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viernes, 17 de agosto de 2018

Croacia: la tierra y el Adriático

La "caída del muro", la desmembración de la URSS, la guerra de Bosnia... Son hitos de nuestros años de crecimiento, de nuestra juventud. Acontecimientos que pudimos ver en imágenes, no con la calidad visual que tenemos ahora, desde luego, pero sí como hechos tan definitorios que han servido para entender la Europa que ahora contemplamos.

Tales acontecimientos, que no tienen más de treinta años, han quedado muy lejanos. Como lejanos nos parecían países como Yugoslavia, la Unión Soviética o la R.D.A., siempre al otro lado del Telón de Acero, como mirándolos por encima del hombro gracias a un sistema político y social que les diferenciaba como europeos de tercera. Por suerte, y para bien o para mal, hoy en día es posible la circulación de personas entre los distintos territorios, matices aparte claro está. Uno puedo un día despertarse en Sarajevo y acostarse después de un día agotador y tras contemplar su magnífica estampa de edificios dorados por el sol de la tarde en la espectacular Praga. O hacer lo  mismo en Timisoara y en Madrid. ¡Ay, si es que no hay nada como viajar! Pasear, descubrir, la historia, la cultura... Mejor no sigo.

Vista del golfo de Kvarner con alguna de sus islas desde el P.N. Risnjak
Mi última aventura me ha llevado a una de esas naciones "de moda": Croacia. País pequeño pero con esa conjunción irresistible de paisaje, bosques, costa y ciudad. Si las piedras hablaran Croacia sería un loro parlanchín. Romanos, eslavos, otomanos, italianos, austriacos... Está claro de que Croacia se ha configurado a base de oleadas de invasiones, de ahí su riqueza cultural y patrimonial aunque afortunadamente para ellos, y desde inicios de los noventa, ahora pueden pavonearse de llevar las riendas de su propio destino.

El caso es que el país con la bandera del mantel a cuadros es de todo menos feo. Desconozco las regiones del interior, así como su capital, Zagreb. Pero de la cordillera de los Alpes Dináricos hacia la costa es un país francamente bonito. Para mí ha sido lo esperado. No me esperaba más, pero tampoco me esperaba menos. Sabía a lo que iba y eso me permitió disfrutarlo en todo su sentido.


Lo que más llama la atención de Croacia es lo mediterréneo que se ve y se huele. No faltan los pinares, las higueras, los frutales, las vides o los olivos. Tampoco faltan sus numerosas horas de sol y el calor, pegajoso debido al efecto del influjo de la mar. Su costa recortada por cientos de islas e islotes y flanqueada por la silueta de la cordillera de los Alpes Dináricos le dan una cierta imagen de edén, casi virginal. ¿El Mediterráneo tal como era? Puede ser, aunque Croacia ya ha sido devorada por el turismo y todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Y decía que llama la atención porque frente a esa imagen está la de los croatas, muchos de ellos rubios y de piel pálida que en nada son la imagen que uno espera para un terreno de tales características, el de un país del sur de Europa. No quiero decir que todos los croatas sean rubios, desde luego, pero hay algo en ellos que hace decirme "esta gente parece venir de otro lugar". ¡Claro... son eslavos!

No es sencillo quedarse con una única imagen de un país tan interesante. Pequeño, pero interesante... Si no caben más de 4 millones y poco se debe a que no se han puesto a talar árboles. Los espectaculares lagos de Plitvice, en el interior, son Patrimonio Mundial de la UNESCO y tienen una fama muy bien ganada. La pena es que están masificados los senderos que los recorren. Pero la conjunción de cascadas, agua de color turquesa y la frondosidad de sus bosques les hacen ser parada obligatoria en cualquier viaje a Croacia que se precie.

Y qué decir de Split, la capital de la costera región de Dalmacia. Una ciudad portuaria, histórica, aunque puede ser que algo venida a menos tras la caída del Comunismo. Aquí no hay dudas, descubrir Split es lo mismo que decir Palacio de Diocleciano. La estrechez de sus calles y la antigüedad de sus piedras te trasladan a la vieja Roma, ahora bien, a la Roma ya en decadencia que está a punto de ser presa de los bárbaros (aquí, los eslavos). Imagino que la vieja Spalato está orgullosa de su antiguo esplendor como centro importante del Imperio, aunque a decir verdad y para colmo de males me fue imposible comprobarlo. Otra vez será.

