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martes, 12 de octubre de 2021

Instrumentalizar la Historia


Ocurre siempre cuando se acerca la fecha del 12 de octubre. Pero ya no solo. En los últimos años se suceden los titulares que resumen lo que personajes conocidos -políticos, cineastas, intelectuales...- han dicho en entrevistas o en sus redes sociales acerca del Descubrimiento y Conquista de América por parte de la Corona española. Opiniones referentes a acontecimientos complejos que, valga recordar, tuvieron lugar hace ya 500 años y por lo tanto bastante alejados del momento actual.

Desde luego que muchas de esas argumentaciones son vertidas con una simpleza pasmosa y sin ningún rigor. Se prescinde de toda capacidad de análisis, del matiz, y no hay ánimo de encontrar los muchos grises que inundan aquellos hechos que marcaron el devenir de España, para bien o para mal, en los siglos posteriores. 

De un lado, muchas de esas aseveraciones remarcan lo nefasto que fue la intervención española en el continente recién descubierto, sobre todo si se pone el foco en la repercusión que supuso para los pueblos indígenas, que perdieron su identidad y su porvenir en una tierra que no distaba mucho de ser el Edén. ¡Malditos españoles! Desde la Península Ibérica solo llegó gente ávida de sangre y con el único fin de apropiarse de las ingentes riquezas que atesoraban territorios tan prósperos; y, ya de paso, aprovecharon para sustituir su rosario de pequeñas creencias por la omnipresente religión cristiana, imponiendo los valores y la lengua de Castilla desde California hasta la Pampa y desde las Antillas hasta el sur del Pacífico. 

Censurar sin ambages e incluso exigir perdón es una moda que se va imponiendo a ambos lados del Atlántico y cuya representación más visible es la demolición de las estatuas de los protagonistas de aquellas gestas. Así de simple, sin miramientos y sin dar pie al debate con quienes más entienden. La Leyenda Negra no necesita de adeptos en nuestro país.

A esas opiniones, algunas de ellas salidas de la lengua -o de los dedos- de altos representantes que pagamos todos, se oponen las de quienes solo ven parabienes en la llegada de los españoles a Nuevo Mundo. Una hazaña henchida de heroísmo y justicia a la que no caben reparos, vista como una nueva cruzada ante la necesidad que tenían los indios de liberarse de la barbarie y encontrar la luz. Un discurso trasnochado que ha vuelvo a reavivarse y del que ya hace mucho tiempo se desmarcó nuestra historiografía nacional.

Con cierta perplejidad compruebo cómo de manera general desde los partidos políticos se quiere meter mano en la Historia; o más bien, en la interpretación de los sucesos del pasado. Unos para justificarse; otros, para que nos avergoncemos. Cada cual utiliza esa ciencia cómo y cuando le interesa, tratando con ello de alimentar el relato que más le conviene y para sus propios fines. Total, jamás estuvo de más reescribir nuestro pasado.

Lo más molesto de todo es la confusión y el error tremendo que supone valorar acontecimientos tan lejanos en el tiempo (podría también hacerlo extensible a hechos de los siglos siguientes) con los ojos del siglos XXI. La moral, la mentalidad, el conocimiento, los valores educativos o familiares, etc, no eran los mismos que los que imperan en estos tiempos de Twitter e Instagram. Podemos considerar a aquellas gentes unos bárbaros y tildarlos de todos los "ismos" que queramos, pero si caemos en ese error infantil pensemos en lo que dirían de nuestra sociedad de valores perfectos los españoles de quinientos años después (si acaso queda algo de este país para entonces, claro). 

Ya va siendo hora de que hablen y sobre todo se les escuche a los historiadores, verdaderos estudiosos de nuestro pasado. Su conocimiento, sabiduría y capacidad de análisis crítico deberían ser atendidos. También por nuestros representantes públicos antes de sus cansinas y repetidas peroratas. Porque todo lo demás es contaminación y ruido, madera cuidadosamente escogida para avivar la humeante pira de la crispación social y política en la que el país se encuentra y de la que no aspira a escapar.


jueves, 16 de julio de 2020

Interpretar la Historia

Por fortuna y aunque nos parezca mentira, no solo de noticias en torno al coronavirus vive el habitante del mundo. Y es que, pese a lo intrincada que se ha vuelto la situación sanitaria a nivel tanto nacional como internacional, también han tenido lugar otros acontecimientos que han quedado inevitablemente en un segundo plano informativo.

