede asegurar aún que no tardando muchas semanas España vaya a contar con un ejecutivo que pueda hacer frente a los problemas y los desafíos de nuestro país. Así de claro.

Atrás ha quedado ya la jornada electoral del 26 de junio y una campaña semilight que ha resultado ser una continuación de la precampaña, la campaña y la postcampaña precedentes. Si es que, ¿cuando hemos dejado de estar de elecciones?


Los partidos políticos y todo el arco parlamentario deben ponerse las pilas para tratar de sacar al país de su "día de la marmota" particular, anteponiendo los intereses generales y tratando de llegar a consensos que nos beneficien a todos. Ya sé que es mucho pedir, pero si no se abandonan los frentes (las izquierdas, las derechas...) se antoja una misión imposible. ¿Qué explicaciones nos van a dar los políticos el día que deban convocarse las terceras elecciones en menos de una año? ¿Cómo van a justificar que no han sido capaces siquiera de sentarse a la mesa? No quiero ponerme en plan negativo, pero la posibilidad está ahí y no es en absoluto desechable a día de hoy.

Los resultados del 26 de junio han sorprendido a la mayoría de los españoles. Son numerosas las preguntas que nos podemos hacer al respecto, tratando de buscar culpables o de explicar el éxito del Partido Popular, intentando adivinar por dónde pueden ir los tiros de la confección de un gobierno, los apoyos de unos o los vetos de otros. El tiempo pasa muy deprisa y tras una semana de aquello no hay ninguna novedad al respecto. Pero las tendrá que haber y más pronto que tarde, no hay otra opción.

Visto que el pacto al que llegaron PSOE y Ciudadanos a comienzos de año no ha sentado bien -electoralmente hablando- a ninguno de los dos, cosa que ya se sabía que podía suceder, las miras estaban puestas en el fortalecimiento del Partido Popular y un destacado avance de Podemos (ahora Unidos Podemos), osease, el famoso, manido y muy cansino sorpasso. Pero en las huestes de Pablo Iglesias la cosa no ha ido en absoluto como esperaban tras su confluencia con Izquierda Unida.

Si damos por hecho que el asunto del fraude electoral es un farol podemita por sus malos resultados después de unas muy esperanzadoras encuestas, sus dirigentes deberían reflexionar sobre lo que el partido morado quiere ser en el panorama político nacional. Su confluencia con fuerzas soberanistas, su alianza con un partido tan trasnochado como IU, la renuncia a su transversalidad o los vaivenes de su líder (un día autoproclamándose socialdemócrata, otro día comunista; a ratos arrogante, a ratos simpático y aperturista) son aspectos que han podido llevar a que una parte de sus potenciales votantes no haya querido ir a las urnas o directamente haya cambiado el sentido de su voto. Porque el "pacto de los botellines" no ha supuesto la aglutinación de las fuerzas descontentas de izquierda. Ni siquiera el buzoneo de propaganda electoral la misma tarde del último día de campaña ha servido para convencer a los indecisos de que el partido de Iglesias y Errejón puede ser garantía de un cambio a mejor y de que este partido está limpio de cualquier tipo de sospecha. La gente no ha acabado del todo convencida con esta opción que, dicho sea de paso, tiene el logro de haber llegado al decadente panorama político nacional con una fuerza arrolladora e inusitada estos tres últimos años.

Respecto al Partido Popular resulta curioso que la concatenación asombrosa de casos de corrupción no haya hecho mella en las opciones de la agrupación de la gaviota. Más votos y más escaños, así de simple. Y sin despeinarse ni saltar a la arena. Con un sistema de proporcionalidades que le beneficia, el PP se ha erigido con diferencia en la opción preferente de gobierno para buena parte de los españoles. Que todos los días sean protagonistas en los medios de comunicación los casos de corrupción de representantes del Partido Popular ya ha dejado de sorprendernos y puede que esto solo sea la punta del iceberg, pero habría que preguntarse qué es lo que ha llevado a que a última hora muchos hayan decidido votarles. No es un cheque en blanco, pero si ahora mismo hay alguien legitimado para formar un nuevo gobierno ese es Mariano Rajoy, nos guste más o nos guste menos. El hecho de que no vaya a tener mayoría absoluta va a permitir el control de su gestión y eso será siempre una muy grata noticia.