La bella Dubrovnik
Costa al norte y costa al sur la mente te retrotrae al esplendor veneciano. Pueblos que en su día fueron escala en el comercio generado desde Venecia a lo largo de todo el Adrático. Esbeltos campanarios de piedra y pequeñas playas, de cantos en su mayoría, para disfrutar de las cristalinas aguas y de una vegetación y un clima espectaculares. Y así, hasta llegar a Dubrovnik, rival en su día de aquella Venecia que aquí lo acaparaba todo. La ciudad parece algo escondida según te acercas, pero ya allí te ofrece el mejor casco histórico de toda Croacia. La ciudad vieja está rodeada de casi 2 kms. de muralla desde la que se divisa el Adriático en toda su dimensión. Una ciudad abierta al turismo, algo cara para ser exactos, pero con un patrimonio civil y religioso de primer orden. Aún  son visibles en ella las consecuencias de aquella guerra contra Serbia y Montenegro que dejó a la "perla del Adriático" sumida en la tristeza y la devastación. Pero Dubrovnik, como Croacia, ha sabido recuperarse y sacar la cabeza hasta ser considerada un destino de primerísimo orden.

Hacer parada de solo un día en la isla de Hvar (tan cara como intensamente bonita) te sabrá a poco. Y de allí rumbo al norte de nuevo para aproximarnos al golfo de Kvarner, o de Rijeka. Por aquí la influencia italiana ha sido más reciente, así como la austriaca o centroeuropea. La ciudad-balneario de Opatija trae reminiscencias de aquellos años en que esta zona era parte del Imperio de los Habsburgo, salida al mar de Austria-Hungría. Antes, eso sí, de que terminaran los vals con disimulado estrépito y la Gran Guerra pusiera la zona y al mismo imperio patas arriba. Nunca más regresó ese esplendor, aunque sus ciudadanos lo intentan con jornadas estivales de recreación histórica.

Resumiendo. Croacia, país moderno y joven (piedras aparte) es complicado que te defraude, inimaginable diría yo. Puedes pedir más a los croatas en su esfuerzo por dar un servicio turístico de calidad. También puedes pedir mejores hoteles, desde luego; hay muchas cosas que aún deben mejorar, de hecho. Pero no puedo concebir que a nadie pueda dejarle indiferente. Así que ya sabéis, daos un capricho, ahorrad un poquito porque no demasiado lejos se encuentra un país de aguas limpias, turquesas, bosques milenarios y pueblos/ciudades con encanto que os está aguardando. ¡No olvidéis vuestra cámara y a disfrutar!


Split observada desde el Adriático


lunes, 2 de febrero de 2015

Ecléctica Argentina

Avenida 9 de Julio

Un viaje a la Argentina. De eso quiero hablar en esta entrada. Nos retrotraemos en el tiempo al 2010, pues por entonces tuve la oportunidad de ver una deliciosa película titulada "El mismo amor, la misma lluvia"; argentina era, y de Juan José Campanella, ni más ni menos. El creador de las brillantes "El hijo de la novia" o "El secreto de sus ojos", y de la para mí una de las obras capitales del serial en castellano, "Vientos de agua", decía a propósito de Jorge Pellegrini, el personaje principal de "El mismo amor...": Jorge Pellegrini no deja de ser la personificación de esa Argentina que se embriaga de esperanzas para acabar hundida de nuevo, con las alas cortadas, como en una montaña rusa de espectaculares ascensos y dramáticos descensos". Y creedme, sin conocer prácticamente a ningún argentino tiene uno la sensación de que la apreciación no es nada desafortunada.

Pero hay más de una Argentina porque un país tan grande ofrece muchísima diversidad. Y de todas ellas, Buenos Aires es un mundo aparte. Una ciudad que desconcierta. Según se adentra uno en la capital federal empieza a ver barriadas con sus edificios aterrazados y sus fachadas desconchadas. No es la mejor bienvenida a una de las mayores urbes de América del Sur. Por momentos uno siente que penetra en una ciudad salvaje, abandonada, empobrecida. La sensación continua cuando se atraviesa la Avenida 9 de Julio -la del obelisco-, tan llena de coches como de personas, aunque ya la cosa parece otra un poco más distinta. Es el centro mismo de la ciudad, pero una urbe tan inmensa como Buenos Aires te invita a recorrerla y es ahí cuando te das cuenta de su pluralidad.


