lunes, 21 de enero de 2019

El mejor cine del 2018


2018 ya expiró y para mi gusto no ha dejado una gran cosecha de cine. Claro que esta aseveración la ciño en exclusiva a ese manojo de películas que he podido ver en sala de enero a diciembre. Desgranemos lo que a mi juicio considero más destacado.



7. LAS ESTRELLAS DE CINE NO MUEREN EN LIVERPOOL, de Paul McGuigan.
Drama romántico de toque british para mayor gloria de la improbable pareja formada por Annette Bening y Jamie Bell (sí, el niño de la sensacional "Billy Elliot"). Porque es cierto, si algo destaca en esta pequeña película son sus interpretaciones, sobre todo la de la esposa de Warren Beatty y su partenaire. La química funciona, aunque de ella ya esperábamos una interpretación tan bien equilibrada entre lo dramático y lo seductor. No sirvió para darle a Annette una nominación -merecida, quizás- pero el film funciona y tiene cierto encanto. Se está poniendo de moda eso de rescatar las vivencias de las estrellas del Hollywood clásico, aunque en esta ocasión igual nos quedemos con ganas de saber más de esa Gloria Grahame que vive su ocaso en la ciudad de Liverpool.




6. EL AUTOR, de Manuel Martín Cuenca.
Se hace también buen cine en España, no hay duda. Lejos han quedado las películas recurrentes sobre la Guerra Civil; ahora se apuesta por el thriller y las argumentos psicológicamente complejos (me viene a la cabeza "La isla mínima", sin ir más lejos) que estilan calidad, más propia del cine de otros hemisferios.
El caso de "El autor" es de una gran valentía. Lo que empieza siendo la narración de la vida diaria de un solitario escritor de novelas acaba por convertirse en un relato turbio y paranoico. Una película sobre la manipulación y la amoralidad cuyo desarrollo atrapa pese al error de casting que supone María León (¡menos mal que sale poco!). Javier Gutiérrez compone una interpretación sobria y creíble con muy pocos recursos. Un Goya merecidísimo el suyo.




5. TULLY, de Jason Reitman.
En el 2012 nos llegó aquella pequeña joya titulada "Young adult", en la cual Charlize Theron se desprendía de todo su glamour para interpretar a una mujer que no había superado la etapa de icono estudiantil. Seis años después se reúne de nuevo con Jason Reitman y la guionista Diablo Cody para relatarnos el día a día de una madre de tres hijos que vive en un permanente estado de excitación por la carga de trabajo que eso conlleva y la falta de horas de sueño.
"Tully" es el reverso de "Young adult" y Marlo solo quiere agarrarse como un clavo ardiendo al recuerdo de su pasado de soltería. Una película metafórica que brilla como su predecesora por una Charlize que, cuando elige bien, es una de las mejores actrices del Universo. Que nadie recuerde su gran trabajo habla muy mal del tejemaneje que suponen los Oscar. Y que la misma Theron, Reitman y Cody vuelvan a reunirse es una de las mejores cosas que le pueden pasar al cine en la actualidad.




4. CAMPEONES, de Javier Fesser.
El autor de "Camino" no solo ha dado en la diana del espectador con "Campeones", sino también en la de la crítica (pocas veces coincidentes) con esta película deliciosamente divertida. Su primera media hora es desternillante e ingeniosa y, a medida que el drama gana peso, se convierte en una imprescindible del cine español estrenado en el 2018. Otro papel que borda Javier Gutiérrez con pasmosa naturalidad y no caer en los estereotipos del cine lacrimógeno cuando de gente discapacitada se trata es su mejor baza, como aquella escena de la canasta final tan bien ideada. En el haber de Fesser está saber equilibrar las ínfulas de emoción, comedia y drama en todo su metraje. ¿La ganadora de los Goya? Bueno, ya veremos... no siempre lo más importante es ganar.




3. TODOS LO SABEN, de Asghar Farhadi.
Podía haber salido cualquier cosa: un director de prestigio iraní, un casting español de relumbrón (demasiadas estrellas del cine patrio), una localización excesivamente cañí... Pero no, "Todos lo saben" es un drama rural de la España seca que funciona. Y rodado en castellano, por supuesto. El director deja hacer a su plantel de actores, incluso mete a Darín porque ya forma parte del cine de aquí aunque sea en un papelito corto... Tras ubicar bien la trama y a cada personaje, el argumento gana en intensidad beneficiándose sobre todo de la gran labor que desarrolla Javier Bardem. Él y Penélope no estaban de paso y "Todos lo saben" supone la recuperación del drama rural que tan buenos resultados dio en tiempos pasados. Cine pausado bien labrado en el que cada personaje parece guardarse algo.




2. YO, TONYA, de Craig Gillespie.
Algo de ruido hizo en los últimos oscar, pero no el suficiente. La historia de la patinadora Tonya Harding es una de las mejores películas estrenadas en el 2018 y ello le debe mucho a Margot Robbie, que supo elegir el proyecto adecuado para que el mundo la vea como una actriz a tener en cuenta. No es un biopic al uso, lleno de saltos en el tiempo, con entrevistas como -felices- catalizadores del argumento, con buena música y una pizca de sentido del humor macabro. Todos ellos son aciertos, al querer alejarse de lo clásico y tradicional. Un "Cisne negro" del patinaje que a la vez es una peli de matones a sueldo donde quedan retratados, para mal, el mundillo de las competiciones deportivas y  esos padres que solo conciben ver ganar a sus hijos. El sueño americano que estalla en pedazos tras un affaire que alteró al deporte de alta competición. Interpretaciones, guion y dirección a un muy buen nivel. Y mejor verla en versión original, desde luego.