Y una última reflexión que hago. Los medios de comunicación están sirviendo como canalizadores de corrientes ideológicas. La independencia de los medios de comunicación españoles está bajo mínimos, pero están jugando su papel en el panorama sociopolítico actual. Si los medios  más críticos con el gobierno (léase la Cadena SER, laSexta o el Diario Público, por poner solo unos ejemplos) cada día están poniendo la lupa sobre la corrupción del Partido Popular, reincidiendo en la desvergüenza de quienes dicen representarnos durante estos años de crisis pero por contra, y tal como se vio el día 26, la gente sigue votando las opciones tradicionales, puede ser que sus campañas periodísticas no sean tan efectivas como esperaban. Cuando uno reincide con mucha asiduidad en lo mismo pierde eficacia en su mensaje y esto es lo que ha estado pasando con estos medios. Para los votantes de Podemos lo que se dice en ellos es la verdad, sin matices, los demás son los que ocultan la realidad, pero para los votantes afines al Partido Popular que igual puedan cuestionar a su partido, ese mensaje de denuncia acaba por no calar al estar estos medios excesivamente ideologizados (el votante medio del PP dirá: "eso lo dicen porque son medios de comunicación de izquierda, por lo tanto no me los creo"). Si no, no hay manera de entender que con la gran losa que es la corrupción para el PP, éste continúe liderando la intención de voto en nuestro país. ¿Nos estamos olvidando de la corrupción o es que las alternativas no son lo suficientemente atractivas para los españoles? ¿Por qué los partidos de la oposición no han podido aprovechar esta tesitura durante los últimos cuatro años para atraer al votante? ¿O es que solo hay manera de enterarse de los tejemanejes políticos a través de la prensa (politizada, claro) porque la Justicia siempre va a rebufo? En cualquier caso, debería todo eso hacernos reflexionar.




martes, 10 de mayo de 2016

Casilla de salida


El 26 de junio tenemos una cita. Una cita a la que me atrevo a asegurar muchos españoles no acudirán. Vacaciones escolares, el disfrute del incipiente verano, exámenes de oposición y demás "excusas" no podrán ocultar la sensación de que los votos recopilados el pasado 20 de diciembre no han servido absolutamente para nada. Ésa es la sensación general que marcará ese domingo y la razón principal de la muy escasa asistencia a las urnas. El 26 de junio será una segunda vuelta o la repetición de unas elecciones, me da lo mismo cómo la llamemos, pero sin miedo a equivocarme diría que es un fracaso en toda regla de la política nacional. Cuatro meses que no han servido más que para demostrar que cuando no queremos es imposible acabar por entendernos en este país.

Todos los partidos políticos son en mayor o menor medida responsables de la situación a la que hemos llegado. Igual nadie preveía que había que ceder en los programas electorales de cada partido para poder entenderse, que una mayoría simple no es garantía suficiente para poder formar gobierno (para el caso del PP) o que la política debe hacerse desde la humildad y no desde el espectáculo (para el caso de Pablo Iglesias). Total, que han sido cuatro meses donde los reproches, los grandes titulares, el triunfo de los egos y los giros de timón han acabado por llevarnos a un callejón sin salida. Como si de un parchís se tratara, volvemos a la casilla de salida como si nada de lo anterior hubiera existido.