Calle Caminito, La Boca

La Plaza de Mayo es el centro originario de la capital argentina. Sus palomas y sus palmeras la otorgan cierta gracia. Lugar de congregaciones y manifestaciones masivas, sorprende ver sábanas y carteles reivindicativos que hablan de cierta desigualdad intrínseca de oportunidades. Al sur, el barrio de San Telmo tiene un marcado aire colonial, mitigado en buena medida por el abandono y deterioro de sus edificios. Es una pena que un barrio que se antoja bonito y con tanta historia -aquí residía la burguesía poderosa de las primeras décadas de la Argentina independiente- esté tan mal mantenido. Y más al sur todavía (¿por qué siempre el sur?) está la Boca. Este barrio con tanta identidad y también tan futbolero es por otra parte un reclamo para el turista aunque también conlleva un aviso para navegantes: hay que andar con ojo, pues la cámara y la cartera corren peligro si se está despistado. Sorprende el colorido de sus edificios en el entorno de Caminito; son los populares conventillos, aquellos habitáculos alrededor de un patio interior que sirvieron como alojamiento a quienes acababan de llegar de Europa con ilusiones renovadas y escapando de las guerras o del hambre. Hoy hay algunos muy bien conservados, muy coloridos y que se pueden visitar, acondicionados como talleres y tiendas de artesanía, pero su mayor valor reside en su significado en una tierra que por entonces ofrecía muchas oportunidades. Estamos hablando de una nación hecha en base a la llegada masiva de barcos procedentes de Europa y la Boca era la puerta de entrada a la ciudad. Ir a Buenos Aires y no visitar un conventillo en esta parte de la capital porteña es como saltarse una parte fundamental de su historia.

La Calle Corrientes, repleta de cines, librerías y cafeterías, es como la Gran Vía madrileña. Todo aquí te recuerda a Europa, así como pasear por la peatonal Calle Florida y el entorno del Microcentro. Buenos Aires respira mucha vida cultural y es normal que de día todo esté atiborrado de gente. La ciudad es un poco caótica y en general no está muy bien cuidada. Me llevé una mala imagen al ver las aceras tan mal conservadas, su deterioradísimo mobiliario urbano, aquellos perros sueltos durmiendo junto a los comercios, los indigentes removiendo la basura a cualquier hora del día o los aparatos de aire acondicionando "escupiendo" agua a tu paso (pues en Buenos Aires durante el verano tienes aseguradísimo un calor asfixiante ya que hay mucha humedad). Así de caótica es la capital porteña y el caso es que los bonaerenses parecen ya muy resignados a todo esto. Pero al norte la ciudad gana en encanto: el barrio de Recoleta, en los alrededores de su archiconocido y bellísimo cementerio, es un París en pequeño. Jardines, farolas doradas, infinidad de árboles (esto es algo general en Buenos Aires), estatuas y magestuosos edificios de corte francés hacen de esta zona una de las mejores para caminar. Palermo, justo al norte, es el barrio por antonomasia de la clase media. Es un barrio también muy a la europea, con sus placitas y sus comercios, pero más sosegado que el centro y con menos tráfico.

Faro Les Eclaireurs, en el canal Beagle, Ushuaia
No tuve mucho más tiempo para ver la ciudad. Se nota que inicialmente hubo un gran afán de emular a las grandes capitales europeas (y si no basta entrar en el espectacular Teatro Colón, a pocas manzanas del obelisco). Y es que el porteño siempre se ha creído un europeo desplazado a América, y esto entronca directamente con la apreciación de Campanella sobre Jorge Pellegrini. ¿Cuantos sueños se han debido de quedar en el camino? Y esa es la sensación que desprende Buenos Aires, la de cierto abandono, la de que cualquier pasado fue mejor y que de hecho tuvo un pasado de gran prosperidad. Una nación echada muchas veces a perder por sus gobernantes; una nación muy rica pero enormemente desaprovechada.