1. CALL ME BY YOUR NAME, de Luca Guadagnino.
Ni "Tres anuncios en las afueras", ni "La forma del agua", ni "Hereditary" ni "Ha nacido una estrella". A los puntos puedo considerar "Call Me By Your Name" la mejor película que pude ver el año pasado. Excelente guión y muy buenas interpretaciones por parte de Timothée Chalamet -revelación- y Armie Hammer. Guadagnino compone un lienzo a la italiana, el del verano del 83 donde las cosas fluyen como esos arroyos que bajan susurrantes de los Alpes. La pausa, las miradas y los silencios contribuyen a que en una película donde al principio no parece pasar nada acabe por suceder algo grande e importante, sobre todo para la vida de Elio en el verano que cambiará su vida. No conviene contar mucho más; solo diré que el último plano de esta fascinante película es uno de los mejores que se han rodado en el cine reciente. El triunfo de la sutileza y la sencillez en una cinta cocinada a fuego lento que, en su último acto, logra dejarte completamente rendido. Habrá que estar atentos a la curiosa "secuela" que ya se prepara. 





miércoles, 5 de diciembre de 2018

Intolerantes


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Hace un par de días, tras conocerse los resultados de las elecciones en Andalucía, Pablo Iglesias llamaba de todo a VOX, el partido de Santiago Abascal que ha irrumpido con inusitada fuerza en el Parlamento andaluz. Entre otras cosas, le atribuyó los calificativos de machista, franquista y homófobo. Nada nuevo.

Lo curioso es que se da el caso que el partido ganador -el PSOE- parece que ha sido el gran perdedor. Y sin embargo, el partido que obtiene menos representación parlamentaria -VOX- ha sido el que ha ganado las elecciones. Las cosas de la política. Y para muestra, no había más que ver el semblante de Susana Díaz, que en un par de horas había envejecido quince años y había adelgazado veinte kilos. Las cosas de vete tú a saber...

Pero lo sucedido en la comunidad autónoma más poblada de España ¿es extrapolable al resto del Estado? Bueno, evidentemente se trata de un aviso a navegantes, sobre todo para un Partido Socialista que tenía en Andalucía su mayor granero de votos y donde llevaba varias décadas sin bajarse del sillón, cometiendo los peores vicios de quienes ya llevan tanto tiempo gestionando la cosa pública. ¿Desgaste? Seguro. Pero también algo más.

Estos resultados hay que analizarlos en clave nacional, por más que la aún presidenta se esforzara en campaña por no tocar los "leitmotiv" de la política nacional, a sabiendas de que éso era destructivo para sus resultados. Y a decir verdad parece que de Andalucía se habló más bien poco, pues la votación al final se convirtió en un plebiscito hacia las políticas de Pedro Sánchez, que sufre un duro revés de cara a lo que queda de legislatura (que a saber cuánto de poco será).

Pero, ¿por qué VOX? Y también, ¿por qué ahora? Esas preguntas debieran hacérselas todos los partidos políticos. Sin posponerlas y sin evitar la autocrítica. Todo lo relacionado con el "asunto catalán" ha enturbiado tanto el ambiente político español que no dudo que haya sido causa directa del ascenso de la ultraderecha, precisamente ahora y a rebufo de lo que ya es una realidad en la mayor parte del resto de países de Europa. Pero hay más. La izquierda en España, a mi juicio, vive una pérdida de valores; lleva tiempo olvidando e incluso despreciando ciertos emblemas que en otras naciones no se discuten. Y todo ello coqueteando y simpatizando con los partidos nacionalistas o directamente secesionistas, en lugar de tratar de mantener un equilibrio sin cuestionar en demasía los valores que refleja la Constitución. La nueva izquierda española (Podemos, básicamente) no se siente reflejada en el ordenamiento surgido en la Transición y se siente más cómoda con aquellos que directamente quieren acabar con él y con el Estado. Está radicalizada.

España ha perdido el centro. La radicalidad de la que hablo e incluso la intolerancia ha ganado terreno a la mesura y al reformismo, al diálogo y al parlamentarismo. Y nadie debe mirar para otro lado. ¿Cómo es eso de que el mismo lunes en Málaga, Sevilla y Granada se convocaran manifestaciones (no autorizadas) para protestar contra los 12 diputados conseguidos por VOX?  ¿Y las protestas de ayer en Cádiz acompañadas de destrozos al mobiliario público? Ésto es democracia, señores, aunque no nos gusten sus postulados. Habrá que vencerlos con la palabra, para que vean que muchas de las cosas que defienden no tienen cabida en un régimen democrático.

Mi percepción personal es que el nuevo PP de Pablo Casado ha revitalizado los peores clichés de aquel Aznar en la oposición. Que Ciudadanos, partido que al inicio se autoproclamaba socialdemócrata y reformista, en los últimos tiempos ha perdido el centro. Sus ansias de poder le hacen defender los mismos postulados que los populares, e incluso en no pocas ocasiones con mucha más beligerancia. Que Albert Rivera y Pablo Casado coincidan en la indumentaria igual no es tanta casualidad. Ese viraje de estos dos partidos hacia las trincheras de la dura oposición ha envalentonado a aquellos que menos campaña han hecho en Andalucía porque muchos andaluces han perdido la fe en los partidos tradicionales, que ya no les representan. Y el discurso de VOX es mucho más barato de comprar, desde luego.

El PSOE, por su parte, sobrevive sobre una fina cuerda sufriendo el desgaste de gobernar con tan pocos diputados y el apoyo cuestionable de los peores compañeros de viaje posibles, mientras se cuentan los días para que empiece el juicio de los encarcelados por el Procès. Si Pedro Sánchez ha intentado -acertadamente o no- mantener un diálogo con Cataluña para no enmarañar más el asunto, tampoco ha encontrado demasiada ayuda, esa es la verdad.