De acuerdo en que de aquí a entonces vamos a tener que sufrir otra campaña electoral agotadora para el ciudadano y para los bolsillos, llena de reproches y acusaciones cada día y en cada momento. Pero entre el sopor y el hastío no debería el elector dejar en el olvido que estos últimos meses han sido tiempo suficiente para hacer verdadera política y de que en esa labor ardua pero de triste final algunos más que otros han actuado con algo más de responsabilidad. Tras el paso atrás del presidente Rajoy (que es capaz de anteponer un partidillo de fútbol a sus responsabilidades institucionales, con eso lo digo todo...) la labor de intentar formar gobierno recayó en Pedro Sánchez, que para asombro de casi todos trató de tejer alianzas y lanzar un pulso a parte de su propio partido y a Podemos, que osaba apoderarse del control de las izquierdas. No ha sido poco loable el empeño de Pedro Sánchez por hacer entenderse. A ese empeño se unió desde el inicio la formación de Albert Rivera, convirtiéndose en la piedra de molino sobre la que ha girado buena parte de las opciones de gobierno a lo largo de estos meses. Ambos partidos, PSOE y Ciudadanos, parecieron haber entendido el mandato de las urnas. Todo lo contrario que el PP, atrincherado en su idea de que por ser el partido más votado era el único legitimado para poder gobernar, acusando además al resto de partidos de querer intentarlo, mofándose de la capacidad de diálogo de otras fuerzas y tirando balones fuera cada vez que saltaba a la actualidad informativa un nuevo y ya enésimo caso de corrupción. Y encima parece ser que esa estrategia de quedarse quieto y parao le va a salir redonda al oscuro inquilino de la Moncloa; verlo para creerlo...

Quizás Pedro Sánchez haya pagado como ninguno las consecuencias de una campaña electoral donde se dijeron cosas muy duras y se utilizó un lenguaje demasiado agresivo. Porque si algo ha venido demostrándose es que todos somos esclavos de nuestras palabras y a la hora de la verdad esas se las lleva el viento, sobretodo si eres un político. Y su cerrazón a llegar a acuerdos con el PP ha sido definitiva cuando la vereda en el otro costado ha acabado por desaparecer entre la espesa maleza.

¿Y qué panorama nos espera ahora? Desde luego que los políticos que nos han llevado a la repetición de elecciones deberían de tener más cuidado con lo que dicen y con lo que prometen. Una polarización de los votos en torno al PP y a Podemos (o como quiera llamarse tras su alianza con Izquierda Unida, puro y duro matrimonio de conveniencia basado únicamente en números y teoremas matemáticos) creo que sería muy negativa para España. Sería hablar aún más de términos como revancha, herencia del pasado, y de una "guerra fría" entre izquierdas y derechas sin fin. España necesita un buen lavado de cara y varias operaciones de cirugía estética, algunas más profundas que otras. Pero veo muy peligroso cuestionarnos continuamente si queremos seguir siendo españoles o ciudadanos de la Luna, republicanos o monárquicos o si todo lo logrado desde 1975 ha sido pan comido o un desacierto absoluto. Todo, comenzando por los grandes asuntos de Estado, necesita una reflexión sosegada y sincera, sin histrionismos ni espectáculos luminosos de cara al espectador. España necesita políticos coherentes y con visión de Estado, que hagan más que dicen y no conviertan este tinglado en un show de televisión. No sé si una imposible alianza PSOE-Ciudadanos-PP hubiera fracasado o bien hubiera posibilitado alguna de las cosas de las que estoy hablando, pero un frente común entre Podemos, UP, las mareas y el PSOE hubiera supuesto a este último partido su enclaustramiento en un proyecto secuestrado por poderes divergentes y por la concepción de un Estado asimétrico de nula identificación nacional. Porque no todo es programa social o la asunción de derechos y libertades... En POLÍTICA hay muchos más palos que tocar, afortunadamente.

Quizás haya habido demasiadas lineas rojas y demasiadas trincheras en torno a palabras como "izquierda" y "derecha", etiquetas que deberíamos pensar en reciclar ya de una vez. A nuestros representantes se les ha visto demasiado el plumero todos estos meses. La prueba de fuego de la madurez del sistema político no ha sido satisfactoria ante el pesimismo creciente de los españoles porque cuando parecía que nuevas caras iban a poder modificar las reglas del juego hemos visto que nada de eso se está produciendo. Al menos esa es la percepción que yo tengo. Y me temo que la solución a nuestros numerosos problemas va para largo ante un panorama político y social muy fragmentado y cada vez, desafortunadamente, más polarizado en sus extremos. Las Dos Españas siguen más vivas que nunca y el tiempo, ese factor que se ha tirado a la basura de manera tan indecente e irresponsable, será el encargado de demostrar si estoy en lo cierto.