Pero por suerte mi viaje fue más allá de la capital. Casi en los confines del planeta, Ushuaia es una ciudad algo fantasma, pero circunscrita a un entorno sin parangón. Bañada por el canal Beagle y peinada por irrefrenables vientos es la ciudad más austral del planeta, rodeada de bosques, valles y montañas que recuerdan a otras latitudes. Todo gira entorno al turismo en Tierra del Fuego y de hecho aquello parece otro país (aunque ya sabemos que los argentinos de cualquier región se consideran muy argentinos, y aquí no es menos...)

El Lago Argentino es un mar rodeado por un secarral en la zona de El Calafate y por la cordillera de los Andes en su otro costado. Aquí se encuentra el impresionante glaciar Perito Moreno, de hielos tan azules que te invita a estar continuamente dándole al botón de tu cámara. Aunque cierto es que hay muchos más glaciares, el Perito Moreno es, con mucho, el más visitado por los turistas nacionales o extranjeros y tiene bien ganada su fama.

Glaciar Perito Moreno, Patagonia
El Noroeste argentino es una dura zona para vivir. Fuera de los vergeles donde se hallan Salta o San Salvador de Jujuy empieza la puna, el altiplano, y también la Quebrada de Humahuaca, que es Patrimonio Cultural de la Humanidad. Aquí nos hallamos en la tierra de los indios coya y cualquiera pensaría que estamos en pleno Perú o Bolivia. Es la Argentina más americana de todas, la más andina e igual también la más pobre. La ciudad de Salta parece que nunca duerme y deslumbra por sus edificios coloniales y la fachada rosada de su imponente catedral. También por su gastronomía: tamales, humitas o el delicioso dulce de cayote con queso dan sabor a la zona de raíces más indígenas del país.


Iguazú es un área selvática compartida por Argentina, Brasil y Paraguay. Su parque nacional comprende las maravillosas cataratas. La mayoría están en el lado argentino, pero las mejores vistas se tienen desde el lado brasileño, pues el río hace de frontera. Alrededor se abre un paisaje de profusa vegetación que no hace más que ensalzar la belleza de las aguas y el rugir de sus cascadas. La selva misionera (o paranaense, si uno la visita en Brasil) es un placer para la vista y no defrauda. Una de las 7 Maravillas Naturales del Mundo, y poco más hace falta añadir.

La Paleta del Pintor, en Maimará (Jujuy)

Un viaje variado el mío para un país que ofrece muchísimas posibilidades al turista. Está tratando de responder con acierto a las demandas del extranjero que llega para recorrerla. Hay buenos hoteles, óptimos restaurantes y un personal muy preparado para que disfrutes y aproveches tu estancia. Pero se me escapa por qué Argentina no tira más para arriba, el porqué de esa sensación de decadencia y de parecer anclada en un pasado floreciente sin que se atisbe a simple vista que la gente tenga muchas ganas de cambiar las cosas. Horroriza pensar que tanto mito tenga tanto peso en la idiosincrasia del país: Evita, el general San Martín, Maradona, Gardel, las Malvinas... En Argentina se lleva la mitomanía, pero uno se pregunta si esa fama de guías espirituales del país es del todo merecida. Al menos a quienes vivimos en la Vieja Europa pensar así se nos hace raro.



Y sí, Buenos Aires se nos muestra tal y como la ha retratado Campanella con su cámara en sus películas, con ese halo decadente, con esos edificios y con esos árboles. Jorge Pellegrini no es sólo el fabuloso Ricardo Darín (el actor que lo encarna en la película). Jorge Pellegrini es el porteño medio embriagado de esperanzas, pasional como lo es el tango (ir a Buenos Aires y no ver un espectáculo de este género tan universal es para tirarse de un puente) y sumido en sus propias contradicciones y en su perenne melancolía. Así es Buenos Aires, una "rara avis" a orillas del Río de la Plata en América del Sur. Y Argentina un país variopinto que merece la pena recorrer, ver, degustar, y casi todo lo que a uno se le ocurra, porque con crisis o sin ella cruzar el charco y recorrer ese país maravilla a cualquiera.