Uno de los asuntos que entran en ese escalafón es la explosión de un movimiento iconoclasta que ha tenido lugar en diversos lugares de América y también de Europa (a España parece que aún no ha llegado con la misma fuerza). Se caracteriza por la pretensión de derribar aquellos monumentos o recuerdos erigidos en honor de personalidades de un pasado más o menos lejano en el tiempo. Algunos son descubridores o conquistadores, también los hay que fueron dirigentes políticos (gobernadores, reyes...) o incluso benefactores y promotores de la economía, las ciencias o las artes.

Ira desatada contra las estatuas de Cristóbal Colón en Estados ...
Vivimos un tiempo de revisión continuada. Y a ciencia cierta que ello no resulta tan novedoso: el mundo siempre ha cuestionado los acontecimientos del pasado, que la mayor parte de las veces nos enseñaban que eran irrefutables o incontestables. La historia no es tan perfecta como se nos ha hecho ver, tiene muchos matices. Siempre ha habido momentos para censurar los tiempos pretéritos, como ocurrió en la Francia de la Revolución, que entre sus preceptos estaba el hacer tabla rasa de todo lo que recordara al periodo de absolutismo monárquico anterior. Y así en todas las naciones a lo largo y ancho de los siglos.


Pero esa reinterpretación de la Historia que algunos tratan de imponer ahora no nace desde un verdadero conocimiento de lo anterior. Desde luego que no desde un punto de vista sosegado. Nos creemos con la suficiente autorización para juzgar el pasado con los ojos del siglo XXI, desde nuestro mundo de valores moderno, superior y evolucionado. Nos permitimos el lujo de exigir a una persona del siglo XV o del XVI que tenga la misma compasión por el débil que la que podemos mostrar hoy en día, obviando que la Historia se escribe desde una ecuación de pugna constante donde siempre hay unos que dominan y otros que resultan dominados y, por cierto, casi nunca de manera consciente. Cada individuo no deja de ser producto del tiempo que le ha tocado vivir, con sus ataduras y todas su injusticias, por supuesto.

La clave del asunto estriba en que la gente que se amotina para echar abajo un monumento conmemorativo hacia una persona (hombre, casi siempre) no está juzgando el pasado sino que lo que lleva a hacerlo es su frustación con un presente o un futuro que no le gusta y que quiere modificar. Y como no puede, piensa que algo podrá contribuir a base de gestos, cuales derribar un busto o una estatua con toda su ira y desde luego sin miramientos.

Es preocupante que en nuestro tiempo no sean los historiadores quienes "nos cuenten" la historia, o más bien, que los ignoremos. Y son los políticos u otros agentes de la sociedad quienes, frecuentemente a través de la red social del pájaro (pero no solo ella), y como delante de un enfurecido altavoz, tratan de dar lecciones de lo que es moral o inmoral, bueno o malo, reinterpretando los hechos históricos a su antojo y además con sumo convencimiento y tratando de imponer su visión sesgada a los demás. Y qué duda cabe que sus impresiones van a llegar a más gente que las que pueda tener un curtido catedrático de Historia.

Hechos como la censura a una película como Lo que el viento se llevó por mostrar, según se ha dicho, valores "inapropiados" o "justificar el esclavismo", son inconcebibles y muy negativos, porque obliga a pasar por el tamiz de la corrección política a todas las creaciones artísticas o intelectuales de otro tiempo. Es una nueva censura. Lo mismo sucede cuando pretende instaurarse la moda de poner notas aclaratorias a los monumentos o a cualquier creación artística para no sentirnos cómplices de un pasado que a menudo nos sonroja. En este sentido, creo que nuestra sociedad va por muy mal camino porque eso nos infantiliza.

La Historia es pasado; no se puede modificar. Se interpreta y no se juzga, está ahí. En cambio, podrá servir para que fabriquemos las baldosas del sendero del futuro y evitar que lo negativo amenace con volver a repetirse o, lo que es peor, a destruirnos. 



domingo, 19 de agosto de 2012

El palacio de las Tullerías: el eslabón perdido

Palacio de las Tullerías (en primer plano) durante el s.XIX

Quien haya tenido la fortuna de estar alguna vez en París sabe que la ciudad del Sena destaca por la majestuosidad que la confiere la visión única que se crea entre el Louvre y el Arco de Triunfo, una línea recta ideal para el paseo en pleno centro de la capital francesa. Pero hace un tiempo esto no era posible: la bella postal se veía entorpecida por el Palacio de las Tullerías, un "curioso" edificio que cerraba el entorno del viejo Louvre.