sábado, 11 de julio de 2015

Pitos y banderas

Problemático, muy convulso y caldeado se encuentra el escenario político. Recién salidos de unas elecciones locales y autonómicas que han dado un vuelco considerable al panorama político de la piel de toro y con la efeméride que supone el primer aniversario de la proclamación de Felipe VI como jefe del Estado, en las últimas semanas ha vuelto el rifirrafe a costa de la superbandera que adornaba la espalda de Pedro Sánchez en la presentación de su candidatura a los próximos comicios nacionales por el Partido Socialista. Dichosa bandera...

En otro orden de cosas, suele pasar. Cada vez que juega la final de Copa del Rey el F.C. Barcelona, o el Athletic de Bilbao, o ambos como en esta edición, vuelve la polémica. Durante días se habla de organizar una gran pitada en contra del himno español, y todo ello viene acompañado de las declaraciones de políticos del más amplio arco parlamentario. Los unos, justificando todo en aras de la libertad de expresión. Los otros, hablando de acto irresponsable y vergonzoso. Y lo que debería ser sólo UN PARTIDO DE FÚTBOL se convierte en un espectáculo que logra trascender a los medios de comunicación nacionales.

De acuerdo que el himno de nuestro país lo que se dice bonito no es (o no me lo parece, que para todo hay gustos), pero se trata sobre todo, y nos guste o no, de un emblema. Representa no a un gobierno ni a un determinado partido político, ni siquiera por supuesto a una corriente ideológica, sino que representa, o al menos así lo entiendo yo, a una nación y a toda una sociedad. Lo mismo que la figura del rey, que más allá de sus discrepancias tiene un gran valor simbólico. Por eso, la risilla picarona de Artur Mas es cuanto menos deleznable porque más allá de pertenecer a un partido político y ser el presidente de Cataluña es, y así lo dice la Constitución, representante del Estado (el español) en su comunidad autónoma. Todo, sí, muy contradictorio, como se ve.

El himno español no es una creación de Franco. Y la bandera tampoco lo es. Son símbolos que se remontan a siglos atrás en el tiempo y de los cuales no se ha hecho siempre un buen uso. Y no trato de rebatir ningún sentimiento a los pacíficos y no tan pacíficos asistentes a esa final que silbato en boca dedicaron una estruendosa pitada a Felipe VI y al himno, sino que el mayor reproche habría que centrarlo en la RFEF -organizadora del acto y que, pese a todo lo que se sabía ya, no hizo nada porque primara la tolerancia y el "juego limpio"- y en los diversos politicuchos que días antes trataron de justificar lo que iba a pasar en pos de la muy manida "libertad de expresión", auténtico totem que parece justificar cualquier cosa. Lo malo es que a veces esos mismos que portan con sumo entusiasmo esa misma bandera no son capaces de denunciar lo que sucede en determinados países y regiones donde eso mismo -la libertad en el más extenso sentido del término- es aún una quimera.

Los españoles nos queremos demasiado poco y, por supuesto, no nos respetamos. España es un país plural, variopinto, y si en la propia convivencia falta el respeto y la educación somos un país de mierda. Y se demostró aquel sábado con esa final. Porque fue sobre todo un gran problema de educación. Muchos no nos mostraríamos así ante la senyera o la ikurriña, ni tampoco ante los diversos himnos que sirven para representar a los distintos pueblos que configuran el país/el mundo. Y no estoy diciendo que hubiera que haber suspendido el partido (no me convence esta opción del todo), sino que fue un muy grave problema de educación, reitero. Porque si la libertad es una carta blanca entonces no hay leyes ni normas que valgan para gobernarnos. Confundir la libertad con el libertinaje es peligroso y en ocasiones tendemos a no diferenciar los dos términos, sobretodo en los tiempos que corren donde continuamente estamos cuestionando a quienes nos representan en las instituciones e incluso nuestra propia identidad como nación sin tratar de dar verdaderas soluciones meditadas al respecto.