Salto San Martín, Iguazú

sábado, 12 de octubre de 2013

Algo se nos quedó en Viena

Iglesia de S.Carlos Borromeo
Ya lo decía John Malkovich en la estupenda "Las amistades peligrosas", pero es que no puedo evitarlo. Ciudad que piso y visita que cae en la que trato de engullirme de su historia. Además de eso reconozco que me lo preparo casi todo bastante bien y no sólo en lo referente a los transportes y a su callejero. En una ciudad me estimula empaparme de sus monumentos y de su urbanismo. En una palabra, DISFRUTO.

La escusa en este caso fue la mente maravillosa de James Horner, el compositor que puso música al hundimiento del Titanic y que logró que todos los espectadores nos pusiéramos azules viajando al planeta Pandora en la espectacular "Avatar" o que anheláramos aún más la libertad si cabe con el martirio de Mel Gibson en la muy heroica "Braveheart".

Para nosotros, asistentes afortunados al concierto del 4 de Octubre en la Konzerthaus, el nombre de James Horner irá ya unido para siempre a la palabra Viena y la relación no es baladí, pues el compositor californiano hunde sus raíces familiares en la vieja Europa. Pero llenó de gozo a todo un auditorio rendido a su música. El mundo de James Horner ha hecho feliz a mucha gente y Viena ha sido el bello telón de fondo para el protagonismo de sus geniales partituras.

Pero acerquémonos a Viena. La coqueta y muy limpia capital austriaca muestra el señorío de su pasado esplendoroso. Un día fue la grandiosa capital de un basto imperio que englobaba una gran porción del continente europeo, pero de la noche a la mañana, concretamente en 1918, ese imperio de 50 millones de habitantes quedó reducido a un pequeño estado de poco más de 6 millones. Viena era la tercera ciudad de Europa en número de habitantes, en cambio hoy en día no alcanza la cota que tenía al comenzar la Primera Guerra Mundial.

Desconozco si el Danubio es tan azul como se piensa, no tuve tiempo para comprobarlo, pero sí me he podido percatar de una urbe moderna, comercial, cosmopolita y abierta. Conserva muchos restos del pasado y calle por la que pisa uno escaparate que ve donde las imágenes de Mozart y de la emperatriz Sisi lo acaparan todo. Sin lugar a dudas mucho debe esta ciudad a ambos personajes.

Que Mozart pasó parte de su vida en Viena es más claro que el agua. Si transitas junto a la Ópera y no se te acerca uno a su imagen y semejanza no me lo creo. El caso de Sisi -nacida como Isabel de Baviera- tiene cierta intrahistoria: esta tía despreciaba Viena y seguramente se sentiría horrorizada si hoy en día viera su imagen en todos los escaparates habidos y por haber. Más le vale a la ciudad no compartir el sentimiento de infelicidad que la consumía. Sisi odiaba el protocolo de la Corte y por ello emprendió una huida de sí misma a lo largo de toda Europa, haciendo lo que realmente le venía en gana, y mucho dolía en los altos círculos de Viena que prefiriera Budapest y a los húngaros en lugar de a los altaneros austriacos. ¡Pobre Francisco José! Si en algo la desdichada emperatriz tenía razón es en que se olía que aquel puzzle de nacionalidades llamado Austria-Hungría tenía los días contados. Aquel imperio estaba a punto de estallar en pedazos y sólo 2 años después de la muerte del muy currante marido de Sisi, verdadero sostén de aquella potencia ya venida a menos, todo saltó por los aires llevándose consigo el régimen imperial y la pompa de los Habsburgo.

Palacio del Hofburg
Pero la Viena imperial no se esfumó, es bien visible en sus calles, en los palacios, en esas grandes avenidas que flanquean los monumentales edificios de la capital. Visitar el palacio del Hofburg es aprender un montón sobre Viena como centro de poder de la Europa de antaño. Recorrer la Ringstrasse es apreciar que Viena se ha convertido en un escaparate turístico de primer orden; y subir a alguno de sus innumerables tranvías conlleva que no sepas muy bien si te encuentras a un lado u otro del extinto Telón de Acero, al fin y al cabo Viena siempre quedó en zona de nadie como cumplidora aprendiz de un pasado tumultuoso. Tener la oportunidad de pasar una mañana en barrios tan pintorescos como Favoriten te muestra la cara étnica de Viena, la de una ciudad engrandecida por la inmigración turca y asiática donde los puestos de kebap proliferan y el olor a especias se aprecia en cada esquina del barrio.