La idea de construir el palacio de las Tullerías donde había unas fábricas de tejas -de ahí su nombre-, en los confines al oeste de la ciudad, fue de la reina viuda Catalina de Médicis (hacia 1570) que deseaba aposentarse lejos del ruido de la urbe parisina a la que empezaba a detestar. Así que la construcción del palacio la inició el arquitecto Philibert de l`Orme pero acabaría siendo entorpecida en las décadas siguientes por los diversos gobiernos y los vaivenes de las finanzas públicas en plenas guerras de religión.

Con Enrique IV, el primer Borbón, la construcción del edifico cogió un impulso casi definitivo: hablamos del "gran proyecto" o la intención de unirlo al Louvre a través de dos alas (una al norte y otra al sur, paralelas al río). Pero con su asesinato (1610) la idea de convertir el palacio en residencia habitual de los reyes de Francia perdió fuerza pese a que Luis XIV siguió, años después, con la ejecución de las obras por el lado norte. Los Borbones acabaron "huyendo" de París en beneficio de los bosques de Versalles, plácido lugar para el asueto, la caza y el placer lejos -pero no tanto- del bullicio y de las intrigas del pueblo de París. Y con estas las Tullerías no acababan nunca de estar terminadas, aún quedaba bastante para unirlo al Louvre por el lado norte y vaciar de casas todo su entorno.

El palacio en una imagen del s.XVIII
El palacio de las Tullerías parecía ya sólo el lugar de hospedaje de artistas y eminencias de fugaz estancia en París, un importante centro difusor de la cultura europea por su intensa vida musical y teatral, pero la Revolución lo convertirá en protagonista inesperado cuando en octubre de 1789 la plebe enfurecida traiga a la familia real de vuelta a la capital. Por lo tanto, Luis XVI, Maria Antonieta, sus hijos y su séquito de confianza acabaron encerrados en esa cárcel de oro que eran las Tullerías. Tras el fracaso de  su fuga ("noche de Varennes") la vigilancia de los regios prisioneros ya se hizo insoportable y al asaltar el palacio en agosto de 1792 la muchedumbre masacró a la Guardia Suiza y desvalijó cada una de sus estancias mientras la familia real pudo ponerse finalmente a salvo en un lugar cercano. Luis XVI de momento pudo salvar la vida, pero ya no su reinado. Fue depuesto y proclamada la IªRepública, cuyo centro de gobierno quedó instalado en el palacio donde acabará ondeando la bandera tricolor en lo más alto del pabellón central.

Las Tullerías -renombradas momentáneamente como Palacio Nacional- siguieron siendo una pieza codiciada por los sucesivos y breves gobiernos republicanos hasta la subida de Napoleón al poder. De 1804 a 1814 fue la residencia imperial de Napoleón y sus jardines el lugar de meditación del ambicioso general corso. Ordenó el lavado de cara de sus estancias y habitaciones, muy dañadas tras el saqueo de 1792, y continuó las obras para unirlo al Louvre mediante una galería junto a la calla Rívoli. Además, mandó erigir el Arco de Triunfo del Carrusel en la entrada al patio de armas para mayor gloria del nuevo César en que pretendía convertirse a los ojos de toda Europa.
Entrada de Napoleón y María Luisa en los jardines de las Tullerías

En 1815 se produce la definitiva caída del Imperio y el nuevo rey Luis XVIII -hermano del defenestrado Luis XVI- establecerá también allí sus dependencias. En 1830 se produce el destronamiento de la monarquía borbónica con el exilio del muy reaccionario Carlos X (también hermano de los otros dos Luises) y el palacio sufrió pillaje durante  las jornadas revolucionarias del mes de julio. 