Aquellos días se dijo que la gran pitada era una manifestación por la disconformidad del pueblo catalán ante un Estado que le vilipendia y no le escucha. Puede que en parte así sea, o puedo que no, pero oyendo estos argumentos me viene a la cabeza todas aquellas pequeñas localidades, comarcas o incluso provincias enteras que han visto con el paso del tiempo cómo la industria y los servicios pasaban de largo, dejando marchar a su gente en busca de un futuro mejor precisamente en aquellas regiones que aquel sábado trataron de mostrar de manera airada su ira ante una bandera y un jefe del Estado. ¿Acaso esos pueblos, comarcas y regiones tan abandonados tradicionalmente nunca han tenido razones para quejarse de la falta de sensibilidad de los diversos gobiernos?

Vivimos en un país cada vez más desequilibrado e injusto donde todo se debería poder hablar, pero con respeto por supuesto. Por eso este tipo de actos hablan muy mal de España como país al resto del mundo. No se da buena imagen, reconozcámoslo. Seguimos siendo un país muy peculiar con sus filias y sus fobias, pero mal haríamos si alimentamos la confrontación y la idea de las dos Españas, avivando rencores e intereses, siendo insolidarios. Y por eso sucesos como el de aquel día en Barcelona y otros muchos que con frecuencia son objeto de controversia en los medios de comunicación no hacen más que avisarnos de que hay cosas en nuestra sociedad que no funcionan. Porque en el fondo los políticos, la política en definitiva, son un decepcionante reflejo de nuestra realidad social como nación.




miércoles, 3 de junio de 2015

La letra editorial

"Cada uno cuenta la fiesta como le interesa", y esto no es una verdad a medias, es una verdad completa. Vivimos en un país (el resto del mundo no está libre del mismo mal) donde cada vez todo está más politizado y donde da la sensación de que la razón de uno es la razón única e indiscutible. Por eso toda la atmósfera política y social está enormemente viciada. Se está perdiendo altura de miras y coherencia en el discurso. Las cosas a veces no son blancas o negras y está claro que el cuarto poder, a parte de informar, está contribuyendo de manera constatable a generar corrientes ideológicas en quienes consumen ese tipo de información.

No quisiera centrarme en el caso de la televisión, que probablemente sea el más paradigmático, pero para un servidor encender la tele y ver un informativo o las ahora muy recurrentes "tertulias" políticas es acabar con la cabeza como un bombo. ¿A quien creemos? ¿Quienes nos están diciendo la verdad?

Resulta harto complicado hallar un medio de comunicación lo suficientemente independiente para hacer enteramente creíble lo que te cuenta. Estamos en la época de los grandes titulares y las cortinillas estridentes para dar bombo y platillo a lo que nos van a contar. ¿Y realmente eso es periodismo?

Antes de que nadie me ponga la etiqueta de empatizar con uno u otro partido que sepa que soy del que sea honesto, servicial al ciudadano y no aproveche las flaquezas ajenas para ganar réditos electorales. O sea, de ninguno que yo sepa. Pero el juego de medios de comunicación cansa por la parcialidad de los que lo integran, o al menos esa sensación tengo con excesiva frecuencia. Porque son medios pertenecientes a grupos editoriales afines a unas determinadas siglas políticas.

Escuchar cadenas como la COPE, la SER o canales de televisión como Intereconomía o LaSexta, por poner algunos ejemplos, es saber de antemano lo que te van a contar. Ellos saben lo que pide su audiencia y de ninguna de las maneras van a traicionar a su oyente/televidente. Otra cosa es que el propio consumidor de información haga el suficiente juicio de valor para discernir realidad de ficción, o más propiamente separar la verdad de la mentira. Aquí no hay verdades absolutas, hay verdades con mentiras o medias verdades pero si lo que te están "vendiendo" te lo crees a pies juntillas porque lo dice "tal periodista" o "tal tertuliano" eso juega a su favor y estos medios de comunicación cuentan con esa importante baza. La autocrítica y el procesamiento de la información son fundamentales para generar opiniones personales que se alejen de la información de consumo rápido. Se está perdiendo en buena medida el contraste de la información en esta sociedad sobreinformada en la que estamos todos involucrados.