La Viena multirracial, la Viena imperial, la Viena barroca de iglesias, conventos y palacios, la Viena de los renombrados y centenarios cafeses, todas ellas conforman las diversas caras de una misma ciudad. Marché con ganas de más Viena, algo apenado por no descubrir buena parte de lo que no me hubiera gustado perderme, porque es que Viena tiene tanto que mostrarte... La batuta de Horner mandaba -pese al lapsus de que él no subiera a dirigir ni una sola pieza- , así que no se hable más. Me llevo el atractivo de una urbe que embelesa, que siente pasión por la música y por la cultura, y que además es capaz de ganarte también por el estómago con su deliciosa repostería.

Me encuentro aún sin haber aterrizado del todo, pero me he traído el regusto de unos días extraordinarios. Parafraseando al rey francés Enrique IV, diría que Viena bien vale un concierto, y si es de James Horner os aseguro que muchísimo mejor. Mereció la espera.



lunes, 2 de abril de 2012

Berlín y la síntesis del siglo XX

Mi reciente viaje a Berlín me ha desvelado una ciudad moderna y en rápida transformación. No es una urbe monumental, sino una ciudad que ha sabido sobreponerse a su turbulento pasado para seguir mirando hacia adelante y sin ningún tipo de complejos.

Es, de nuevo, la capital de Alemania desde 1991 y como tal ahora ejerce, pero ha tenido que superar dos sangrientas guerras mundiales y la división de su casco urbano en dos ciudades (literalmente) y en 2 estados a lo largo del s.XX. La huella de ello se ve, pero los berlineses han aprendido a olvidar rencores para ser, ya para siempre, una única ciudad.

Realmente apenas percibí la división económica y urbana que se plasmó en la capital alemana durante 28 años (los años de permanencia del muro). Quizás para ello tuviera que haber ido a los barrios obreros del extrarradio, pero más allá del tranvía y su cableado del Berlín Este uno no adivina con facilidad en qué parte de la ciudad se encuentra. Supongo que equilibrar la balanza económica y social habrá costado lo suyo y que incluso la mentalidad de la gente no habrá cambiado de un día para otro, pero mi desconocimiento absoluto del idioma alemán igual me ha impedido saber más sobre este tema tan interesante. Yo, me dediqué a ver y fotografiar, y todo ello para poder luego contarlo.

Antes de nada hay que decir que Berlín quedó prácticamente destrozado por los bombardeos de la 2ªGM, así que nadie espere ver edificios de la época imperial o anterior; la Puerta de Brandemburgo, con todo su rejuvenecimiento reciente, es a buen seguro lo más viejo que queda. El Reichstag (el Parlamento) es imponente, pero a mí esa cúpula no me convence del todo y ya sabemos todos que a los alemanes eso de la estética les importa un pimiento y si no basta un viaje a Berlín para comprobarlo. El alemán es, ante todo, un ser funcional.

Deslumbra acercarse a la zona de Potsdamer Platz, un área de negocios supermoderno y de altísimos edificios donde hasta hace sólo unos años había un gran socavón herencia de la 2ªGM. Hoy en día recibe todo el lujo que rodea a la Berlinale en el frío mes de Febrero. Muy cerca de allí se haya el núcleo duro del Nazismo: el área de los desaparecidos edificios ministeriales de Hitler y el lugar que ocupó el centro de control de la Gestapo y las SS. Hoy hay en su lugar una muy interesante exposición gratuita sobre el Nacionalsocialismo y  su programa de exterminio; su visita lleva su tiempo y bien merece un detenimiento.

Por esa misma zona pasaba el muro que dividió la ciudad. Un muro que era no sólo físico sino también mental y que hoy podemos ver en algunos pequeños tramos mal conservados o en el suelo por medio de una línea marrón. Estar en Berlín es preguntarse constantemente qué lúcida mente pudo idear tan semejante barbaridad, pero lo que queda claro es que la construcción del muro en Agosto de 1961 es la constatación del complejo de inferioridad de la RDA, aquel estado que quería ser el escaparate a Occidente de las bondades del Comunismo.

