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domingo, 9 de agosto de 2015

Gracias por la música

















Viena, viernes 4 de octubre de 2013. La elegantísima capital centroeuropea luce sus mejores galas para rendir homenaje a una de las leyendas vivientes del mundanal Hollywood. No, no es un actor, tampoco es un director de prestigio; es simple y llanamente, pero con todos los honores y merecimientos, el compositor James Horner. Puede que a mucha gente su nombre no le suene de nada, pero a mí y a unos cuantos más vaya si nos suena, ¡¡¡y mucho!!!

Aquel concierto de Viena, en el marco incomparable de la centenaria Konzerthaus, puso en pié y en unánime aplauso a todo su repleto auditorio tras disfrutar de una gran velada de buena música en directo. Probablemente James Horner nunca hubiera llegado a saber sin aquel concierto-homenaje (el único concierto que efectuó en Europa) que su música había tocado tantos corazones. Pero pudo comprobarlo en primera persona y él no pudo reprimir las lágrimas.


Aquella fría noche de otoño fue casi el colofón a mi relación personal con James Horner, aunque después vinieron experiencias tan gratas como su extraordinaria banda sonora para "El último lobo" (2015), la última película con música suya estrenada en nuestro país. Antes, hubo muchos momentos de disfrute gracias a sus partituras sinfónicas y temáticas. Sin duda ninguna desde los años 80 James Horner ha demostrado ser un grande en su gremio, un profesional muy admirado, reconocido y reconocible, pero también algo denostado por determinados sectores de los aficionados a la música de cine. No es mi caso, a mí unas veces más otras veces menos la música de James Horner siempre me ha gustado y ha estado ahí para ambientar mi devenir vital desde aquel ya lejano 1998.


Fue él el responsable de que me aficionara un poquillo a este tipo de arte y que me fijara en la música cada vez que veía una película. Otros inmediatamente después también me influyeron (John Barry, Hans Zimmer, Basil Poledouris,...), pero Horner siempre estuvo ahí y si no ya estaba mi amigo Braulio para recordármelo cada semana y a la menor oportunidad. Recuerdo muy bien aquella primera audición en junio de 1998 en la habitación de su casa donde tras haber visto "Titanic" meses atrás sus melodías me parecían mágicas y maravillosas. Si me había gustado tanto la película buena parte de "culpa" la había tenido la imaginación desbordante de Horner para dar empaque a una historia que ha pasado a los anales del cine.

Tras el boom de "Titanic" llegaron muchas más a mis oídos: Cocoon, Braveheart, la colosal (aunque cualquier calificativo se queda corto) Leyendas de pasión, Willow, Enemigo a las puertas y un largo etcétera suministradas por mi amigo, un aficionado incondicional a su música desde que era un crío. Eso de haber puesto la voz y el corazón a personajes de la gran pantalla como William Wallace (Mel Gibson), John F. Nash (Russell Crowe), la teniente Ripley (Sigourney Weaver),  Rose Dawson (Kate Winslet) o Tristan Ludlow (Brad Pitt) muchos no pueden decirlo, pero es por ello que al común de los mortales la música de James Horner nos es tan familiar.


No voy a hacer un análisis de su música porque no es ahora mi propósito ni tampoco domino la terminología; tampoco pretendo hacer una síntesis al detalle de su carrera, no. Lo que sí queda claro es que tras sus dos proyectos póstumos ya no va a haber más música de James Horner. Justo cuando estaba en un momento bastante dinámico y creativo de su carrera, apartado casi completamente de los grandes estudios y haciendo lo que en verdad le apetecía, un desafortunado accidente de avioneta acababa con su vida en un paraje de su California natal. Su fallecimiento nos ha sorprendido a todos los que le hemos seguido todos estos años. Murió practicando uno de sus mayores placeres, volar, y la noticia corrió como la pólvora por las redes sociales y después por los medios de comunicación generalistas, que tan poco precisos son cuando hablan de la música de cine.


Quedarnos sólo con sus parabarás es una ofensa y no le hace justicia al ganador de 2 oscars, uno de los compositores más influyentes y reconocidos de los últimos treinta años. Porque la música de James Horner no sólo ha sido eso, música, sino verdadero amor por un oficio y una forma de sentir el séptimo arte. Uno de los últimos artesanos de esa disciplina ha dejado huérfanos a muchos aficionados que sentían sus melodías como algo propio porque muchos han crecido con el cine al que él supo poner música. Y en mi caso, y por la importancia que ha tenido en mi gustos cinematográficos desde aquel ya lejano 1998, no puedo más que lamentarlo. Un final injusto y sorprendente para una carrera que aún podía dar mucho de sí, pero afortunadamente quedarán para siempre los sentimientos que desprende su música cada vez que la oigamos estemos delante del ordenador o viendo una de sus películas en la televisión. Los sentimientos que desprende su música son  indelebles al paso del tiempo.