Me apena ver que cada uno cuenta las cosas como le conviene, basándose en el matiz y el dato interesado para lograr convencerte. Y todo el abanico ideológico es partícipe de ello, de uno de los males que afectan al periodismo en estos últimos años. Probar un poco de cada medio para conseguir una opinión propia, independiente, puede que sea la solución, pero como ya digo ni los medios de comunicación públicos ni tampoco los privados pueden abanderar por sí mismos la enseña de la imparcialidad porque de ninguna de las maneras lo están demostrando.

jueves, 5 de junio de 2014

La abdicación, una cuestión de vida o muerte

Anda todo el mundo revolucionado estos días. Y es que en España no nos habíamos visto en otra igual desde hacía como 150 años. Aquella vez se produjo la última abdicación de un monarca reinante en nuestro país; el "honor" recayó en Amadeo de Saboya, aquel duque piamontés que sin apoyos e incapaz de apaciguar a un país convulso decidió renunciar a su cargo y regresar con precipitación a Italia mientras se proclamaba aquí la Iª República.

El lunes pasado muchos se levantaron con la noticia de la abdicación de Juan Carlos I y desde ese momento se sucedieron las especulaciones acerca de los motivos que le han llevado a tomar tal decisión. Habría que advertir primeramente que la abdicación de un monarca es un hecho poco frecuente en nuestra historia, pues no es nada habitual que un monarca "lo deje" antes de morir, así que la sorpresa fue la reacción principal entre el ciudadano de a pie.

Presumiblemente cierta incapacidad física debido a las numerosas operaciones de estos últimos años y, en especial, el hundimiento de la popularidad de la institución monárquica, han sido los dos motivos fundamentales para proceder a la abdicación. Pero, ¿hay algún otro motivo que nos estamos perdiendo? ¿algún elemento que ha precipitado los acontecimientos? Si lo hay, supongo que acabaremos por enterarnos antes o después. Pero en el discurso del monarca que siguió al anuncio de Rajoy se esgrime como la clave "la necesidad de dar paso a otra generación más acorde con los tiempos que estamos viviendo". Y puede que esa sea otra razón de peso.

El príncipe Felipe se nos presenta como un individuo muy preparado, con una ya dilatada experiencia como representante de su padre y gran conocedor de los problemas que atañen a la sociedad del s.XXI. Un hombre moderno e inteligente del que aún está por ver los cambios que pueda dar a la institución que está a punto de liderar. Personalmente no espero demasiados, pero creo que puede venir bien una cara fresca y popular ante los escándalos que han salpicado a la Familia Real el último lustro y que todos de sobra conocemos. El rey no estaba del todo limpio de culpa y especialmente el affaire Urdangarín ha sumido a la Corona en un desprestigio que ha contribuído sobremanera a avivar la desconfianza y las voces que proclaman un cambio de régimen. De cualquier forma, espero que este relevo no sirva como estrategia para taponar definitivamente todo el escándalo que atañe a los duques de Palma, del cual no se sabe a ciencia cierta la influencia que ha podido tener la figura de D. Juan Carlos como posibilitador de los negocios de Iñaqui Urdangarín. Yo no confío mucho en la Justicia, pero espero y deseo que este acontecimiento no influya para nada en la tramitación del proceso judicial.

¿Y ahora qué? En condiciones normales y pese a todo lo poco democrático que resulta que la jefatura del Estado se transmita por herencia, la transición debe ser tranquila. Pero en la España del 2014 hay tantos problemas que la propia Monarquía está siendo mirada con lupa, ahora ya más cuestionada que nunca. No creo que unas elecciones europeas con un incipiente repunte de partidos más a la izquierda que el Socialismo sean un argumento sólido para pedir un Referéndum, así como tampoco la alusión a un posible final del Bipartidismo, sostén como pocos de la figura del soberano (aunque no sólo el clan PP-PSOE apoya la Monarquía).