Entonces, ¿qué panorama tenemos? El de la radicalización. La que vemos todos los días en las redes sociales y también en las cuentas de Twitter de nuestros representantes públicos. Medio éste que ahora sirve para dar a conocer los programas y las acciones de los distintos partidos, e incluso para rendir cuentas al ciudadano. Da que pensar. Pero como iba diciendo, ese lenguaje taxativo, de blanco o negro, que se ha establecido en el Congreso y en los mítines a pie de calle no hace ningún bien a la labor de no alimentar el extremismo. La intolerancia por aquel que no piensa como nosotros nos está devorando porque en lugar de bomberos muchos políticos se han erigido en verdaderos pirómanos. ¿Y qué es sino VOX? Pues una reacción al extremismo del otro lado, a la pérdida de valores de la izquierda, entre otras cosas. Entonces, ¿de qué nos extrañamos? La radicalidad siempre genera más radicalidad y aquí cada vez hay menos gente dispuesta a querer apagar las llamas.


viernes, 17 de agosto de 2018

Croacia: la tierra y el Adriático

La "caída del muro", la desmembración de la URSS, la guerra de Bosnia... Son hitos de nuestros años de crecimiento, de nuestra juventud. Acontecimientos que pudimos ver en imágenes, no con la calidad visual que tenemos ahora, desde luego, pero sí como hechos tan definitorios que han servido para entender la Europa que ahora contemplamos.

Tales acontecimientos, que no tienen más de treinta años, han quedado muy lejanos. Como lejanos nos parecían países como Yugoslavia, la Unión Soviética o la R.D.A., siempre al otro lado del Telón de Acero, como mirándolos por encima del hombro gracias a un sistema político y social que les diferenciaba como europeos de tercera. Por suerte, y para bien o para mal, hoy en día es posible la circulación de personas entre los distintos territorios, matices aparte claro está. Uno puedo un día despertarse en Sarajevo y acostarse después de un día agotador y tras contemplar su magnífica estampa de edificios dorados por el sol de la tarde en la espectacular Praga. O hacer lo  mismo en Timisoara y en Madrid. ¡Ay, si es que no hay nada como viajar! Pasear, descubrir, la historia, la cultura... Mejor no sigo.

Vista del golfo de Kvarner con alguna de sus islas desde el P.N. Risnjak
Mi última aventura me ha llevado a una de esas naciones "de moda": Croacia. País pequeño pero con esa conjunción irresistible de paisaje, bosques, costa y ciudad. Si las piedras hablaran Croacia sería un loro parlanchín. Romanos, eslavos, otomanos, italianos, austriacos... Está claro de que Croacia se ha configurado a base de oleadas de invasiones, de ahí su riqueza cultural y patrimonial aunque afortunadamente para ellos, y desde inicios de los noventa, ahora pueden pavonearse de llevar las riendas de su propio destino.

El caso es que el país con la bandera del mantel a cuadros es de todo menos feo. Desconozco las regiones del interior, así como su capital, Zagreb. Pero de la cordillera de los Alpes Dináricos hacia la costa es un país francamente bonito. Para mí ha sido lo esperado. No me esperaba más, pero tampoco me esperaba menos. Sabía a lo que iba y eso me permitió disfrutarlo en todo su sentido.


Lo que más llama la atención de Croacia es lo mediterréneo que se ve y se huele. No faltan los pinares, las higueras, los frutales, las vides o los olivos. Tampoco faltan sus numerosas horas de sol y el calor, pegajoso debido al efecto del influjo de la mar. Su costa recortada por cientos de islas e islotes y flanqueada por la silueta de la cordillera de los Alpes Dináricos le dan una cierta imagen de edén, casi virginal. ¿El Mediterráneo tal como era? Puede ser, aunque Croacia ya ha sido devorada por el turismo y todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Y decía que llama la atención porque frente a esa imagen está la de los croatas, muchos de ellos rubios y de piel pálida que en nada son la imagen que uno espera para un terreno de tales características, el de un país del sur de Europa. No quiero decir que todos los croatas sean rubios, desde luego, pero hay algo en ellos que hace decirme "esta gente parece venir de otro lugar". ¡Claro... son eslavos!

No es sencillo quedarse con una única imagen de un país tan interesante. Pequeño, pero interesante... Si no caben más de 4 millones y poco se debe a que no se han puesto a talar árboles. Los espectaculares lagos de Plitvice, en el interior, son Patrimonio Mundial de la UNESCO y tienen una fama muy bien ganada. La pena es que están masificados los senderos que los recorren. Pero la conjunción de cascadas, agua de color turquesa y la frondosidad de sus bosques les hacen ser parada obligatoria en cualquier viaje a Croacia que se precie.

Y qué decir de Split, la capital de la costera región de Dalmacia. Una ciudad portuaria, histórica, aunque puede ser que algo venida a menos tras la caída del Comunismo. Aquí no hay dudas, descubrir Split es lo mismo que decir Palacio de Diocleciano. La estrechez de sus calles y la antigüedad de sus piedras te trasladan a la vieja Roma, ahora bien, a la Roma ya en decadencia que está a punto de ser presa de los bárbaros (aquí, los eslavos). Imagino que la vieja Spalato está orgullosa de su antiguo esplendor como centro importante del Imperio, aunque a decir verdad y para colmo de males me fue imposible comprobarlo. Otra vez será.

La bella Dubrovnik
Costa al norte y costa al sur la mente te retrotrae al esplendor veneciano. Pueblos que en su día fueron escala en el comercio generado desde Venecia a lo largo de todo el Adrático. Esbeltos campanarios de piedra y pequeñas playas, de cantos en su mayoría, para disfrutar de las cristalinas aguas y de una vegetación y un clima espectaculares. Y así, hasta llegar a Dubrovnik, rival en su día de aquella Venecia que aquí lo acaparaba todo. La ciudad parece algo escondida según te acercas, pero ya allí te ofrece el mejor casco histórico de toda Croacia. La ciudad vieja está rodeada de casi 2 kms. de muralla desde la que se divisa el Adriático en toda su dimensión. Una ciudad abierta al turismo, algo cara para ser exactos, pero con un patrimonio civil y religioso de primer orden. Aún  son visibles en ella las consecuencias de aquella guerra contra Serbia y Montenegro que dejó a la "perla del Adriático" sumida en la tristeza y la devastación. Pero Dubrovnik, como Croacia, ha sabido recuperarse y sacar la cabeza hasta ser considerada un destino de primerísimo orden.