Muchas veces recuerdo la historia que relata Tierras de penumbra. Su preciosa banda sonora no es de Horner, sino del británico George Fenton, pero al caso nos da lo mismo porque no pretendo referirme a ella. Tenía mucha razón el personaje que interpreta Anthony Hopkins, aquel catedrático de universidad rígido y solitario,  al afirmar en ese último plano y en voz en off: "El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces. Ese es el trato". Así que gracias James por haber hecho a tantísima gente inmensamente feliz. Mereció la pena conocerte. ¡Buen viaje!


viernes, 31 de octubre de 2014

La música de tu vida

¿Quien alguna vez no ha recordado un momento de su vida al escuchar una determinada canción? ¿Quien no ha podido evitar echar la vista atrás al oír los acordes de una melodía? No hay duda, nuestra propia vida tiene su propia banda sonora porque cada momento destacado viene acompañado de una canción. Unas canciones que de manera irremediable nos retrotraen a tiempos mejores -o no tanto-, al pasado. Pero todo esto tiene un matiz: la percepción que da el paso de los años y el peso de la experiencia vivida son capaces de hacernos modificar ese sentir con el transcurrir de los años, ese "revival" que producen las canciones que trufan los momentos más destacados de nuestra vida.

Por todo lo expuesto, pienso hacer en este post un pequeño recorrido sonoro por una parte de mis 36 años de existencia. Serán sólo 5 ejemplos, y además puede que en algunos casos no los más significativos. Pero me apetecía y estoy aquí para compartirlo con quienes osan leerme.


Empezamos en 1993. Se acerca el final de las vacaciones. Unas vacaciones en bicicleta, diría yo, por viñedos, pueblos y carreteras. Había descubierto el gusto por andar en bici. Y por entonces sonaba algo como esto y que olía a exitazo musical. El tiempo se encargaría de confirmarlo.



1997. La Universidad me abrió los ojos. Todo me parecía una novedad. Nuevas compañías, una ciudad por descubrir y los sentimientos a flor de piel. De la dupla 97-98, mi primer curso en la facultad, es difícil quedarme con una sola canción, pero Torn sin ninguna duda estuvo siempre presente en aquel mágico año.



Primavera del 2002. Al contrario que con la canción anterior ésta me acerca al crepúsculo de mis años universitarios. Praga es el entorno al que me dirige. Gran viaje de fin de carrera. E irrepetible. 



El verano de 2005 supuso la llegada de mi primer contrato de trabajo. Vino a la par que un momento crucial y de profunda reflexión, pues sólo un par de meses después tomé la decisión de preparar las maletas e iniciar otro periplo vital lejos del hogar. Sonaba a todas horas esta estupenda canción de "Amaral", para mí una de las mejores del reciente pop español. El videoclip la hace justicia (no como a la canción de Anastacia).



Y para acabar este pequeño recorrido tan personal nos vamos a 2009. Lady Gaga (con filete como sobrero o sin él) supuso todo un pelotazo y hacía ya por entonces de las suyas con su estética y su electrónica rompedora. Por mi parte, un verano de dos tocaba a su fin. ¿Sería premonitoria esta canción de lo que iba a pasar en aquellas fechas? A mí aún Bad Romance me dice algo.


miércoles, 19 de marzo de 2014

Ciudad ladrona de recuerdos

A veces me cuesta ponerme a escribir. Lo sé. Pero es que casi nunca uno se da por inspirado y para escribir y escribir pero no decir nada mejor dejarlo como está, ¿no es cierto?

El caso es que estos últimos días se ha cumplido el décimo aniversario del atentado terrorista de Madrid. Un acontecimiento dramático el de los trenes de la muerte que convulsionó a toda España. Los medios de comunicación nos atiborraron aquellos días con imágenes impactantes y testimonios desoladores de gente que lo vivió en primera o tercera persona. El 11M  ha quedado grabado en la memoria de los españoles de manera perdurable. Pero, ¿dónde estaba yo por aquel entonces? Pues esa es la primera imagen que me viene a la cabeza al recordar aquel fatídico jueves.