No veo racional tampoco juntar peras con manzanas en esta cuestión y puede que la forma que queremos dar a la Jefatura del Estado no sea algo tan importante como los muchos problemas y necesidades que tiene nuestro país y que le han hecho bajar unos cuantos escalones en el termómetro del bienestar social y del desarrollo. Eso sí que es primordial, eso sí que merece la máxima atención. Pero dedicarnos ahora a santificar la figura de un monarca es tan injusto como demonizarla y creo que hace falta algo de sosiego a la hora de valorarla en su justa medida.

Sacar a relucir el debate Monarquía vs República puede que no sea lo más apropiado en estos momentos. A modo de apunte contamos con el detalle de que la clase política está enormemente desprestigiada y mucha gente no quiere que ahora mismo otro político se haga cargo de la misma. ¿Sería Aznar, sería González, sería Zapatero? Tampoco iba a cambiar mucho la cosa y no tenemos que olvidar que la figura de un pte. del Estado tiene fundamentalmente una función moderadora.

No sé hasta qué punto debemos cuestionarnos la institución monárquica, que fue sancionada por la Constitución. Se oye decir que mucha gente no la quiere porque no la votó, que las nuevas generaciones no votaron la Constitución del 78. ¿Pero debemos someter a votación una ley tan fundamental con el paso de una generación a otra? Si nos ponemos así entonces igual deberíamos cuestionar otras cosas que refleja la Carta Magna. ¿O más democrático es que se sancionen unos fueros territoriales en un país donde supuestamente todos somos iguales, aludiendo exclusivamente a determinantes históricos? La Monarquía no es lo único que desprende olor a naftalina en nuestra Constitución y parece que de esas otras cosas se pasa un poco por alto. Espero haberme explicado bien...

El Parlamento no puede aferrarse con cerrazón a no introducir mejoras dentro de la Constitución del 78. Ésta no puede convertirse en un elemento inerte y desfasado ajeno al correr de los tiempos, por supuesto que no. Pero igual habría que abogar por no olvidar que aquella Constitución que a veces tanto se cuestiona y todo el estado de Derecho español fueron fruto de un trabajado consenso, de sacrificio por parte de la mayoría de fuerzas políticas y sociales de este país. No podemos olvidar de dónde venimos y todos los obstáculos que tuvo la nación durante décadas para llegar a ser lo que es hoy. Todo el mundo tuvo que ceder (unos más que otros, bien es cierto), pero no podemos obviar que lo que nos separa no es más que lo que nos une. No me gusta la jacobinización de cierta parte de la sociedad, tampoco el arribismo de otra, pero no debemos perder nunca la perspectiva del tiempo. España pasó una Guerra Civil y décadas de oscura Dictadura, incluso antes infinidad de momentos de desencuentro e inestabilidad política y social como para ahora enredarnos en descalificaciones y pensar solamente que cada parte tiene la verdad absoluta en cuanto a este tema.

La Corona, con el nuevo rey a la cabeza, necesitará imperiosamente modernizarse en aras de la claridad y la transparencia. Ponerse al nivel de las que hay en el norte de Europa donde esta institución está completamente controlada por el Estado. El ciudadano necesita saber a qué se destina su dinero. Todo lo contrario, y más ahora con el caso Noos, supondrá socavar su tumba. Esa es la única solución que tiene Felipe ante el clima de crispación general en el que se haya el país. Y a buen seguro no le va a quedar otra opción.

viernes, 4 de enero de 2013

Remates a un "gran" 2012

Hace la tira que no escribo aquí. A veces o bien no tengo ganas de explayarme o más comúnmente no sé qué contar para "aburrir" al personal. En cualquier caso, ¡ya era hora!