Hacer parada de solo un día en la isla de Hvar (tan cara como intensamente bonita) te sabrá a poco. Y de allí rumbo al norte de nuevo para aproximarnos al golfo de Kvarner, o de Rijeka. Por aquí la influencia italiana ha sido más reciente, así como la austriaca o centroeuropea. La ciudad-balneario de Opatija trae reminiscencias de aquellos años en que esta zona era parte del Imperio de los Habsburgo, salida al mar de Austria-Hungría. Antes, eso sí, de que terminaran los vals con disimulado estrépito y la Gran Guerra pusiera la zona y al mismo imperio patas arriba. Nunca más regresó ese esplendor, aunque sus ciudadanos lo intentan con jornadas estivales de recreación histórica.

Resumiendo. Croacia, país moderno y joven (piedras aparte) es complicado que te defraude, inimaginable diría yo. Puedes pedir más a los croatas en su esfuerzo por dar un servicio turístico de calidad. También puedes pedir mejores hoteles, desde luego; hay muchas cosas que aún deben mejorar, de hecho. Pero no puedo concebir que a nadie pueda dejarle indiferente. Así que ya sabéis, daos un capricho, ahorrad un poquito porque no demasiado lejos se encuentra un país de aguas limpias, turquesas, bosques milenarios y pueblos/ciudades con encanto que os está aguardando. ¡No olvidéis vuestra cámara y a disfrutar!


Split observada desde el Adriático


viernes, 20 de abril de 2018

País insolente

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España es un país peculiar; y no creo que sea ésta una apreciación exclusivamente mía. No hay nada mejor para ver cual es nuestra conducta y los valores que defendemos que darnos un garbeo por las naciones vecinas, pues es ahí donde nos percatamos de nuestras singularidades, de nuestras virtudes y de nuestros defectos como sociedad.

Estoy convencido de que a ojos de otro ciudadano europeo hay cosas que deben de resultar complicadas de entender. Seguro que más de un guiri se ha llevado alguna vez las manos a la cabeza -o a los oídos- con las cosas que ocurren y oye a este lado de los Pirineos. Sin ir más lejos este sábado se celebra una nueva final de Copa del Rey y no hace falta ser muy ducho en fútbol para adivinar que cuando la juega un equipo como el F.C. Barcelona el lío está montado de antemano. La ocasión viene que ni pintada este año, oiga usté...

Nuestro país tiene un evidente problema identitario. Y la cara menos amable de ello es que conlleva una pérdida irreparable de valores, echando por tierra aquellas cosas que aún nos unen. Y es ese el camino que parece que hemos decidido seguir como sociedad, aquel en el que no hace falta los símbolos que en otros estados resultan por ley y por conducta inalienables e intocables. Sin irse muy allá, en Francia existe una cultura de respeto a los símbolos e instituciones comunes arraigada en el tiempo y en la conciencia de la población francesa. ¿De manera excesiva? Muy probablemente. De hecho allí el Estado ha llevado desde hace muchísimo tiempo una política de uniformidad cultural, desdeñando las identidades territoriales y cualquier conato de nacionalismo que venga a enfrentarse con los intereses del Estado, con los intereses de todos los franceses. En eso nuestro vecino del norte vive a leguas de nosotros. Ya se sabe: tan cerca... y tan lejos en casi todo...

Aquí sin embargo nos empecinamos en cuestionarlo todo. En multitud de ocasiones hemos relacionado símbolos como la bandera o el himno de todos con asuntos que nos han hecho caer en el error, en un error muchas veces buscado e interesado, porque lo politizamos todo. Y el caso es que el tema ya se nos está yendo de las manos completamente.

Cuando vemos imágenes de banderas españolas que se queman en algunas barricadas de Cataluña (o del País Vasco) seguramente sus infractores aseguren que lo hacen porque detestan al Gobierno español, cayendo en el pueblerino error de identificar la bandera con un gobierno de un color político concreto cuando es la bandera nacional la que por sí misma y en exclusiva representa a más de 46 millones de ciudadanos, ya vivan en Betanzos, en Puertollano o en Palamós, me da lo mismo.

Por eso, cuando en un evento tan multitudinario y con tanto eco mediático como una final de Copa, y sabiendo por anticipado que muchos espectadores van a participar en un acto de sabotaje en el momento en que suenen los acordes de nuestro muy vilipendiado himno, no se entiende la actitud de aquellos políticos que para no meterse en jardines con los secesionistas dicen aquello de "paso palabra". Porque en el fondo la Justicia y quienes representan a todos parecen estar maniatados de pies y manos en esta cuestión, yéndose siempre de rositas esos que aluden a la libertad de expresión para pitar al himno o al jefe del Estado, o ni que digamos quemar en una pira con demostrado boato la bandera nacional. De verdad, en Democracia, ¿todo vale?

Y el ciudadano de a pie, aquel que cumple las leyes y no se mete con nadie, tiene que aguantar que grupúsculos de energúmenos maleducados falten al respeto a aquellas cosas que son emblemas -mientras no se cambien- de toda una nación y de todos sus habitantes. Porque si nosotros hiciéramos exactamente lo mismo, oséase,  ir a Cataluña y pitar el himno catalán, quemar una estelada o vociferar a  los cuatro vientos improperios contra aquel territorio, estoy seguro de que esta gente, además de llamarme fascista me pondría a caldo hasta hacerme la vida imposible. Pero no, como son ellos los que pitan  no se les puede ni tocar porque se aferran a su derecho de libertad de expresión. ¿O estoy equivocado?