En marzo de 2004 acababa de hacer el C.A.P. y seguía en Valladolid, por entonces compartiendo piso en el barrio de La Pilarica, al otro lado de las vías del tren. Estaba desayunando cuando me enteré de aquella desagradable noticia, al principio sin saber qué estaba ocurriendo en realidad, un poco perplejo como la mayoría de la gente. Me disponía, recuerdo, a marchar unos días a Aranda. Iba a coger el bus esa mañana, pero apenas pude comentar lo ocurrido con nadie debido a las prisas, supongo.

Aquel mes de marzo iba a suponer el final de mi estancia en la ciudad de Valladolid. Sería volver en unos días y entregar las llaves del piso porque no había razón alguna que me retuviera a orillas del Pisuerga (bueno, del Esgueva en aquel caso). Terminado aquel C.A.P. tan descafeinado, y sin otro motivo aparente, mi etapa vallisoletana tocaba de manera definitiva a su fin. Ahora se abría un nuevo horizonte, un incierto horizonte ya lejos de la "comodidad" propia del joven estudiante de universidad. Las miras las tenía puestas en las oposiciones de Auxiliar de Biblioteca, así que descartada de antemano la opción de ser profesor de Secundaria me había puesto a estudiar concienzudamente para posibles plazas en bibliotecas.

Edificio hco. de la Universidad, tal y como estaba entonces
Siempre he considerado mi etapa de universitario la más significativa de mi vida. Y no lo digo por todo lo que aprendí -y que ya hace tiempo que empecé a olvidar, claro- sino por todo lo que supuso, básicamente el florecimiento de mi independencia personal, aunque fueran mis papis quienes sufragaban aquella pseudoindependencia. Y pese a que reconozco que no la aproveché todo lo que debiera (a buenas horas mangas verdes...) me cambió mucho la mentalidad y me dio la oportunidad de conocer gente de mi edad en aquel entorno, gente de la que por mucho que pase el tiempo aún sigues acordándote. Una etapa que significó un punto y aparte y que logró dar carpetazo a la adolescencia.

Valladolid fueron 6 años y medio de ligazón a un entorno distinto al de Aranda con el que crecí, de descubrimiento de una ciudad que me encanta desde aquellos primeros días de universidad. De aquella época aún perduran amistades y sobre todo infinidad de recuerdos, la gran mayoría muy buenos o excelentes. Todos ellos reflejan la comodidad del día a día, de la despreocupación ante un futuro laboral que no me planteaba cercano. Lo importante era ir aprobando asignaturas, pero el mundo del trabajo no lo veía como demasiado próximo. Un mundo ciertamente idílico que reflejó una pizca de inmadurez y también de ingenuidad (siempre he tendido a ser un poco ingenuo, es uno de mis defectos), pero que como todas las etapas de la vida tenía que llegar a su fin antes o después. Pude dar cierta continuidad a todo aquello si realmente hubiera apostado por buscar un trabajo rápido en lugar de dedicarme en cuerpo y alma a opositar, pero año y medio después del final de la experiencia vallisoletana elegí otros caminos.

A estas alturas de mi vida y cuando el vértigo de la edad empieza a asomar, siento que esa época pucelana no tiene la puerta del todo cerrada. Siempre me negué a pensar que sólo Valladolid podía significar el pasado y juro que cada vez que la vuelvo a pisar me dan ganas de dejarlo todo por sentirme de nuevo como en casa. A veces en mi pensamiento miro por una ventanita y recorro aquellos rincones que quedaron grabados en mi memoria, es más, inconscientemente lo hago. Resulta todo muy curioso.

Seguro que cualquier persona un poco cuerda me soltará aquello de que el pasado es el pasado y mejor no removerlo, que hay que mirar sólo al futuro y demás. Lo sé, no soy tan tonto de no entenderlo. Pero muchas veces echo de menos aquello precisamente, el sentirme como en casa. Los recuerdos cada año son más vagos y muchas veces no asocio las caras a los nombres o no me acuerdo de anécdotas cada vez con más frecuencia. Tampoco me acabo de convencer de que Valladolid sea ya sólo el pasado, seguramente porque conscientemente no lo quiero. Pero es pasar junto a los leones de la vieja Universidad o atravesar la zona del Cuadro -donde viví en mi 2º año de carrera-, por poner solo unos ejemplos, y no puedo evitar la nostalgia.