Con Luis Felipe I sus jardines se convirtieron en lugar de recreo para la burguesía parisina y el palacio adquiríó su forma casi definitiva, cosa que se produjo sin duda con el sobrino del primer Napoleón, Napoleón III y su esposa la española Eugenia de Montijo durante el Segundo Imperio. Fue lugar de conciertos, bailes, galas y recepciones oficiales de aquel París en expansión, la época dorada del palacio, pero la caída del Imperio conllevó el abrupto final de los días de vino y rosas para las Tullerías: tras la derrota francesa en la guerra contra Prusia, las milicias de la Comuna de París amenazaron en  mayo de 1871 con destruir los edificios más representativos de la ciudad al sentirse acorraladas por el avance de las tropas gubernamentales. Llegaron a las Tullerías y rociaron las paredes con petróleo para prenderlo fuego al llegar la noche porque eran, para ellos, el reflejo del poder. Un estallido que desgarró la atmósfera provocó el hundimento de la cúpula del pabellón central, después ya vino todo lo demás. Tras tres jornadas ardiendo, milagrosamente se pudo evitar que las llamas se propagaran al Louvre y a toda su creciente colección de piezas únicas vestigios del discurrir de la historia. 
Palacio de las Tullerías antes de su demolición

File:215.4 Depuis l'arc du Carrousel.jpg
Arco de Carrusel con el palacio en ruinas justo a su espalda
El lujoso y coqueto palacio de las Tullerías, el sueño de Enrique IV, acababa de ver finalizada su ansiada "unión" con el Louvre, pero en unas pocas horas había quedado enteramente destruído. Sólo era ya visible su armazón mientras sí pudo salvarse gran parte de su mobiliario gracias a la oportuna intervención de los empleados del Museo del Louvre. Durante 11 años sólo se verán ruinas, una carcasa ennegrecida en el centro de la capital, mientras el gobierno republicano debate qué hacer con aquel símbolo del pasado monárquico. Finalmente todo sería arrasado hasta los cimientos pero prometiendo una reconstrucción que nunca ha llegado. Del palacio ya no queda nada, sólo una explanada que enlaza los jardines del palacio con el patio del Carrusel, lugar de paseo (y de paso) para infinidad de turistas que cámara en mano no dejan de asombrarse por ese conjunto de avenidas, estatuas, estanques, flores y arbolado que tienen a sus pies. Sin duda, lo apacible del lugar en nada hace sospechar lo turbulento de su pasado.

Los jardines en una imagen actual (al fondo la plaza de la Concordia)
La importancia del palacio de las Tullerías no radica en lo artístico de su ejecución, que lo era y no poco precisamente; radica en su simbología y en lo definitorio que fue durante los trascendentales días de la Revolución Francesa y el Imperio. Allí se alojaron intelectuales de renombre (Mozart por ejemplo compuso allí su "sinfonía Parisina" antes de la llegada de la Revolución), fue el lugar donde se elaboraron leyes que iban a cambiar el curso de la hª (como el Código Civil o la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano) y fue la diana de admiraciones y rencores por igual durante casi un siglo, tiempo ése en el que siempre parecía estar presente en la sociedad francesa la dicotomía entre monarquía y república como prueban los violentos saqueos populares que sufrió el palacio en 1792, 1830 y 1848. Fue lugar también desde cuyos ventanales podía divisarse a lo lejos la guillotina que llevó a Luis XVI y Robespierre -entre otros- al otro barrio, pero hoy nada en el suelo de esa terraza hace percatarnos de la importancia capital de aquel edificio en el devenir de la Francia moderna. A veces parece como si la Historia impusiera sus propias normas y el final de las Tullerías viene a inmortalizar, por así decirlo, la derrota del sistema monárquico en el país vecino.
Jardines de las Tullerías desde la plaza de la Concordia

Antes de la crisis se estaba planteando la reconstrucción del edifico en su forma original, con fondos privados para albergar un museo y como centro de conferencias. Pero de momento al menos la cosa tendrá que seguir esperando.

Finalmente, quiero rescatar tres artículos muy interesantes que pude leer hace tiempo:

    • http://retratosdelahistoria.lacoctelera.net/post/2009/01/08/el-espectro-las-tuler-as-hombre-rojo-2 Se expone la leyenda del "hombre rojo" de las Tullerías en base a testimonios e informaciones de diversas épocas; una imagen terrorífica que según se cuenta se aparecía a los moradores de aquel palacio presagiando una desgracia inminente. ¿Tendrá algo que ver con el trágico final del edificio? Según testigos, la gente que se arremolinaba para ver el espectacular incendio pudo observar en un momento determinado en el ventanal de la Sala de los Mariscales la imagen de un espectro cubierto de sangre. ¿Era el final de la leyenda? Pues parece que sí. Un artículo curioso e interesante cuanto menos...

    jueves, 29 de septiembre de 2011

    Víctimas colaterales de la Hª (II): Luis XVII

    Con frecuencia al hablar de guerras y conflictos se suele pasar por alto a las víctimas más pequeñas, gente sin nombre ni apellidos que acaba pagando los platos rotos del rencor y la intransigencia de los mayores. Pues bien, en esta ocasión voy a hablar de alguien que sí tiene un nombre y un apellido con solera; hablo de Luis XVII de Francia.