En España tendemos a confundir los términos. Confundimos la libertad de expresión con una suerte de libertinaje. Confundimos el significado de la bandera rojigualda (que no la inventó Franco ni es borbónica, de hecho en la Primera República era la bandera oficial). Confundimos las políticas de recortes o la corrupción del Gobierno del PP con el mal llamado nacionalismo español. Confundimos la república con un régimen siempre de izquierdas que vela por los problemas sociales. Y podría alargarme aún más y más. Porque gracias a la connivencia de la gran mayoría de los partidos "de izquierda" al secesionismo catalán o a los nacionalismos periféricos no les faltan paños calientes, gente que les apoye en sus reivindicaciones por mucho que en su ideario brille por su ausencia la solidaridad entre territorios. Porque gracias a esta deriva de la izquierda, una parte de sus tradicionales votantes se han quedado huérfanos en su intención de voto. La singularidad de la "izquierda" española con respecto a la del resto de Europa da para escribir un mamotreto en otra ocasión, la verdad.

Y no, no guardo en mi casa ni una sola bandera de España. Tampoco tarareo el himno cuando lo escucho por la tele; en serio que nunca me ha dado por ahí.  Pero si algún día este país quiere volver a ser algo y salirse de la deriva en la que se ha metido hay una cosa que no puede faltar como sociedad; un elemento básico para construir puentes. Y ese pilar tan sustancial se llama RESPETO, tanto a quienes no piensan igual que yo como a aquellos símbolos que les representan. Nadie está pidiendo que la gente coloque la mano en el pecho cada vez que se tocan los acordes del himno nacional antes de un partido de la selección de fútbol, pero sí que tengamos en cuenta que el respeto ajeno empieza siempre por el respeto de uno mismo. Y muy lamentablemente, y para vergüenza de todos, lo que se contemplará mañana en la capital y a través de la mayor parte de las televisiones del mundo, es totalmente incomprensible, antideportivo e intolerable. ¿A qué esperamos para dejar de ofrecer al mundo esta imagen tan aberrante como nación?





martes, 9 de enero de 2018

El mejor cine del 2017

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Acabó otro año y es el momento apropiado para recordar todas aquellas películas que he podido ver durante el 2017. La sensación es similar a la del año anterior: no hay una película indiscutiblemente buena que vaya a pasar a mi disco duro de los recuerdos con el paso de los años. Ahora bien, películas buenas (o muy buenas) las ha habido. Hagamos un repaso.

7. HANDÍA.
Comenzamos con este drama rodado en euskera en torno a la relación que se establece entre dos hermanos de un caserío de Guipúzcoa a lo largo de varias décadas; la fábula de un misterioso gigante en una España azotada por la confrontación entre el Carlismo y el Liberalismo a mediados del siglo XIX. 

"Handía" es puro clasicismo donde la pausa y el poder de la narración lo son todo. Cine distinto dentro de nuestro país por la época en que se ambienta y su poder de sugestión. Cuenta con 13 nominaciones a los premios Goya.



6. WONDER WHEEL.
Lo último de Woody Allen ha sido también lo último en estrenarse durante el 2017. Parece que el director neoyorquino tenía ganas de rodar con Kate Winslet y le ofreció el guión de una especie de tragedia griega trasladada a la playa y parque de atracciones de Coney Island, lugares donde se ubica una madeja de anhelos, celos e insatisfacciones en torno a 4 personajes durante la década de 1950. Un producto teatral, con una gran ambientación musical -que para eso es cine de Woody Allen- y una extraordinaria fotografía que juega con los colores luminosos del parque de atracciones donde se encuentra la casa donde residen los personajes principales. Me entretuvo y aunque la Winslet hace un papel parecido al de la extraordinaria Cate Blanchett en "Blue Jasmine" viene a engordar su ya considerable colección de interpretaciones jugosas en sus veintipico años de carrera.



5. LA GRAN ENFERMEDAD DEL AMOR.
No es mi género la comedia romántica, pero de vez en cuando resulta motivante ver películas inteligentes, naturales y sin exceso de edulcorantes como ésta. La clave reside en un guión bien armado, con frases que no suenen huecas o tontorronas, y unos actores entregados a sus jugosos papeles. Supone la vuelta a la gran pantalla de Holly Hunter y el descubrimiento de la química existente entre Kumail Nanjiani y Zoe Kazan. Una película que bascula entre el romanticismo, la emotividad y el humor y que en cierto modo me recuerda a una de las mejores comedias del género de los últimos años, "Una cuestión de tiempo". Todo un hallazgo que suena con cierta fuerza para las inminentes nominaciones a los Oscar.



4. LA GUERRA DEL PLANETA DE LOS SIMIOS.
En el verano nos llegó la tercera entrega (¿será la última?)  de esta saga resucitada casi milagrosamente. ¡Quién me iba a decir a mí que me iba a gustar tanto...! Tras una estimable primera película y una segunda grandiosa y espectacular ésta tercera puede que esté un peldaño por debajo de la anterior, pero es igual de entretenida y maravillosa. Quizás le falte el arco tan variopinto de personajes que tenía la del 2014, pero siguen ahí de pié el mono César (para mí unos de los mejores personajes de película de este siglo XXI) y sus acompañantes luchando contra esa banda de desalmados humanos en una guerra sin cuartel donde hay pocos resquicios a la compasíón y a la fraternidad; pero cuando los hay, la dirección y el guión resultan tan verdaderos que lo que ves se convierte en verdadera magia.
Es una gran noticia comprobar que cuando a un correcto guión le acompaña una tecnología acertadamente utilizada se pueda hacer cine de gran espectáculo sin resultar vacuo ni cargante. Por ello, las últimas películas del Planeta de los Simios han convencido por igual a crítica y público.



3. LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS (LA LA LAND).
Probablemente el drama musical de Damien Chazelle sea el evento cinematográfico del año si dejamos remakes de cintas de culto y nuevas entregas de sagas galácticas aparte. 
La película, destinada a triunfar en la última entrega de los Oscar, se quedó con un palmo de narices al perder en la categoría principal no se sabe muy bien cómo y de aquella sorprendente manera; luego hablamos de los Goya... En cualquier caso, "La La Land" resulta de un atractivo visual tan evidente y tiene tanto encanto que resulta muy disfrutable, pero se la puso en su día tan... tan por las nubes que a más de uno y de dos le supo un poco a decepción, pese a tener un último acto arrebatador y casi casi perfecto. Ni un pero a la gran actuación de Emma Stone y a la realización prodigiosa de su aún muy joven director. 



2. COMANCHERÍA.
Según he podido saber, esta cinta de cine independiente  se exhibió en el Festival de Cannes de 2016 en el apartado "Una cierta mirada". Se ve que no tenía cabida en la sección oficial a concurso: había que hacer hueco a esos insufribles dramas asiáticos tan interesantes o a los nuevos trabajos de directores consagrados cuyos postulados cinematográficos no es capaz de entender el aficionado al cine de a pié por estar en otra dimensión intelectual. Pero a lo que voy, "Comanchería" de David Mackenzie fue una de las revelaciones el año pasado. Un thriller rural, un western social y policiaco con trasfondo familiar, que mereció mayor atención por parte de los aficionados al cine y los programadores de las salas  porque cuenta con un estupendo guión y unas interpretaciones de primerísimo nivel. Es fácil entender a los protagonistas y sus motivaciones, pues hace ya mucho tiempo que en el oeste norteamericano los indios dejaron de ser los verdaderos enemigos. Un mensaje tan de actualidad y en  una película tan bien realizada que harán que con el paso de los años "Comanchería" pueda convertirse en un clásico de nuestro era.



1. LOVING.
Y acabo con esta pequeña cinta dirigida por Jeff Nichols (otro director joven a tener en cuenta y autor de la recomendable "Mud"). Parecía destinada también a hacer ruido en las diversas entregas de premios, pero acabó por ser olvidada y, por supuesto, pasó de puntillas en su momento por nuestras carteleras. 
Rescatar su visionado y verla en V.O. no es un ejercicio de pérdida de tiempo en absoluto porque estamos ante una película que transmite tanta verdad, con tan pocos diálogos y tantos silencios, que resulta del todo reconfortante. Las pausas, la mirada de Ruth Negga y la historia, narrada de manera clásica, contenida y sutil, sin un solo amago de aspaviento, hacen de "Loving" la plasmación afortunada de una historia real tan injusta como dolorosa. Supone también la reivindicación de su joven director como uno de los mejores de la nueva generación de directores estadounidenses. Quizás, para mí,  la mejor película del año en un muy apretado podio final. Veremos qué nos depara el 2018.


sábado, 18 de noviembre de 2017

De Flandes a chirona... y tiro porque me toca





Igual debiera pedir perdón por no intentar explicarme en neerlandés, pero si de lo que se trata es de que se me entienda y de no enrollar más el ovillo creo que hacerlo en castellano resulta de lo más conveniente, ¿no es así? A tal esperpento, por mi parte, no íbamos a llegar.

Los acontecimientos que arriban las últimas semanas desde Cataluña o,  más al norte, desde la muy democrática, moderna y tolerante Flandes (o Valonia, porque al caso la patria chica del niño que mea está en el medio de ambos territorios) son lo más parecido que uno pueda imaginar a una tira cómica absurda, cutre y chabacana. Resulta que a unos iluminados convenientemente elegidos, contando con todas las herramientas que les proporciona el orden establecido, se les ha ocurrido montar un circo donde, a base de manejar a su antojo la educación pública y los medios de comunicación de todos, les han crecido los enanitos por doquier durante estos últimos años. Y ahora parece que más que un circo se ha logrado crear una especie de secta mesiánica donde el fin último justifica los medios: la independencia.

No está en mi ánimo analizar cada episodio de la rocambolesca deriva secesionista. Solo con atender a los periódicos y los informativos de la tv ya tenemos bastante. Pero quiero incidir en una cuestión que bajo mi punto de vista como ciudadano de a pie me preocupa. Porque ahí están los acontecimientos, no trataré de analizarlos, y por mucha declaración ante un juez que se efectúe pienso sinceramente que los hechos, ciertos y probados, son una irrefutable verdad que debiera servir para emitir un dictamen.

Con esto quiero decir que los (ir)responsables de haber mentido a todos los catalanes con un paraíso terrenal en forma de república, los que han destinado cantidades ingentes de dinero público a crear una conciencia popular en torno a la independencia, los que engañaron diciendo que no se iban a marchar las empresas, los que hicieron una campaña de acoso y derribo a todos aquellos ciudadanos que no comulgaban con su ideario radical y supremacista, quienes planearon y ejecutaron un plan para dejar al Estado y el nombre de España a la altura de un país dictatorial en el resto del mundo, los que se burlaron una y otra vez de las leyes catalanas y españolas, saltándose a la torera cualquier instrumento legal, los que declararon paros "a nivel nacional" en defensa de la independencia de Cataluña y quienes a posteriori comentaron ante los tribunales que se trataba todo de un arma para forzar una negociación o simple y llanamente una declaración simbólica de independencia (¿?) recogen todos los argumentos posibles para que sobre sus iluminadas y deslenguadas cabezas caiga todo el peso de la Justicia. Porque los votos en unas elecciones no eximen de responsabilidad, ya que no son una carta blanca que otorga inmunidad judicial o, lo que es más grave, no exime de responder de tus actos ante quienes te votaron y quienes no lo hicieron. ¿O es que el sr. Puigdemont -felizmente cesado de sus funciones de gobierno- no era también presidente de los catalanes no independentistas además de representante del Estado en su propia Comunidad Autónoma? A los políticos se les paga para que gobiernen, no para que hagan actos simbólicos no se sabe a nombre de qué, y eso en Cataluña ha brillado por su ausencia en estos últimos tiempos.