La grabación de dos cortos, las merendolas que me pegaba en mi apartamento en aquellos descansos vespertinos con mi amigo Braulio, las sesiones de cine, las caminatas por Valladolid, las visitas a la biblioteca de S.Nicolás, los novillos del 1er año para ir a jugar a la máquina de fútbol o al futbolín, el sol del atardecer, los madrugones para ir al servicio de internet de la Residencia Alfonso VIII, las cenas con los de clase o con los compañeros del viaje de Fin de Carrera... Son sólo ejemplos de grandes momentos que uno lleva en la mochila atiborrada de la experiencia. Una época dulce pero cada día más distante en el tiempo.

Hace mucho que creé este blog tan personal y hasta ahora no había dedicado una palabras aunque fueran tan torpes a Valladolid. No merecía la espera, lo entiendo. Cuando a veces las circunstancias de la vida no te llevan por el camino de la plenitud personal es normal que uno mire hacia atrás y contemple el pasado. Una mirada condescendiente a una época dorada. Supongo que es normal verla como algo idílico cuando ya te hayas metido en el mundo de las responsabilidades, en el mundo de los adultos, donde las prioridades se hacen norma.

Pero Valladolid es una ciudad en continua transformación. Está cambiando bastante y cuando paso por allí me doy cuenta. También falta la gente, en su mayoría. Así que ya nada es como era entonces ni lo volverá a ser nunca jamás. Puede que añorar el pasado sea como correr tras el viento. Pero la verdad es que la felicidad siempre viaja de incógnito; y sólo después que ha pasado, sabemos de ella.







domingo, 16 de octubre de 2011

Los sueños marchitos

En 2008 Sam Mendes, el director de la muy premiada "American beauty", se puso de nuevo tras las cámaras para reunir a la pareja enamorada de "Titanic". En esta ocasión no iba a contarnos una historia romántica con final trágico capaz de reventar las taquillas y enternecer el corazón de los espectadores, eso nunca... Con "Revolutionary Road" trató de diseccionar la sociedad norteamericana de los años 50 para hablar de cosas que a veces no nos gusta oír, sobre todo por aquellas latitudes. El resultado: un estrepitoso fracaso de taquilla y, pese a las buenas críticas generales, un batacazo imprevisible en las nominaciones a los Oscar aun contando con un trabajo descomunal de Kate Winslet y Leo DiCaprio.

(Te ruego no sigas leyendo si tienes interés en verla)

No trato de hacer aquí un artículo sobre "Revolutionary Road", una gran película a mi entender, punzante, descarnada, que habla de cosas tan presentes ahora como en la época en la que se ambienta. Pretendo en cambio hablar de los sueños, de esas expectativas que nos ponemos (y que nos imponen) cuando somos pequeños y cuya no consecución provoca la frustración y el desencanto. En el film, April Wheeler (Winslet) es una mujer soñadora incapaz de adaptarse a su nueva realidad de ama de casa y criadora de sus hijos. Su frustración la aliena y la convierte en una mujer algo egoísta y casi invisible para su marido. Por su parte, Frank Wheeler (DiCaprio) es su esposo, un hombre sin ambiciones que prefiere conformarse con lo que tiene y que ni siquiera posee el valor suficiente para decir la verdad. Pero, ¿qué les ha llevado a esa situación? A ojos de la sociedad es una pareja de éxito, pero su relación está envenenada desde el principio. Dos personajes a cual más antipático pero totalmente complementarios y con los cuales no es difícil identificarse aunque sea tan sólo por un momento.

Creo que al llegar a la treintena uno empieza a cuestionarse todo eso, si LO QUE ERES corresponde con LO QUE ESPERABAS SER. Con frecuencia, como en la película, la sociedad impone sus paradigmas porque nos dice qué es lo que tenemos que ser y cómo debemos actuar. Probablemente "lo normal" sea comprar un piso, casarse, tener hijos y asentar la cabeza aunque tu trabajo no sea el mejor del mundo. Arriesgarlo todo por cumplir un sueño no es lo habitual e incluso tiende a estar mal visto. Pero el problema de fondo estriba precisamente en qué ocurre cuando se marchitan nuestros sueños.

A lo que voy: quizás lo más grave no sea no alcanzar tu sueño sino no tenerlo o simplemente perderlo. Ahí es donde uno puede comenzar a perder el rumbo, a convertirse en un alma errante incapaz de controlar el timón de la vida. Cuando ves que la ilusión se desvanece acabas por transformarte en una persona que no logra madurar y te repliegas en tu propio pasado por miedo al dolor.