    Nació en Versalles en 1785 como Duque de Normandía. Hijo de Luis XVI y María Antonieta, tuvo una infancia normal para su rango hasta que en 1789, justo antes de estallar la Revolución, fallece su hermano Luis José y se convierte así en Delfín de Francia, el heredero al trono. La toma de la Bastilla supondrá el final de su infancia feliz en palacio.

    Obligada a trasladarse a París, la familia real no tuvo la comodidad deseada en el hoy desaparecido Palacio de las Tullerías, sobre todo a raíz del fracasado intento de salir disfrazados del país en la conocida como "fuga de Varennes" (20-21 junio de 1791). Este suceso supuso la prueba irrefutable de que los Borbones no eran amigos de la más mínima reforma y de que a ojos de los revolucionarios Luis XVI y su familia ya no eran más que unos traidores a la patria. Así que la hostilidad hacia la pareja real se acrecentó y de regreso a París vivió un año más recluída en su particular cárcel de oro y lujos.

    El monarca era ya una carga para la marcha de la Revolución y el 10 de Agosto de 1792 la muchedumbre invadió las Tullerías. El violento expolio que sufrió el edificio fue lo de menos en comparación con las bajas de la Guardia Suiza del palacio. La familia real se libró por los pelos de la masacre, pero ya no había vuelta atrás y el rey fue depuesto de sus funciones y proclamada la Iª República.


    El joven delfín vivirá estos episodios con sumo terror, el propio de un niño que no entiende tanto tumulto e indignación hacia sus padres. Pero la monarquía era ya en Francia parte del pasado y ahora tocaba definir el futuro de una familia que había perdido cualquier atisbo de sacralidad e incluso respeto.

    Tower-of-the-Temple-1795
    Prisión del Temple en los años de la Revolución

    Luis XVI, María Antonieta, la infanta María Teresa (su hermana), la princesa Isabel (su tía) y el propio delfín fueron encarcelados en la  torre del Temple de París, un antiquísimo edificio (fue la casa madre de la Orden templaria durante muchos años) de siniestra silueta que ahora recibía con sumo desdén a tan insignes visitantes. Mientras tanto, la República decidía qué hacer con esa familia que ya no tenía escapatoria alguna, pues el miedo de los republicanos a una intervención europea para reinstaurar a los Borbones era más que evidente.

    El depuesto rey y su hijo fueron alojados en el 2º piso, mientras que la reina, su cuñada y la infanta en el piso superior. En ambos casos, los grusos muros y las ventanas enrejadas dejaban apenas pasar la luz, a lo cual se unió una extrema vigilancia de oficiales municipales y del  cuerpo de guardia para "amenizar" más si cabe la estancia de Luis XVI y su familia en aquel desagradable lugar.

    La República decidió llevar al cadalso en 1793 primero al rey y después a la reina. Pero antes el joven Luis fue incitado a declarar en contra de su madre y de su tía, a quienes acusaba de haberle obligado a ciertos juegos sexuales, lo cual fue el colmo para que Mª Antonieta no acabara librándose de la guillotina y del escarnio público.

    
    Karl Wilhelm Naundorff

    Dentro de aquellos gruesos muros se vivieron situaciones de gran dramatismo como la despedida de Luis XVI o la separación del crío de Mª Antonieta, momento a partir del cual el ya Luis XVII -para la facción monárquica, claro- se convierte en elemento de disputa entre los sucesivos e inestables gobiernos. En prisión fue puesto al cuidado de Antoine Simon, un zapatero republicano que procuró reeducarlo mientras el joven sufría todo tipo de amenazas que socavavan su dignidad. Posteriormete fue aislado sin contacto alguno. Desnutrido, postrado en cama, en penumbra y cada vez más enfermo y olvidado el 8 de junio de 1795 fallecía de tuberculosis, siendo enterrado en una fosa de un cementerio parisino sin inscripción alguna. Su hermana corrió mejor suerte y acabó enviada a Viena. Ella fué la única de la familia en sobrevivir a la pesadilla revolucionaria.