Más allá de considerarse una de las ciudades de Europa más recomendables para "ir de museos" (en una misma isla hay unos cuantos de arte antiguo) lo que verdaderamente hace atractiva esta ciudad es el reflejo que la historia reciente ha tenido en su entramado urbano. Hablar de Berlín es hablar de los crímenes del Nazismo y de la Guerra Fría que aquí más que en otro sitio tuvieron su protagonismo. Ya he dicho que todo lo relacionado con el muro es interesante, pero también es verdad que cualquier anécdota relacionada con el régimen dictatorial de Hitler puede poner los pelos de punta, como por ejemplo visitar el lugar donde se encontraba el búnker del führer, hoy sólo un solar de tierra donde aparcan los coches.

La puerta de Brandemburgo es un espacio remozado. Hasta hace 20 años sólo había una explanada, una puerta muy deteriorada y  un muro justo delante. Hoy viste sus mejores galas y allí hay hoteles, embajadas y lujosas tiendas de ropa. Es el monumento representativo de  la reunificación alemana que allá por 1990 sorprendió al mundo.


Casi todo el casco histórico berlinés cayó del lado comunista, con lo que se produjo su abandono. Para deslumbrar al Berlín capitalista las autoridades comunistas levantaron muy cerca del río la torre de la televisión (Fernsehturm), que se puede ver desde cualquier punto de la ciudad. Pero hoy toda esa zona es un hervidero de luz, franquicias, restaurantes y trasiego de gente donde fluye el capitalismo tanto o más que en el lado oeste de la ciudad.

Recomiendo acercarse a Potsdam para buscar tranquilidad y disfrutar de la estampa que ofrecen sus jardines y palacios de la época prusiana. El entorno del palacio de Sanssouci es encantador y el núcleo histórico de Potsdam está muy bien conservado. Es la ciudad de los reyes, el lugar donde descansaba la Corte a la orilla de sus lagos y también el lugar donde se tomó la decisión de desgajar Alemania y Berlín en 4 sectores de ocupación aliada, el origen de lo que después fue la escisión del país en dos.

Pero si hay algo que recomiendo por tener tantísimo significado es visitar el Campo de Concentración de Sachsenhausen. Situado al norte de la capital fue un campo de exterminio modelo en su momento por su planta triangular. De 1936 a 1945 por allí pasaron hasta 200.000 personas  y cuenta con pequeñas exposiciones temáticas que ayudan a comprender la importancia del lugar y el programa de exterminio de los nazis. Destacaría la exposición que hay en uno de los barracones dedicada a la vida cotidiana de los judíos recluídos. También resulta escalofriante visitar el barracón de las celdas de castigo, con sus pequeñas camas y los retratos de los prisioneros que allí fallecieron. Y si uno tiene buen cuerpo nada mejor que adentrarse en la sala de autopsias o el depósito de cadáveres que hay en el subsuelo, un lugar de un frío ciertamente aterrador.

El silencio de Sachsenhausen ayuda a entender lo que supuso el Holocausto y también tiene inversa relación  con la manera de ser del alemán del siglo XXI. Una sociedad moderna que parece haber aprendido de los errores del pasado para convivir y eliminar para siempre aquellos fantasmas que la llevaron a su fragmentación durante casi 50 años.



lunes, 18 de julio de 2011

Úbeda, en clave de verano

Este año toca. Tras el paréntesis del 2010, se acerca el momento de atravesar casi España entera y disponerme a pasar unos días diferentes. Con ésta serán 5 las ediciones a las que asistiré, 5 las veces en que tendré el gusto de pisar el suelo casi incandescente de la ciudad andaluza de Úbeda, epicentro del festival de música cinematográfica con mayor arraigo en Europa.

El festival se creó en 2005, pero yo y mis amigos Braulio y Vanesa hemos estado acudiendo hasta allí de manera fiel tratando de compaginar las actividades propias del evento con terracitas, paseos y generosas comidas. Ésa ha sido la clave del éxito, que sin apartarnos del festival hemos sabido compaginarlo con otras cosas pese al calor agotador que siempre es permanente por esa zona de Jaén durante el mes de Julio.