Alcanzar los 30 provoca dudas y una pequeña crisis de valores. Supone el arreón final en la aglutinación de responsabilidades y un replanteamiento de las prioridades vitales. Es el momento quizás de aprender a quererse, a no intentar compararse en tu trayectoria con los demás, a valorar más las cosas que nos parecen "normales" porque, aunque suene a tópico, lo importante (la salud, el amor, la familia) no cobra su verdadero valor hasta que lo pierdes. Reinventarse no es sencillo, lo fácil es recrearse en el recuerdo afectuoso del pasado, pero ¿podemos vivir sin sueños?, ¿conviene generar expectativas a largo plazo? Las circunstancias te pueden dar la oportunidad o quitártela porque hay cosas que se escapan a nuestro control; pero insisto, ¿alguien sabe qué valor adquieren los sueños?



jueves, 1 de septiembre de 2011

Seguir remando

En ocasiones uno se pregunta si elige o recibe. Me explico: ¿hasta qué punto somos prisioneros de nuestras decisiones? o, dicho de otra forma, ¿el destino ya está escrito por mucho que nos empeñemos en cambiar las cosas?

Es que en los últimos días parece que únicamente tengo la sensación de que todo hay que lucharlo muchísimo y de que en esa dedicación no te van a poner las cosas sencillas. Que hay demasiados intereses enfrentados y cuando ya te tocan tu propia dignidad es cuando acabas saltando; porque está claro que cuando te pones demasiado blando siempre va a haber alguien que intente aprovecharse de ello.

Por eso, siento envidia de toda esa gente a quien aparentemente le marchan fenomenal las cosas. Sin ir más lejos, hace días asistí a una boda de un amigo y era innnegable la suerte (buscada o no) que él ha tenido. En nada el Jose de entonces se parece al de hoy, que parece vivir en una nube por obra y gracia del fundador de Meetic. Y así es la vida, igual un golpe de fortuna hace que te sientas el hombre más feliz del mundo o un golpe de mala suerte te convierte en una persona que se marcha casi para el otro barrio.

En cualquier caso, la vida se compone sobre todo de pequeñas cosas que van sumando en el termómetro de la felicidad. Nos enquistamos con asuntos que a veces no deberían tener la más mínima importancia o hacemos saltar las alarmas antes de tiempo. Igual es esto lo que me pasa de un tiempo a esta parte, que me cuesta valorar lo bueno y me obsesiono con cosas que lleva muchísimo tiempo conseguir, vete tú a saber...

Pero te pones a veces a remar y ves que no llegas a vislumbrar el final. Y que además te encuentras bastante lejos de la orilla para poder pedir auxilio cuando lo necesitas, una orilla que por cierto cada vez ves más lejana. Y sí, necesito algo de aire en esa lucha constante, algo que me haga ver el paisaje de otro color y que saque lo mejor de mí. A veces sueña uno con encontrarlo e incluso crees que estás cerca de poder alcanzarlo, pero no es más que un espejismo veraniego porque, aunque te esmeres, siempre tienes la sensación de que te falta esa pizca de suerte cuando ya has dado todo de ti.

Será que soy un iluso. Tengo una capacidad asombrosa de pasar de la pena más absurda a la alegría más injustificada en sólo cuestión de unos segundos, así soy yo. Pero habrá que seguir remando, que en este festival somos mucha gente y de momento mi humilde barca no ha sufrido daños que no puedan ser reparados. Barcas más rotas he visto y siempre salen a flote.



sábado, 18 de junio de 2011

Divagaciones veraniegas

Veía hace días una sesuda película y uno de los personajes, en una escena hermosísima, se saca de la manga la siguiente frasecilla: El dolor de entonces (léase, después) es parte de la felicidad de ahora. Ése es el trato. Lo decía en "Tierras de penumbra" la hoy casi desaparecida de la gran pantalla Debra Winger, que interpreta a la poetisa norteamericana Joy Gresham en este film.

Dicha película supone una reflexión sobre el amor a través del dolor y sobre la fugacidad de la felicidad, que se vislumbra a través de momentos muy concretos de nuestra existencia y a veces casi sin tiempo para saborearla. Y de hecho, ¿no es verdad que no puede haber dolor sin amor? Son dos conceptos que van de la mano porque echamos en falta a alguien cuando anteriormente nos proporcionó al menos un ratito de felicidad.

El sufrimiento humano seguro que no puede ser en balde, las personas sufrimos porque no podemos soportar las circunstancias. Por ello, cuando uno parece convencerse de que está abrigado por una coraza de acero, porque aún no le ha tocado sufrir lo insufrible ni nada parecido, es cuando se empieza a plantear que esos malos momentos tienen que acabar llegando. 