En las últimas semanas me ha llamado la atención la nueva masacre escolar en Estados Unidos, en la más liberal Costa Este. Aquí en Europa se antoja como algo sumamente terrible. Y lo es, sólo que no somos capaces de imaginar la frecuencia conque estas noticias se producen en la mayor economía del mundo.
La tenencia de armas en EE.UU. es de una beligerancia pasmosa. Poder comprar un arma de fuego es algo sencillo y además su uso es frecuente. Pero lo lamentable de la situación es que para poder hacerte con una no te piden ningún tipo de antecedentes penales ni ningún certificado médico que atestigüe que tu cabeza rige correctamente. Por lo tanto, no sorprende comprobar la ingente cantidad de armas que se guarda en los roperos y baúles de las casas norteamericanas, siempre esperando la ocasión perfecta para entrar en acción.
Entiendo que este tema es algo más cultural que otra cosa. Enlaza con las raíces del pueblo estadounidense de buscar la autodefensa, pues EE.UU. es una nación que se creó a costa de ganar tierras a lo pueblos nativos allá por el siglo XIX. Y también tiene que ver con el hecho de que buena parte de la población hoy en día vive en zonas deshabitadas donde las largas distancias siempre son un valor en contra a la hora de garantizar la seguridad de numerosísimas familias. Es algo que hemos visto muchas veces en el cine, donde se refleja bien que la sociedad norteamericana no confía en sus organismos de seguridad, por lo que tener una pistola a mano nunca está de más...
Pero, ¿cómo acabar con masacres indiscriminadas como ésta? ¿Cómo es posible que cualquier individuo con mayores o menores problemas psicológicos pueda segar fácilmente la vida de tanta gente? La solución pasa por los políticos y por el hecho de que demócratas y republicanos se pongan manos a la obra y no escatimen en medios para que EE.UU. sea un país más seguro. Pero mal hace un Estado de Derecho si no encuentra la manera para poder salvaguardar la seguridad de los ciudadanos y me temo que no es por dinero sino por cierta falta de voluntad.
En este meollo hay dos frenos con cierto peso. Por un lado la industria armamentista que está haciendo el agosto con esta situación. Digamos que hay verdaderos intereses económicos de mucho peso porque es una industria que surte de material a los ejércitos, una industria que nunca tiene crisis. Por otro lado tenemos el lobby de la Asociación Nacional del rifle o como quiera que se llame. Para este grupo un arma te hace fuerte, es el símbolo del buen patriota americano; es una asociación que sirve para mantener los postulados del Partido Republicano y además apadrinado por gente conocida o de gran peso económico.
En nada quedarán los discursos y homenajes si de inmediato no se ponen barreras legales a la tenencia y comercialización de este tipo de armas. Es lamentable que las autoridades puedan pasar por alto que la misma historia se repita una y otra vez. Es muy fácil mirar para otro lado, pero el poso "cultural" ya digo que actúa como un acicate. Además, el ambiente paranoico que se vive en EE.UU. desde hace más de una década no ayuda demasiado y estos últimos días hemos oído en las noticias que cuando sucede un caso tan destacado se incrementa, aún más si cabe, la compra de este tipo de armas. Lo cierto es que este asunto poca solución le veo.

Luego en tierra hispana no paran de sucederse nuevas informaciones sobre la macrofiesta del Madrid Arena.   Lo que empezó como un gran y masivo espectáculo acabó con 5 chicas fallecidas. ¿Alguien confía todavía en la Justicia para que los culpables de la tragedia paguen por su negligencia? Me parece ya que pocos...
Cada día aparecen nuevos testimonios o nuevos datos que acrecientan la bochornosa desfachatez de quienes gobiernan. Lo del teleoperador ya fué el colmo: qué desidia, qué falta de profesionalidad. Pero los verdaderos responsables seguirán encontrando cabezas de turco para que todo quede otra vez... EN NADA.


Muy mal por el empresario, ansioso de hacer dinero a costa de llevarse vidas por levente (¡como si le importaran mucho!) y también muy mal por las autoridades de la ciudad de Madrid pues creo que no hace falta recordar que el recinto era público (me da igual que la fiesta fuera privada) y que es el propio Ayuntamiento quien debe garantizar la seguridad del recinto y de sus exteriores. Para rematar parece que tan lujosa instalación destinada un día (quien sabe cuando) a ser parte del Madrid olímpico no cumplía con las pertinentes licencias. Es muy fácil tirar balones fuera, pero de momento están consiguiendo que los culpables anden lejos de pagarlo.

Madrid será muy moderna y todo lo que queráis, pero este asunto es propio de una república bananera. Una falta de coordinación y también de responsabilidad política propia de los tiempos en que vivimos.

Feliz 2013! Y sed buenos pero no tontos!