    A partir de ese momento, la leyenda. Desde el principio se especuló con la posibilidad de que el cuerpo que fue enterrado no fuera el del regio muchacho, sino que antes fue suplantado y había logrado huir del Temple (de ahí lo abusivo de su confinamiento final); además, muchas declaraciones posteriores ayudaron a avivar este supuesto. Con el tiempo aparecieron falsos delfines de nombre Naundorff (el más famoso de todos), Benoît, Hervagault o Carlos de Navarra, en todo caso meras hipótesis y nada definitivo pero algunos con la credibilidad suficiente para lograr despistar a los partidarios de la monarquía durante el s.XIX.

    
    El corazón de Luis XVII

    Pero el enigma está resuelto. Aquel decrépito rehén de 10 años sí era Luis XVII y sí falleció en la torre del Temple porque estudios muy recientes así lo han demostrado. El cirujano Pelletan, al hacerle la autopsia, le extrajo el corazón y dentro de un frasco de alcohol etílico lo escondió en su casa. Durante muchos años el corazón de Luis XVII pasó por muy diversas manos hasta acabar depositado en la catedral de St.Denis de París donde se hallaba hasta hace poco. Las pruebas de ADN lograron comparar unos mechones de Mª Antonieta con el ADN del corazón de Luis XVII y la verdad es que coincidía plenamente. Ya no había duda y en 2004 se realizaron los funerales para poder enterrarlo junto a las tumbas de sus padres en St.Denis.


    Y así acaba la historia de una víctima inocente del tiempo que le tocó vivir. Proclamado rey a los 7 años tuvo que soportar el tormento del desgarro familiar y un auténtico secuestro sin compasión. No entendía de tratados ni de política, pero las intrigas de su convulsa época le convirtieron en un juguete roto, culpable de su solo nacimiento. Cruel e insospechado destino para un príncipe. Igual Napoleón no andaba muy desencaminado cuando soltó aquello de "Fue pura vanidad lo que causó la Revolución Francesa; la libertad fue sólo un pretexto".






    martes, 7 de junio de 2011

    Víctimas colaterales de la Hª (I): Maximiliano I de México

     He decidido abrir un apartado en este blog para hablar de aquellos personajes de nuestra Historia cuya existencia ha hecho correr ríos de tinta. No se trata de personajes decisivos en el discurrir de la humanidad, qué va, pero en cambio tienen su atractivo en el misterio que conllevaron las causas de su muerte o en la fascinación que podían suponer sus vidas para sus contemporáneos.

    Durante mi último año de Universidad realicé un estudio bibliográfico sobre la figura de Maximiliano de Habsburgo. Un trabajo que realicé con gusto -recuerdo- y cuya copia dejé en el disco duro de mi viejo ordenador sin que finalmente haya podido recuperar. En fin, cosas que pasan...


    No es tanta la gente que sabe que después de su independencia México fue un imperio. Bueno, realmente lo ha sido dos veces, pero aquí de lo que me interesa hablar es de esa segunda vez, del II Imperio Mexicano (1864-1867). Y me fijo en la figura de un príncipe austriaco a quien el devenir de los acontecimientos de su época le jugaron una horrible encerrona que resulta apasionante contar.

    Fernando Maximiliano José de Austria nació en el palacio real de Schönbrunn en 1832. Dicen algunas fuentes que su verdadero padre era Napoléon II, el enfermizo hijo de Napoleón Bonaparte que nunca llegaría a reinar y que desde pequeño vivió en la Corte de Viena, pero ésto es algo que no parece haberse confirmado nunca. En cualquier caso, Maximiliano era un segundón: su hermano Francisco José (el marido de Sisí) era quien estaba destinado a portar la corona del Imperio Austriaco, así que de joven Maximiliano estudió la carrera naval y realizó numerosos viajes de exploración por el Mediterráneo hasta que en 1857 su regio hermano le nombra gobernador de las provincias italianas de Lombardía y el Véneto.

    Maximiliano y Carlota
    Fue ese año cuando se casó con Carlota de Bélgica, hija del rey Leopoldo y que ha sido protagonista de tantos y tantos estudios de carácter romántico. Su vida, como la de Maximiliano, bien merece un análisis detallado. Pero el caso es que el joven matrimonio acabó marchando en 1859 de la conflictivísima península italiana porque los planes que Francisco José tenía para su hermano habían cambiado.
    La pareja se trasladó a Trieste, junto al Adriático, al castillo de Miramar que tanto le había costado edificar a Maximiliano. Allí se alejó de la vida pública hasta que un 3 de Octubre de 1863 una extraña petición resultará capital en su vida: una delegación compuesta por diplomáticos mexicanos le ofrece el trono del Imperio Mexicano. Y Maximiliano, que era de espíritu aventurero y había visto empeorar su relación con Francisco José, acabó aceptando el reto, que conllevaba la pérdida de todos sus derechos dinásticos en Austria.