La pérdida de aquella persona imprescindible a la que quieres debe de ser el mayor sufrimiento que hay. Pensar que no vas a volver a verla y que con el tiempo vas a tener que hacer auténticos esfuerzos para poder  recordar su cara estoy convencido de que tiene poco consuelo posible. Lo pienso muchas veces, sobre todo cuando los kilómetros suponen siempre una barrera y los años aceleran sin remedio. Por eso creo que hablar y sincerarse es importante porque llegado el momento ya no vas a tener posibilidad de hacerlo y porque precisamente eso mismo te puede ayudar a superar un mal trago.

A veces tendemos a aferrarnos a las cosas sin remisión, igual por miedo a lo que no conocemos, no lo sé. Pero las cosas, las personas, no duran para siempre. Todos tenemos fecha de caducidad aunque cueste hacerse a la idea, pero el caso es que nunca acabaremos de estar preparados para lo terrible. La muerte, ese concepto tan temible y enigmático en nuestra cultura,  parece conllevar siempre sufrimiento y quien lo ha vivido precisamente no está aquí para contarlo.

Pero no caigamos en el pesimismo. ¿Y si invertimos aquella frase? ¿El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces? Creo que ahora ya vislumbramos algo de luz, ahora es más fácil darse cuenta de que lo vivido ha merecido la pena, que hemos madurado, que sin felicidad no hay sufrimiento posible porque el sufrimiento resulta inherente a la vida.

Quizás todos tengamos ese valle dorado de la felicidad, ese lugar al que solemos recurrir -aunque sea en pensamiento- para levantarnos el ánimo. Y yo espero más valles dorados por descubrir pese a las desgracias que día tras día ven mis ojos en los informativos o parecen amenazar a la gente de la que me rodeo. Igual es que el dolor nos hace más perfectos, o puede que todo lo contrario, pero en cualquier caso éso es carne de guión para otra película... y evidentemente yo tampoco soy Debra Winger, ¡faltaría más!


jueves, 14 de abril de 2011

Sentirse en casa

Hace unos días la vieja estación de trenes de Gijón echó el cierre para siempre. Dicen que van a derribarla para hacer pisos, así que han construído un nuevo edificio donde confluyen también los trenes de FEVE y de RENFE. Mucha gente parece quejarse de lo lejos que pilla ésta del centro y de que para casi cualquier cosa ya debes estar cogiendo un autobús, y cierto es que no les falta razón...

La vieja estación gijonesa era casi un emblema, un arco a través del cual se te abría el centro de la ciudad, con su bullicio y todo su tráfico. Llegar a Gijón a través de las vías del tren (o de la autopista, que casi parecía que se las iba a tragar) tenía un cierto halo de nostalgia. Te dabas cuenta sin dudarlo de que estabas entrando en una ciudad industrial y con una gran tradición ferroviaria, una ciudad algo consternada por un pasado que hace un par de décadas parecía mejor pero que en los últimos tiempos se ha visto obligada a transformarse.

Esa estación es una de las cosas que antes aprendí de Gijón, un punto de referencia. Por aquel Septiembre de 1999 me llamó poderosamente la atención esos trenecitos casi turísticos que por entonces tenían compartimentos. Tanto ruido y vayvén parecía que en cualquier momento podía acabar en un descarrilamiento no deseado y ese paisaje tan degradadamente industrial para viajar a Candás me resultaba muy llamativo.

Así que sobre todo desde el 2005, comencé a frecuentar esa estación y a subirme en ese tren aunque ya a penas fuera compartimentado. Entonces la cercana calle Corrida, la más representativa de la ciudad, se me abrió de par en par, así como la zona de la playa de San Lorenzo con su iglesia de San Pedro ahí pegadita, los recodos de Cimadevilla con su Elogio que todo lo ve, el paseo de Begoña que guarda cierto aire burgués y el puerto deportivo con sus numerosos mastiles y sus lujosísimas barquitas. El paseo siempre lleva a sentarse a tomar un buen café aunque tratándose de Gijón en terraza sabe mejor y la sidra también, por supuesto.