Está meridianamente claro de que esta pantomima no tiene que quedar en agua de borrajas pese al panorama de una elecciones inminentes. Quienes rompieron la baraja y se vanagloriaron de ello con regocijo no pueden irse de rositas. Aquí ha pasado algo grave, que no nos quieran engañar ahora pues todos sabemos que a la mínima oportunidad que tengan volverán por el mismo camino, el de saltarse la ley. Porque el Estatut, la Constitución y por ende el muy defenestrado artículo 155 son la ley mientras no se cambien. A nadie se le puede echar en cara sentirse únicamente catalán u oriundo de su diminuta parcela de tierra, sino que de lo que se trata es de que la convivencia se articule en torno a valores democráticos y de respeto, sin atajos, sin chantajes. 

Puigdemont, Junqueras, Forcadell y otros miembros de la fauna catalanista merecen acabar en la prisión -aunque se trate de celdas "de oro"- por empobrecer Cataluña, dividir a su sociedad e intentar manchar con falacias la imagen exterior de España. Y en el fondo es una verdadera lástima que entre todos se les haya incluso hecho la ola para llegar a estos límites. Desde que España es una (imperfecta) democracia a casi todos los partidos les ha interesado tener al independentismo de su lado para poder gobernar, vaciando al Estado de prerrogativas en ciertos territorios a costa de hacer desaparecer su presencia hasta niveles ínsospechados. Y ya se sabe, quien siembra vientos recoge tempestades. Ojalá nuestra muy vilipendiada Justicia sepa hacer bien su trabajo. Está en sus manos.


viernes, 29 de septiembre de 2017

Media vida

En este blog tan personal suelo hablar de cine, deportes, actualidad o viajes que he podido disfrutar, pero no creo recordar una sola vez en la que haya centrado mi discurso en alguien en concreto. Y es curioso, sobre todo conociéndome como me conozco (valga la redundancia), pero eso está a punto de cambiar dentro de escasos segundos.

Me explico. Allá por el verano de 1997 andaba bastante despistado. Mi mente nunca ha sido nada maravillosa y tras un curso inmaculado y una Selectividad poco brillante mis pasos se dirigían a estudiar una carrera de Letras. Geografía, Historia del Arte o Historia a secas eras las tres opciones y fue la última la que iba a escoger después de un verano que apenas recuerdo y unas Fiestas Patronales de mi ciudad donde había podido recobrar el brío perdido a mi juventud tras año y pico de sinsabores personales. Porque el caso es que acababa el mes de septiembre y llegaba a Valladolid con cierta resaca festiva, osease, con más labia de la habitual, y este aparente nimio detalle iba a resultar clave en la historia que paso a narrar.

Ir a Valladolid suponía la primera vez que estudiaba fuera de casa. Y se abría ante mí un paisaje distinto -geográfico, humano, mental-, un nuevo mundo de posibilidades que iba a modificar mi manera de ser y mi manera de comportarme. Los años de Universidad -fueron 6 en total- lograron moldear mi personalidad y aquella "salida del cascarón" supuso el germen de lo que ahora mismo soy a mis treinta y pico años. Pero en esa eclosión la figura de B -el protagonista de este relato- iba a resultar decisiva y ciertamente fundamental.

Conocí a B en la segunda clase del primer día de Universidad, un 29 de septiembre de 1997, por la mañana. Ahora sé que no actúo de esa manera bajo ningún concepto, pero aquel día (y los muchos que vinieron detrás durante aquel 1º de Historia) me puse la mar de pesado. Porque abusé de cierto atrevimiento y me cambié de mesa para presentarme ante aquel tipo solitario que había visto entrar por la puerta de clase. Lo que nunca he tenido claro es la razón que me llevó a ello. Misterios del universo. Cada uno que saque sus propias conclusiones.

Y aquel lunes fue el inicio de una relación de amistad que al principio anduvo a trompicones. Yo no dejaba de ser un pesado que requería atención y B no dejaba de comportarse a veces como un borde, pero el entorno (los amigos de clase, fundamentalmente) ayudó a que todo tornara hacia una conexión especial manifestada en tantos y tantos momentos a lo largo de los años sucesivos dentro o fuera ya de las aulas. Porque aquello es lo que racional o irracionalmente estaba buscando con ahínco desde el principio.

Supongo que yo a B logré aportarle muchas cosas. De buen grado de él adquirí esa pequeña afición que mantengo por las bandas sonoras, me entretengo viendo los partidos del Atleti y, lo más importante, ha logrado influir en determinada medida en mi personalidad. Para que os hagáis una idea de lo importante que ha resultado ser, 2005 supuso un triple salto en mi devenir vital, que no hubiera sido posible de ningún modo sin esa amistad de acero de la que estoy hablando. Y en esas estamos ahora porque de vez en cuando echo una mirada al pasado y me doy cuenta de que conocer a B ha trastocado, espero que para bien, toda mi vida desde que era un joven de 19 años.

El curso 97-98 y el posterior están grabados en mi memoria con un marco de oro. Aquellos días fueron nuestros particulares tiempos de gloria. Las partidas de futbolín o a la máquina de fútbol suplantaban de vez en cuando a las clases aburridas impartidas por tediosos profesores. Éramos unos críos y fuimos madurando en responsabilidad con el paso de los años, extendiendo nuestra relación de amistad fuera de clase. Acabamos el periplo universitario y el enemigo de quedar todo en una vieja amistad estudiantil estaba a las puertas, pero supimos dar continuidad a todo lo que nos unía pese a los kilómetros que nos separaron aquellos primeros años. Después llegó seguir viéndonos casi a diario, las cenas de Navidad, los cafés a mitad de mañana, más bandas sonoras, los veranos musicales en Úbeda, su boda, su piso, mi piso, su niña, nuestro imborrable encuentro en Viena con James Horner... Tantos y tantos instantes irrepetibles y compartidos a los que hemos podido dar continuidad con el trascurrir de la vida.