Quien no conozca Úbeda no sabe lo que se pierde. Esta pequeña ciudad interior resulta fascinante de descubrir. Cada calle y cada palacio o iglesia te trasladan al Renacimiento, cuando las familias más enriquecidas por las guerras de la conquista de Granada quisieron dejar patente su poder e influencia social en la poderosa España de entonces a través de grandes obras de carácter civil pero también religioso. La plaza Vázquez de Molina es ejemplar (y desde luego de postal) por todo lo que la rodea, pero no menos llamativas son sus escondidas plazas o esas callejas estrechísimas que parecen ancladas en siglos remotos. Por algo es Patrimonio de la Humanidad junto a su vecina Baeza, así que pocas explicaciones más hacen falta, sólo que además su zona de miradores ofrece una estampa sensacional sobre el valle del Guadalquivir y Sierra Mágina, mar de olivos que uno no se cansará de ver desde que ha conseguido bajar Despeñaperros.




Hospital de Santiago, sede del Festival

Úbeda es un lugar con cierto halo de misticismo. Es raro ver un alma hasta las 8 de la tarde, y se entiende por eso del calor; asi que lo frecuente es encontrártela vacía y silenciosa, dorada por el sol de la tarde y bajo un cielo azul radiante donde no es complicado captar el olor a aceite que desprenden las almazaras cercanas porque, efectivamente, Úbeda huele a aceite de oliva, oro líquido, pero durante el mes de  Julio también suena a cine.



Desde el 2005 se han dado cita allí compositores y aficionados hasta lograr un maridaje casi perfecto. Es el momento que muchos aficionados llevan esperando todo el año, el de poder ver a tus grandes ídolos y poder asistir a charlas, una firma de discos y diversos conciertos en un entorno que todo el mundo asegura que es incomparable. E incluso si  no eres muy aficionado a la música de cine encontrarás motivos para disfrutar, pues el simple hecho de poder asistir al macroconcierto de la noche del sábado en el patio renacentista del Hospital de Santiago ya es un verdadero regalo. Música que se ve, sin CD y en estado puro que eriza la piel y despierta tus sentidos por muy aletargados que estén.



Nombres como los de Roque Baños, Christopher Young, John Debney o Patrick Doyle han quedado ligados ya a la historia de este festival, pero sin duda es Basil Poledouris quien será más recordado por los asistentes a la edición del 2006. En Úbeda ofreció su último concierto y orquestó una suite de "Conan el bárbaro", banda sonora nunca interpretada anteriormente ante el gran público. Fue el canto del cisne porque el compositor norteamericano fallecíó solo unos meses después víctima de un cáncer que venía arrastrando desde hacía tiempo. Su espíritu pareció estar presente en las ediciones que vinieron después porque Poledouris, sí, aquel misterioso personaje que apareció ataviado de negro y con un pañuelo que cubría toda su cabeza, ha marcado sin ningún género de dudas la trayectoria del festival ubetense al elegirle para dar su último adiós a todos a quienes le admiraron.

Úbeda igual podía ser la misma sin su festival, sobre todo en época de ajustes y recortes varios, pero lo que está claro es que el festival no es lo mismo sin Úbeda. La belleza del entorno redunda en la sensación de plenitud de los visitantes porque ofrece pausa e invita a recorrerla. Y el día que esa comunicación afectiva entre compositores y aficionados se rompa morirá con ella el festival o al menos tal como lo conocemos a día de hoy.



Así y con todo, ya no queda nada para degustar helados, pizzas, montaditos, cervecitas frías y chocolate con churros a do euro, escuchar buena música (imprescindible) y hacer una visitilla que tengo pendiente a la Sacra Capilla del Salvador, uno de los monumentos más impresionantes del Renacimiento español. Así que nada de levantarse tarde aunque uno a veces luego se quede sopa entre el calor y lo tostón que pueden resultar algunas ponencias, porque el caso es que una cabezadita nunca va a faltar...

Lo dicho, voy a preparar la maleta que esta semana  busco el verano perpetuo y el calor... Adiós fresquito del norte que Úbeda -con sus cerros- nos espera!