Gijón en compañía se disfruta muchísimo más, hay cientos de cosas por hacer y descubrir en una ciudad que invita al paseo y a contemplar cómo se pierde el mar en el horizonte o cómo se esconde el sol tras la silueta de las instalaciones de la vieja ENSIDESA. No hace tanto que es un lugar familiar para mí, pero por contra parece que lo conozco desde hace muchísimo tiempo. Una ciudad que son varias ciudades a la vez y que oxigena mi mente cuando la piso con su chute de recuerdos que no parecen dispuestos a abandonarme. Vivir durante 1 año en la capi de la Costa Verde es muy poco tiempo, lo sé, pero el caso es saber disfrutrarla y que te deje huella. Y muy pocas ciudades alcanzan a conseguirlo de esa manera.

domingo, 30 de enero de 2011

Una deuda del pasado

Bueno, con este título no es que vaya a hablar de política ni que me haya metido ahora a cobrador del frac, sólo que por estas fechas se cumplen 2 años de un viaje muy especial a la ciudad de París.
A penas comenzado el 2009, año algo especial por otra lado, mi hermano y yo volamos a la "ciudad de la luz" en plan guiri total. Realmente la semana que cogimos fue buena pues no llovió y recuerdo que pocos días antes había caído una gran nevada sobre la ciudad, pero salvo el frío evidente no tuvimos ningún problema mayor para poder recorrer de palmo a palmo todos los rincones de la parte histórica de la capital francesa.

Fueron unos días que supimos aprovechar al máximo porque las caminatas que nos dimos eran de órdago; lo importante era ver cosas, así que aprovechábamos a comer cerca de los sitios que visitábamos dejando ya la cena para el hotel. Por supuesto que los desayunos eran abundantes, como no podía ser menos para poder aguantar toda la intensa jornada y acumular calorías.

París es una ciudad ideal para caminar. Recuerdo no tener ninguna sensación de inseguridad por estar en una gran metrópoli (y por ser guiri), ni siquiera en el metro, que dicho sea de paso tiene mayores frecuencias que el de Madrid. Otra cosa era poder defendernos con el idioma: ni papa de francés, salvo los típicos "bonjour" o "merci beaucoup", así que nos defendíamos en un mal inglés o esperábamos que nos entendieran un poquito en castellano. Para las comidas la cosa era más complicada pues con frecuencia acabábamos pidiendo cosas que no sabíamos qué eran y es verdad, donde esté la comida española que se quiten las demás; demasiada verdurita hervida y con poco sabor o carne con patatas de 2º. El precio ni qué decir tiene que bastante más caro que en España, por supuesto.



Plaza de los Vosgos
 
Cada barrio tiene su encanto: el Marais parece una zona anclada en el s.XVII con sus calles estrechas y edificios abuhardillados. El Barrio Latino es universitario e intelectual, con sus viejas iglesias góticas y sus palacetes dieciochescos. La zona del Palais Royal y la Ópera guarda los recuerdos de un pasado glorioso y los concurridos Campos Eliseos son una avenida comercial y de glamour que acaba confluyendo en la Plaza de la Concordia, el centro neurálgico de la ciudad (y del tráfico también) donde antaño guillotinaron a diestro y siniestro (y no exagero).



Puente de Alejandro III
Visitar París no fue en mi caso antojo de un día. Verdaderamente fue una idea madurada durante años pero nunca consumada, una deuda del pasado, con mi propio pasado para ser precisos. Corría el año 1991 o 1992 y entonces estudiaba el último curso de la EGB. La asignatura que más me gustaba era la de Historia llegando a tal punto que en casa me podía pasar ratos largos mirando la enciclopedia para saber más sobre determinados personajes o periodos históricos. Pero cuando me impartieron el tema de la Revolución Francesa me quedé encandilado con todo y a partir de ahí me puse a rebuscar cosas sobre París: sus monumentos, su urbanismo, su historia en definitiva. Cualquier excusa era buena para saber más: un documental, un libro de la biblioteca o un mapa turístico de la propia ciudad. Todo, absolutamente todo, tenía un trasfondo histórico que me enganchaba. Así que entonces me conjuré visitarla cuando cumpliera los 18....... ¡¡¡Y al final fueron 13 años más!!!, pero este viaje me hizo recuperar parte de esa pasión y yo y mis conocimientos (desempolvados debidamente del cajón de los recuerdos) éramos los mejores guías para movernos por esa gran ciudad.

Visitar la melancólica Plaza de los Vosgos o la caótica Plaza de la Bastilla (donde apenas nada hace recordar los acontecimientos del 14 de Julio de 1789), atravesar la Plaza de la Concordia para adentrarnos en los históricos Jardines de las Tullerías o visitar el Museo del Louvre (con toda la historia centenaria que guardan sus muros) ofrece sensaciones que no son fáciles de expresar porque todo en ese viaje tenía un trasfondo histórico que conocía. Por ello, si un día visito Londres o Roma seguramente no me lleve la misma sensación de ellas.