Ahora siento que no soy el mismo de hace veinte años. Que he cambiado en muchísimas cosas casi sin percatarme de ello, con al misma invisibilidad con la que se me cae el pelo o a otros les invaden las canas. Teniendo la vida ante mis ojos y pese a la distancia geográfica que ahora me separa de B valga la comparación de que a estas alturas no hay iceberg que pueda llevar esto tan especial que nos une a la deriva. Por eso, a día de hoy no cabe otro sentimiento que el del orgullo por haber compartido tantos buenos momentos y durante tantísimo tiempo con una persona que sé que siempre está ahí aunque nos amenace la tormenta perfecta, sin ánimo de resultar exagerado. Tal día como hoy únicamente puedo decir a B y aunque no me esté leyendo ¡GRACIAS POR ESTOS 20 AÑOS DE AMISTAD!



jueves, 3 de agosto de 2017

Rumanía por descubrir

Castillo Corvinilor
Me encanta viajar. Por si alguien aún no se ha enterado supone la mejor inversión de tiempo y dinero que ahora mismo uno pueda imaginar. Porque VIAJAR, así en mayúsculas, es una palabra que comprende infinidad de cosas a su vez y algo que además se disfruta por partida triple: mientras preparas el viaje, mientras lo realizas y mientras lo recuerdas. Y en esta última fase me hallo ahora, liadillo clasificando las fotos.

Cada vez aprecio más el contacto con la naturaleza y la satisfacción que produce la soledad, los colores del paisaje o el olor a aire limpio. Es como si se parara el tiempo de nuestras vidas incesantes, los acelerados días donde no nos detenemos prácticamente a observar nada. Quizás tenga que ver con mi concepción del tiempo; hastiado de su paso veloz, una mera excursión o un viaje de una semana suponen una bocanada de aire fresco que oxigena los corazones atormentados y para el ritmo de la vida por unos pocos instantes.



Hasta hace escasos días pude disfrutar de un magnífico viaje a Rumanía. En concreto a los Cárpatos meridionales y la región de Transilvania. Un grupo de ilusionados aventureros formado por Elena, Judit, Nines, Rocío, Fernando, Blanca, Ana Belén y el que escribe, comandados por el guía hispano-rumano Darío, nos movimos en furgoneta por atiborradas carreteras que unen los pueblos y ciudades del interior del país. A decir verdad, la percepción que tenía de Rumanía se cumplió: es un país de menor desarrollo al nuestro, uno de aquellos que tanto sufrieron tras la instauración del Telón de Acero y la posterior dictadura atroz de Ceaucescu, en este caso.




La afamada Transilvania es afortunadamente mucho más que el conde Drácula, personaje novelesco ligeramente inspirado en uno tan real como malicioso. Es tierra de castillos y fortalezas, de ciudades pequeñitas y pueblos en mitad de la campiña. Una tierra fértil y verde más agraria que ganadera flanqueada en su parte sur por una escarpada cordillera que aporta un gran caudal de agua a los ríos que bajan por su ladera norte.

Plaza Unirii, en Timisoara

Timisoara, la capital del Bánato, al oeste del país, es una urbe importante que vive aún de la industria y su universidad. Se nota su pasado como crisol de culturas: otomana, germánica, húngara o eslava. Su centro histórico destaca por sus plazas y sus iglesias, pero uno no puede dejar de sentir que se encuentra en una ciudad del Este de Europa, algo degradada aunque muy verde eso sí porque es "la ciudad de los parques y los jardines" de Rumanía.

Sibiu

La medieval Sighisoara conserva mucho patrimonio urbano, pero podría estar bastante mejor mantenida. Sus torres y sus murallas son un caramelo para los fotógrafos, que no deberían dejar pasar la oportunidad de recorrer sus calles pues es una de las urbes de origen sajón más bellas de la región. Por su parte, la intelectual Sibiu, también de origen alemán, es una ciudad para pasear o parar a tomar un café tranquilo en una de sus numerosas terrazas. Ha visto cómo sus distintos gobiernos han llevado a cabo proyectos para recuperarla y eso se nota en todo su cuidado casco histórico. En definitiva, una de las ciudades rumanas con mejor calidad de vida, volcada en la cultura y que a mí me supo a poco debido a lo corta que fue la estancia. Una sorprendente ciudad para volver, sin duda.

Pero el verdadero descubrimiento de un viaje como éste es la Cordillera de los Cárpatos. La parte rumana recuerda a aquellas estampas alpinas que hemos visto cientos de veces. Lagos, ríos, cascadas, hayedos, bosques... Son rincones que invitan a perderse y a volver a sacar la cámara (si es que la tenías guardada) pese a su climatología cambiante y a que como en nuestro caso puedes ser víctima de una inesperada tormenta. Lo mejor de todo es que cada paraje, cada lugar, cada rincón, puede ofrecerte un paisaje distinto, como el macizo de Piatra Craiului, lugar de peregrinación para los aficionados a la escalada debido a sus altas paredes de roca. Y además de eso, en los Cárpatos los senderos están perfectamente señalizados, algo de lo cual en España deberíamos aprender todavía.

No quiero enrollarme más, solo invitar a quienes tengan inquietudes culturales o alma aventurera (o ambas cosas a la vez, por qué no...) a que se acerquen unos días a Rumanía y disfruten de sus increíbles paisajes, sus ciudades, su gastronomía y su arquitectura tradicional, los de un país sosegado que está ahora abriéndose al turismo internacional. Un Estado no muy conocido, de raíces latinas como es el nuestro, que va mucho más allá de los tópicos y clichés que tenemos a esta orilla del continente.

Macizo de Piatra Craiului