    Valga decir que México era entonces un polvorín. Napoléon III había decidido invadir el país para exigir el pago de las deudas contraídas por el gobierno de Juárez y, una vez allí, estaba dispuesto a convertirlo en un Estado satélite que sirviera de freno a los planes expansionistas de los EE.UU. sobre Latinoamérica.

    
    Palacio de Miramar (Trieste, ITA)
    
    México llevaba años enfrascado en una guerra civil entre el bando liberal (con mayor apoyo popular) y el conservador (sustentado por Francia y su ejército). A instancias de Napoleón III se le ofrecía al archiduque austriaco la posibilidad de dirigir un país rico y muy extenso, pero tras bajar de la fragata Novara y pisar tierra mexicana en Veracruz (21 de Mayo de 1864) Maximiliano se topó de lleno con la realidad cruda de un país analfabeto, empobrecido y endeudado tras décadas de inestabilidad política.

    
    Muy pronto el nuevo emperador se mostró más liberal de lo que sus partidarios conservadores podían tolerar, con medidas tan a contracorriente como la nacionalización de los bienes eclesiásticos o su negativa a suprimir la libertad de culto. Además, demostraba una especial sensibilidad hacia la población indígena y trató de potenciar el desarrollo económico y social de todo el país. A su vez, en el apartado cultural embelleció la capital y se afanó en potenciar el estudio de las culturas prehispánicas de México.

    Sin embargo, a la férrea oposición del bando republicano (que nunca reconoció su gobierno al considerarlo un invasor) se le sumó el creciente descontento de buena parte de los conservadores y el malestar de Napoleón III, cansado de aportar recursos en una guerra interminable contra las tropas de Benito Juárez mientras Maximiliano ponía sus miras en México y su gente, haciendo esfuerzos generosos para convertise en un elemento de integridad nacional pese a todos los obstáculos del camino.

    El emperador francés ordenó finalmente retirar sus tropas antes de lo acordado -las necesitaba para hacer frente a la beligerante Prusia de Bismarck- y EE.UU., recién salido de su propia guerra civil entre el Norte y el Sur, tomó parte activa en el conflicto con un apoyo decidido al bando republicano. Maximiliano, cada vez más sólo, se negó a abandonar a sus partidarios y marchar a Europa. Carlota regresó en busca de la piedad de Napoleón III y del Papa de Roma pero acabó enloqueciendo recluída en un pequeño castillo de su Bélgica natal sin terminar de superar nunca el trágico destino que le deparaba a su marido.
    
    Último adiós de Maximiliano
    
    Abandonado a su suerte por su hermano y separado para siempre de su infeliz mujer (que falleció en 1927), Maximiliano decidió atrincherarse mientras los liberales no cesaron en su empeño hasta convertir México en una república. Así que el emperador acabó por ser capturado en Querétaro y llevado ante un tribunal militar junto a sus leales generales Miguel Miramón y Tomás Mejía. Desoyendo los mensajes de clemencia que llegaban de Europa, el emperador y sus dos compañeros fueron fusilados en el Cerro de las Campanas de aquella ciudad el 19 de junio de 1867. Era la manera de decir al mundo que México no toleraría nunca un gobierno impuesto por las potencias extranjeras.

    
    "La ejecución del Emperador Maximiliano", de Manet
    
    De ese modo tan trágico es como acababa el II Imperio y comenzaban años de república que se extienden hasta hoy. Una vida corta pero muy intensa la de aquel archiduque Habsburgo amante de la naturaleza y del mar a quien la diosa fortuna le encomendó una tarea extremadamente complicada, sólo apta para espíritus tan inquietos y adelantados a su tiempo como el suyo. Una vida de película digna de cualquier gran estudio de Hollywood y que ha tenido su refrejo literario de distinta manera, siempre al socaire de las tendencias políticas de cada momento. Una de esas pequeñas historias que engrandecen la Historia y que conviene descubrir de vez en cuando.