París tiene mucho atractivo. Recomiendo un paseo en barco por el Sena al atardecer o ya de noche para comprobar la luminosidad de los monumentos, adentrarse en el patio interior del Palais Royal donde parece que se ha parado el tiempo, detenerse sin prisa a degustar un crep en una de las muchas creperías que hay al sur del Sena o divisar toda la ciudad desde lo alto del Arco de Triunfo (que es más grande de lo que parece) o desde la Torre Eiffel aunque no decidas subir al último piso. Y por supuesto, si visitas el Museo del Louvre no lo hagas al final de la jornada y con los pies agotados porque es inmenso y merece toda tu atención. Cualquiera de esas estampas habrá valido tu viaje porque estoy seguro que te costará olvidarlas durante muchos años.

En mi caso, un viaje especial a mi propio pasado que logré disfrutar a tope. Siempre he pensado que en los lugares especiales con momentos especiales se queda una parte de ti, cuales cenizas de los muertos que tras salir del crematorio son repartidas por el suelo, algo similar digamos pero en plan mucho más optimista. En París estoy seguro de que quedó algo de mí, solo que por esa vez juré regresar. Lo prometido es DEUDA.

Así que, à bientôt, Paris!

miércoles, 3 de noviembre de 2010

¿Qué año significa más en tu vida?

Alguna vez uno se ha parado a pesar qué momento de su vida ha significado un antes y un después. Suena muy duro decirlo, sobre todo cuando se supone que la vida de uno puede ser larga dado los tiempos que corren, pero la vida está llena de decisiones y la mayoría deben tomarse en muy poco espacio de tiempo. El caso es que una vida es la concatenación de un conjunto de decisiones, igual que un camino que se va bifurcando sucesivamente sin saber a ciencia cierta dónde tiene su línea de meta.
En mi caso soy consciente de esos momentos que pudieron suponer un cambio de rumbo y, a veces, surgen las dudas e incluso el arrepentimento. ¿Pero de qué sirve? Lo pasado pasado está y no hay vuelta de hoja. Lo de la palabra DESTINO mejor lo dejamos para más adelante...
Siempre he pensado que el año 92 fue un año de bastante importancia a nivel personal (y para España tb dicho sea de paso). La finalización de la EGB cerró viejas amistades y abrió otras nuevas pero el caso es que mi etapa en el Instituto no la acabo de recordar de muy buen agrado y no sé especialmente por qué. Así por ejemplo, del año 96 mejor ni hablamos, se juntaron cosas demasiado desagradables y es que 1996 lo considero clave en el devenir de los años siguientes pues cierra la etapa de mi infancia y me hizo poner el punto de mira en otros ámbitos, en otros círculos.
El año 97 fue especial, supone cierto resurgimiento, un año especialmente bueno donde consigo acceder a la Universidad después de una inmaculada repetición de COU, ¡quién lo diría! Y consecuentemente supone mi llegada a Valladolid, conocer nuevas amistades y una cierta maduración personal no sólo por el hecho de pasar gran parte del día fuera de casa (o por esos madrugones a las 6 de la mañana).
El 98 siempre lo he considerado el mejor de mi vida. Instalado en Valladolid forjé amistades y recolecté momentos. Además, supuso salir del nido por vez primera y acostumbrado al control de padres y profesores era un lujo poder elegir ir a clase o no. Era casi casi la libertad absoluta, cosa que se acabó notando bastante en las notas finales. Pero aquellos momentos aún los guardo muy adentro.
El año 2002 lo recuedo especialmente por el viaje de Fin de Carrera. Y es que salió todo tan perfecto que parece que a todos nos costó olvidar lo que habíamos vivido. Y por último el 2005. Éste sí tiene demasiada importancia pues supone mi conversión en un emigrante no sólo en lo geográfico, un año de decisiones difíciles y regustos amargos que me llevó a cambiar completamente de aires, salir a buscar otras metas. Digamos que me lo pedía el cuerpo, pero aquel 20 de Octubre lo recuerdo como si hubiera sido hace nada. Aquella maleta llena de cosas pesaba una barbaridad pero a buen seguro otras cosas pesaban más en el alma y es que fácil no iba a ser, por supuesto. De perdidos al río...
Dicho todo esto creo que cada momento por muy nimio que parezca supone un antes y un después. Cada decisión que tomamos lo condiciona todo. Quien sabe si de haber actuado de otra manera ahora me iba a postular a ministro, profesor o barrendero. Quien sabe! Pero a veces tenemos la capacidad de elegir y no abundan las segundas oportunidades. Y digo yo, ¿cual fue el año de TU VIDA?